MOSCU SIN BRUJULA

Quasimodo en Moscú (XXV)

Quasimodo en Moscú (XXV)
El periodista griego Stelios Kouloglou. EP

Fue una fiesta ‘colonial’.

Había pasado la vorágine del frustrado golpe de Estado, los que escribíamos desde Moscú ya no accedíamos automáticamente a las primeras páginas de los diarios y a Paolo, el brillante y divertido corresponsal de un respetable rotativo italiano, se le ocurrió organizar un guateque de relajación en uno de los apartamentos del ghetto.

En la Edad Media, en la zona que se extiende desde la Plaza Roja hasta la Lubianka, había un barrio llamado Kitaigorod.

Allí, rodeados por murallas, bajo la permanente amenaza de los cañones del Kremlin, estaban obligados a vivir los mercaderes extranjeros que traían seda de China, arenques del Báltico o brocados de Flandes.

En la zona del antiguo Kitaigorod se alzan ahora los lujosos almacenes GUM y algunos edificios oficiales que, hasta agosto de 1991, servían de sede a secciones del Partido Comunista y dependencias de los organismos de seguridad soviéticos, pero la enfermiza obsesión por mantener estrictamente separados a los extranjeros de los nativos ha seguido plenamente vigente hasta hace muy poco.

Los Almacenes GUM de Moscú, en la Plaza Roja y frente al Kremlin.

Corresponsales, diplomáticos, empresarios y ejecutivos residen normalmente en bloques de apartamentos, rodeados por una valla, con un vigilante a la entrada, donde no osan aventurarse los moscovitas como no sean traductores, empleados, putas o chóferes.

A principios de los 80 apenas había un par de áreas de esta naturaleza, pero desde mediados de la década, con el aluvión de periodistas y empresarios que se desparramó sobre la capital al calor de la perestroika, se habían multiplicado como hongos.

El organismo encargado de asignar a cada extranjero su apartamento era la UPDK, que también gestionaba la línea de teléfono, los pintores, los muebles si hacen falta, el traductor e incluso el chófer.

El antiguo Kremlin y la vieja Plaza Roja en 1656.

Lógicamente, la UPDK estuvo siempre estrechamente vinculada al KGB. Esta política de «vivienda» tuvo históricamente la ventaja de ahorrar al sufrido corresponsal o diplomático los rigores de la vida del ruso, permitió al servicio secreto controlar estrechamente la colonia foránea y empujó a los extranjeros a cohabitar, como lo harían los habitantes de un ghetto medieval.

A todo esto, se sumaba la exigüidad de buenos restaurantes, pubs, discotecas o clubs, por lo que la vida social se consumía entre los estrechos muros de los pisitos suministrados por la UPDK.

La escasez promovía el mercado negro y esa economía gris y primitiva en la que el dinero local carece de valor y la gente sólo se mueve, actúa o trabaja a cambio de cosas tangibles como alcohol, comida o electrodomésticos.

Un coche Lada y otro Volga en una gasolinera del Moscú de 1991

Los soldados norteamericanos que se esparcieron por Italia, Francia y Alemania al término de la II Guerra Mundial obtenían amor fácil, suculentos salchichones u obras de arte repartiendo medias de nylon, paquetes de Lucky Strike y goma de mascar.

Bastantes occidentales afincados en Moscú conseguían fontanero, gasolina extra, entradas para el ballet o sexo gratis soltando botellas de vodka, cartones de tabaco de Virginia y walkmans o, pura y simplemente, derrochando unos dólares.

El ghetto donde se celebraba el guateque estaba al principio de la avenida Kutuzovski, frente al Hotel Ucrania, muy cerca del Parlamento ruso y era la más conocida de las «reservas» extranjeras en Moscú.

Allí residían casi todos los corresponsales permanentes y tenían oficinas los principales diarios mundiales y una decena de cadenas de televisión.

El amplio apartamento estaba amueblado con un gusto exquisito por su ausente propietario, un joven diplomático aficionado a las antigüedades.

El vino, francés e italiano, era excelente y la música fantástica, pero la fiesta no fue nada del otro mundo hasta que apareció en el umbral de la puerta Stelios Kouloglou.

El griego Stelios, que en 2015 y en un giro realmente acrobático acabo en Bruselas de europarlametario por Syriza, es un periodista genial, al que conocí en 1981 en Tinduf, en el confín argelino del Sahara, donde ambos nos torrábamos al sol y matábamos el tiempo con interminables charlas, a la espera de que los guerrilleros del Frente Polisario se dignaran llevarnos a una de sus escaramuzas con los soldados del rey Hasán II de Marruecos.

El periodista griego Stelios Kouloglou, en su época de reportero audaz, y antes de hacerse eurodiputado.

Después coincidimos casualmente varias veces: en la caída del Muro de Berlín, en Budapest durante las elecciones húngaras y en Atenas, donde Andreas Papandreu, el veterano diplodocus socialista, persistía en cortejar las urnas electorales colgado del brazo de la oronda Dimitra, de la que los cotillas ateniense decían que se había tirado en sus tiempos de azafata de Olimpic Airways a todos los pilotos de la compañía menos a los automáticos.

El día de marras, Stellos, fiel a su fama de infatigable conquistador mediterráneo, irrumpió en el guateque con media docena de rusas, que parecían sacadas de un concurso de belleza.

