La alcaldesa de Barcelona tampoco se libra de un soberano palo por haber hecho oídos sordos cuando las escrachadas eran políticas como Arrimadas y Álvarez de Toledo

David Gistau revienta a los desmemoriados de El País por editorializar ahora en contra de los que llamaron «puta» a Ada Colau

"Cómo habrán sido de conmovedoras las lágrimas de Ada Colau que, ayer, el gran diario de progreso editorializó sobre ellas y lamentó que el independentismo hubiera mostrado su verdadera faz. Caray, ¿sólo ahora?"

David Gistau revienta a los desmemoriados de El País por editorializar ahora en contra de los que llamaron "puta" a Ada Colau
David Gistau, Soledad Gallego-Díaz (El País) y la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau.

¡Cazado en un fehaciente ejercicio de hipocresía! El periodista de El Mundo David Gistau ha pillado a los muy aviesos de El País editorializando ahora en contra del escrache a Ada Colau en el que tuvo que soportar insultos como «puta y zorra» cuando en otros episodios similares en los que las afectadas eran Inés Arrimadas (Ciudadanos) y Cayetana Álvarez de Toledo (PP) el rotativo ahuecaba el ala.

Según el editorial del rotativo de PRISA del 19 de junio de 2019:

El independentismo catalán, o al menos una parte de él, mostró su peor cara durante la sesión constitutiva de los nuevos Ayuntamientos el pasado sábado. En Barcelona, la incapacidad de Esquerra Republicana y de Junts per Catalunya para encontrar socios para su empeño de convertir la ciudad en capital de una república imaginaria derivó en abucheos y graves insultos contra varias concejalas y contra Ada Colau, la reelegida alcaldesa, que sí fue hábil para hallar adhesiones a su proyecto. En Santa Coloma de Farners (Girona), pueblo en el que el president Quim Torra tiene vínculos familiares, el pleno derivó en un escarnio contra la edil socialista, y el presidente catalán no dudó en interferir para evitar un pacto de ella con Junts per Catalunya e impulsar el de esta formación con Esquerra.

Los insultos y las coacciones desbordaron en ambos casos los límites tolerables en cualquier democracia. Los abucheos y los insultos y los gritos no son tan graves por el simple hecho de que aparezcan en el debate público. Lo que es realmente inadmisible es que éstos fueran propiciados, e incluso justificados en algunos casos, por los líderes políticos. Ante los insultos machistas que recibió Ada Colau a la salida del Ayuntamiento, la respuesta de su contrincante de Esquerra Republicana, Ernest Maragall, no fue otra que darles justificación: “Con un pacto de ERC y BComú [el partido de la alcaldesa] el ambiente en la plaza hubiera sido otro”, dijo. En Santa Coloma de Farners, Torra no solo no pidió disculpas por sus injerencias, sino que insistió en que algunos pactos municipales son “incomprensibles”, como si él tuviera algo que decir en lo que pase fuera de su desnortado Gobierno.

Gistau, en su columna de El Mundo, comenzaba recordando lo que le había sucedido a Ada Colau, pero como la propia alcaldesa de Barcelona no derramó una lágrima cuando las acosadas eran sus adversarias políticas:

Ada Colau rompió a llorar y mencionó a sus hijas durante una entrevista en la radio al recordar los insultos a que fue sometida en la plaza de San Jaime por una turba independentista. Su aflicción es comprensible. Y está llena del estupor propio de quienes sólo se conciben amados por el pueblo en la misma medida que detestados por el sistema maléfico. Más allá de la emoción contenida y de la rabia por el agravio, Ada Colau bien pudo haber llorado también por el extravío definitivo, a través de una experiencia personal, de un personaje colectivo de cuya fotogenia estaba enamorada: el pueblo que canta el Imagine de Lennon mientras le pasan por encima las tanquetas de la policía igual que los cristianos de Quo vadis? cantaban salmos mientras les soltaban los leones. Algo podía haber intuido ya cuando a colegas de profesión como Arrimadas y Álvarez de Toledo también las apretaron y llamaron botiflers y putas. Pero, en fin, eso no era una experiencia personal, afectaba a las hijas de otras en una galaxia ideológicamente muy remota.

Pasaba a darle un palo al diario El País por posicionarse ahora en contra de unos escraches que llevan produciéndose desde hace tiempo y sobre los cuales el rotativo pasaba de largo:

Cómo habrán sido de conmovedoras las lágrimas de Ada Colau que, ayer, el gran diario de progreso editorializó sobre ellas y lamentó que el independentismo hubiera mostrado su verdadera faz. Caray, ¿sólo ahora? Los empellones a trifachitas en la universidad o en cualquier ámbito público donde asomen no bastaron para que los editorialistas orgánicos se alarmaran de repente por la degradación de la política, por el encanallamiento de la calle, por la restauración en el escenario público de una violencia más o menos amagada que marcó la última campaña electoral como no sucedía ya en la España convencida de ser una fiesta de la democracia. Es más, hasta ahora, a esa violencia se le procuraba eximentes. Como cuando era a Maite Pagaza a quien llamaban puta y a quien echaban encima una turba en el Norte. Se tendía a decir que a esa turba no le había quedado más remedio que comportarse así después de ser provocada por la presencia de unos políticos en lugares en los que ya hace tiempo tendrían que haber renunciado a estar.

Y volvía sobre la populista Colau y otros miembros de la llamada ‘nueva política’:

Por último, hay que agradecer a la consagración institucional de los activistas de la nueva política que por fin hayan reparado en la grosería y la violencia del escrache, eso que hasta hace poco era el «jarabe democrático» administrado por el «pueblo empoderado». Es que resulta que dicen puta. Ahora reparan en ello.

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Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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