MOSCÚ SIN BRÚJULA

Moscú si cree en las lágrimas (XXI)

Moscú si cree en las lágrimas (XXI)
Veteranos rusos de la guerra contra Hitler y las tropas nazis. IGOR MIHALEV

Nunca en la historia de la Unión Soviética un secretario general del Partido Comunista se había dignado a intervenir en un acto multitudinario convocado por los anticomunistas. El sábado 24 de agosto de 1991 lo hizo Gorbachov.

Tampoco, desde el triunfo de los bolcheviques en 1917, un embajador norteamericano, el representante de la potencia capitalista por excelencia, había sido invitado a dirigirse abiertamente a la muchedumbre soviética. El sábado lo fue Robert Strauss, el nuevo emisario del presidente Bush en la todavía capital soviética.

Desde muy temprano la gente comenzó a afluir hacia la Plaza Manege, situada a uno de los lados del Kremlin.

Bajo el tibio sol del agonizante verano soviético, llegaban caminando desde las bocas de Metro y se colocaban en filas, codo con codo, frente a tres ataúdes cubiertos por banderas rusas.

Algunos traían claveles, otras coronas y bastantes unas hojas blancas con las fotos del ex soldado muerto de un tiro frente al Parlamento y las de los dos muchachos que fueron aplastados por las cadenas de los carros blindados golpistas.

De vez en cuando, en formación y sacando pecho con orgullo, irrumpía por las calles del fondo, donde está el Hotel Moscú, un «pelotón de voluntarios».

La historia de este hotel es fascinante. Construido durante la década de 1930 entre los antiguos hoteles Nacional y Metropol, fue el primer hotel soviético importante. El edificio histórico no se conserva, pero el que se alza ahora en su lugar es una copia exacta, en el que actualmente se encuentra el Four Seasons Hotel Moscow.

La parte derecha de la fachada es distinta de la izquierda. Según una leyenda urbana, el proyecto final de construcción del hotel fue aprobado por el propio Stalin. Al líder soviético se le presentaron dos opciones para la fachada del hotel divididas por una línea, y Stalin estampó su firma justo en el medio. Nadie se decidió a intentar averiguar qué era lo que ‘El Padrecito‘ tenía en mente, por lo que los arquitectos introdujeron las dos fachadas distintas en el mismo plano. La parte derecha era más austera, mientras que la izquierda tenía más ventanas y detalles decorativos.

La fachada asimétrica del Hotel Moscú, junto al Kremlin.

Los jóvenes que permanecieron los tres días del golpe a pie firme bajo la lluvia, en torno a la Casa Blanca, se sentían héroes y querían hacerse notar.

Llegaban precedidos por sus jefes al frente y un letrero identificador, con sus botas sucias, sus caras de cansancio y sus «uniformes de campaña».

Había familias enteras, renqueantes veteranos de la Gran Guerra Patriótica, con las condecoraciones ganadas en la lucha contra las tropas de Hitler colgadas en la chaqueta del traje, extraños barbudos exhibiendo retratos del zar Nicolás II, estudiantes con gigantescos crespones negros, unos pálidos ingleses con la Unión Jack y decenas de miles de jóvenes.

Protegiendo el estrado, levantado en la fachada del bello edificio de columnas donde los zares de Rusia tenían sus caballerizas, varios centenares de veteranos de Afganistán formaban una compacta barrera, encuadrados por las tres inmensas fotografías de los muertos y los parientes.

Todos en silencio, sin apenas moverse, bajo el manto protector de una bandera tricolor rusa de 136 metros de largo.

Boris Yeltsin conmina a Mijail Gorbachov a disolver el PCUS, en 1991.

Hasta la hora del comienzo, por los altavoces se escuchaba música clásica. A las 10.00 en punto, con esa precisión que los rusos sólo demuestran en las paradas militares y los funerales, intervino el alcalde de la capital.

Popov, como el resto de los oradores, fue breve. Dijo que no era hora de destruir monumentos, «sino de poner orden en las fábricas, las tiendas y la ciudad».

Después apareció Gorbachov y con la vista clavada en medio de la multitud sobre la que ondeaban centenares de banderas rusas y ni una sola soviética, afirmó que no habría perdón para los responsables del fracasado golpe de Estado.

Habló muy de prisa, como si quisiera librarse de una carga muy pesada. Antes de finalizar su breve alocución, anunció que Ilia, Dimitri y Vladimir recibirían a título póstumo la medalla de «Héroes de la Unión Soviética», el máximo honor de la URSS.

 Elena Bonner, la viuda del premio Nobel Andrei Sajarov, habló con pasión, tumultuosamente, pero apenas dijo algo.

Andrei Sakharov y Elena Bonner.

Después tomó la palabra en inglés Robert Strauss, el flamante embajador norteamericano, al que alguien con voz de barítono iba traduciendo simultáneamente. Strauss insistió en que el pueblo estadounidense «compartió el espanto» del ruso durante los días del golpe.

Completado el turno de oradores, llegó el de los clérigos. Primero el pope. Después el rabino, porque uno de los muertos era judío. Al final, un coro entonó magistralmente los cantos funerarios ortodoxos y la procesión se puso en marcha.

Por Nueva Arbat, la antigua avenida Kaliniski, la comitiva fue avanzando. Sobre las aceras, alineadas como figurantes de una tragedia griega, miles de personas observaron en silencio, arrojando flores o derramando alguna lágrima aislada, cómo transitaban los tres féretros, las coronas de flores, los circunspectos muchachos de uniforme, el solemne pope, el rabino, los diputados, los parientes, las fotos y las banderas.

Por los megáfonos habían advertido que se trataba de un funeral, no de un acto político y en ningún momento sonó un aplauso o un grito. Nada.

Tan sólo un impresionante silencio, sólo entrecortado por el roce de cientos de miles de suelas sobre el pavimento.

Así hasta que llegaron a la escalinata del Parlamento donde seguía la empalizada de hierros y troncos que erizaron los «defensores».

Rusia: Así eran los carteles soviéticos en contra de la religión y los popes ortodoxos.

Allí fue donde por fin intervino Yeltsin. Se sentía ya el sucesor del zar y calculadoramente dejó que Gorbachov hablara primero, como un orador más, reservando para el final su dramática actuación en solitario.

Desde el mismo balcón desde el que arengaba a la gente los días del golpe, muy cerca del lugar donde se encaramó a un carro blindado el 19 de agosto de 1991, Yeltsin bautizó a los fallecidos como «nuestros salvadores».

«Para Rusia ya son santos», dijo con lúgubre voz, apretando teatralmente los dientes.

«El enemigo es duro, cruel y sangriento, pero sabe que si pierde no será perdonado.»

Stalingrado: la batalla más sangrienta de la Historia de la Humanidad.PD
Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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