Todas por encima de 1,70, delgadas, de piernas largas, cuellos de garza y culo respingón, con esa palidez un poco anémica que tanto hace resaltar el azul transparente de los ojos de las eslavas.

Ninguna había cumplido los veinte años y, según explicó el caballeroso Stelios, eran alumnas de una recién estrenada escuela de modelos. Por lo visto, el día anterior había estado haciendo un reportaje en el establecimiento y tenido la deferencia de invitar a una de las chicas a la fiesta.

Chicas rusas en Moscú.

La muchacha no se lo pensó dos veces. Cuando al día siguiente se presentó Stellos a recoger a su dama, se le encaramaron al coche sus cinco amigas, fascinadas ante la posibilidad de ver con sus propios ojos cómo era por dentro la casa de un extranjero y qué comen, beben y escuchan los «millonarios occidentales que pagan en dólares».

Este atontamiento ante el extranjero no era un fenómeno exclusivamente ruso. En La Habana bastaba detenerse con un coche alquilado ante una parada de autobús y sisear descaradamente a las muchachas que esperaban sudorosas en la cola, para que unas cuantas se aproximaran a la ventanilla.

Sin intercambiar apenas palabra, aunque el conductor y su amigo fueran un par de «quasimodos», aceptaban «dar una vuelta» que inevitablemente, tras un par de cervezas y cuatro bromas picantes, culminaba con un revolcón en la arena de la playa de Varadero o fornicando trabajosamente sobre el asiento de atrás en una cuneta de los alrededores.

Las seis rusas de la fiesta no eran chicas vulgares. Chapurreaban inglés y debían proceder de familias de cierto nivel, de la «nueva clase media», porque de lo contrario no hubieran podido inscribirse y pagar la matrícula de una escuela privada de modelos.

A pesar de todo, a medida que se les disipaba el susto e iban agotando las exclamaciones de admiración ante el compact disc, la pantalla gigante del televisor «trinitron», el vídeo superautomático, los sofás de cuero color crema y la delicada decoración se fueron agrupando en la cocina.

Uno de los edificios stalinistas que forman Las 7 Hermanas de Moscú

Cuando yo abandonaba el piso, pasada la 01.00 de la madrugada, las seis estaban atiborrándose en el frigorífico, engullendo como pavos onzas de chocolate, rodajas de salami, mostaza francesa, galletas, espárragos, kiwis, otra vez chocolate, más mostaza, pan con mermelada y todo lo que les llamaba la atención.

Era enternecedor. Comían como focas, olvidándose de la línea o del acné, porque jamás habían probado muchos de los productos que llenaban el frigorífico.

Nunca pregunté a Stelios si alguna de las glotonas había terminado en su cama o en la de alguno de los invitados extranjeros, pero no me extrañaría.

También eso, disponer de un lecho propio, en una habitación aislada, con puerta susceptible de ser cerrada y posibilidad de ir en cualquier momento a un cuarto de baño como los de los telefilmes, era algo exótico en el ex Imperio Soviético.

Debía influir el frío reinante, pero en Moscú, Leningrado o Kiev no se veían parejas dándose el lote o besándose apasionadamente en las calles o parques. Los jóvenes ciudadanos del ex Imperio no eran de piedra, pero daban la impresión de que practicaban poco y bastante mal el sexo.

No se trataba del proverbial puritanismo soviético, de la forzada castidad de las cristianas ortodoxas de Georgia y Armenia o de las estrictas prohibiciones islámicas en las repúblicas asiáticas. Se trataba, pura y simplemente, de incapacidad.

Una de las claves era la falta de vivienda. La escasez de apartamentos forzaba a los adolescentes a apretujarse con su parentela en apartamentos de 40 metros cuadrados, compartiendo con hermanos y hermanas la misma habitación.

El coche Chaika blindado que usaba el soviético Leonidas Breznev.

Eso hacía físicamente complicado los escarceos sexuales con la novia y bastante más la faena completa: lo que los jóvenes ex soviéticos denominaban trájatsa.

La posibilidad de ir a un hotel estaba muy restringida tanto por las kafkianas trabas burocráticas, como por el coste exorbitante del cuarto. Había que mostrar la documentación en la recepción. Si eras moscovita eso aparecía reflejado en el pasaporte y te invalidaba para alquilar un cuarto en la capital. Lo mismo ocurría cuando no se estaba legalmente casado.

Nadie tenía coche, con lo que el famoso let’s go parking, que permitía a los adolescentes norteamericanos y a muchos estudiantes españoles a los que sus padres enviaban a hacer el COU a Estados Unidos estrenarse en el arcén de la autopista, estaba casi excluido.

Quedaba el recurso del tren, uno de esos traqueteantes expresos que recorrían la estepa de noche y tenían compartimentos de dos literas, pero los 80 o 100 rublos que suponía el trayecto hasta San Petersburgo o Kíev, eran prohibitivos.

Entre octubre y abril, había que ser primo de Superman o del Abominable Hombre de las Nieves para liarse la manta a la cabeza e intentarlo en un parque.

Con todas esas limitaciones, habría sido perfectamente comprensible que las seis modelos de Stelios, una vez saciado el apetito en el surtido frigorífico del diplomático, hubieran aceptado la invitación de cualquiera de los presentes para seguir la juerga en los dormitorios.

Incluso si el solicitante hubiera sido más feo que Picio.

Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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