Las mujeres siempre nos hemos valido del sexo para conseguir nuestros más variados objetivos.

Defiendo a Plácido Domingo frente a las oportunistas del “me too”.

Defiendo a Plácido Domingo frente a las oportunistas del “me too”.

Como periodista, escritora y, sobre todo, como mujer libre, contraria a la ideología de género y a cualquier tipo de tutela especial como si no fuéramos seres completos y capaces, defensora de la masculinidad como contrapunto a la feminidad, de la polaridad sexual natural, de las diferencias que nos complementan y engrandecen, defensora del hombre, víctima en nuestros días de leyes totalitarias, inspiradas en personajes desequilibrados del siglo pasado y el anterior, jaleadas por las progres del momento de todos los partidos y colores que mantienen una guerra de sexos absurda y perversa, condeno a todas las trasnochadas que periódicamente salen a la palestra a denunciar acoso sexual y esas cosas de la entrepierna que, dicho sea de paso, las mujeres siempre hemos sabido y sabemos –sobre todo hoy— gestionar, dosificar y rentabilizar tan bien. Sabemos que la debilidad del macho es el sexo, así de simple de manera general.

En nuestro presente revisionista la tendencia es darle la vuelta a todo, aunque sea a base de atentar contra el idioma, llamando a las cosas por lo que no son o utilizando eufemismos de nuevo cuño desprovistos de contenido. Lo importante es que se vaya instalando la nueva acepción. Hoy, volviendo al tema que nos ocupa, cualquier hombre puede ser acusado de acoso sexual y, de entrada, ya se le coloca el sambenito de culpable porque el agitprop mediático se encarga de macerar a una sociedad blandengue, sin demasiadas convicciones. Hemos llegado a tal cota de degradación que llamarle a una mujer gorda o golfa es más grave que apoyar a los terroristas. Y no digamos nada del revisionismo histórico imperante en España, que nos hace culpables de haber dejado la huella de un poderoso imperio como no ha habido otro. Todo está interrelacionado y va todo en la misma línea.

Primero fue el caso Harvey Wenstein que puso en marcha el movimiento feminazi “me too”, por el que un número considerable de mujeres denunciaban los acosos de hacía treinta años, solo por añadir un elemento más al proyecto de criminalización del varón. Parece que el cineasta, a cambio del trabajo, solicitaba algún pago en especie, una praxis bastante común en algunos ámbitos. Después vino el caso James Toback, otra vuelta de tuerca y aviso a navegantes de todos los mares. Es cierto que en el mundo de la farándula siempre ha funcionado este tipo de intercambio, acuñado modernamente como acoso. Yo lo enmarco en una pura relación comercial, o de trueque si se quiere llamar así. Vamos a desmitificar: de cien chicas que hacen un casting, casi cualquiera de ellas serviría para el papel. Quizá algún director se queda con las que puede tener un intercambio. Ignoro si los acuerdos se verbalizan a lo bruto antes de la firma del contrato o si el director adopta el papel de seductor y va por lo fino, poco a poco, hasta que consigue la conquista. Hay que decir que muchas de estas mujeres, gracias a poner su cuerpo en valor para esos menesteres del placer, han tenido una carrera de éxito e incluso han sido candidatas al Óscar, suerte que no han corrido las que de antemano no se prestaron al juego, y prefirieron seguir siendo dependientas, teniendo quizá más talento.

Lo cierto es que estas caducas, ahora, cuando su carrera se encuentra en momentos bajos o ya su cuerpo no sirve para negociar una continuidad en la escena, entonces se ponen el disfraz de pobres chicas decentes, inocentes y acosadas por hombres babosos de poder. Yo les preguntaría por qué no han dicho NO cuando les hicieron la propuesta, y si no han pensado que quizá otras no se llevaron el papel, mereciéndolo más que ellas, solo por decir que NO. Es muy fácil denunciar ahora a quien les dio la oportunidad que buscaban.

Cualquier día empezarán las denuncias de acoso de las faranduleras españolas, esas tan sinsustancia de los Goya, que se dedican a un cine que no ve nadie, que nos cuesta una pasta y que, para mayor burla, lo llaman cultura. Ya asomaron la oreja lanzando la idea. Falta que empiece la campaña de los nombres.

En la música, tras la campaña contra el concertino William Preucil y los directores Daniele Gatti, James Levine o Charles Dutoit , le toca ahora el turno a Plácido Domingo, orquestado por el grupito feminista “me too”. Nueve contra él, pero solo una, Patricia Wulf, que ahora se dedica a los bienes raíces, reclama su minuto de gloria saliendo a la palestra. Menudas tipas, venir a estas horas con estos cuentos. Yo estoy segura de que estuvieron encantadas de que un tipazo como Placido Domingo las “acosase”. El siempre creyó que estaba manteniendo relaciones de mutuo acuerdo. Y como él bien declara en su defensa: “Reconozco que las normas y estándar de la actualidad son muy diferentes hoy de cómo eran en el pasado”. En efecto, en algunas cosas hemos ido a mejor, pero en otras, hemos perdido el sentido común y nos hemos vuelto exagerados y estúpidos. Algunas de estas mujeres denuncian que alguien les ha puesto la mano en la rodilla o que alguien intentó besarlas. ¡Hace treinta años! Me parece de psiquiatra. Sin embargo, Plácido Domingo ya ha empezado a sufrir las consecuencias de la propaganda de estas locas: la Ópera de San Francisco y la de Filadelfia ya le han cancelado los conciertos que tenía previstos.

Pero basta de hipocresía. Es cierto que los hombres suelen utilizar el dinero y el poder para obtener sexo. Pero también lo es que las mujeres siempre nos hemos valido del sexo para conseguir nuestros más variados objetivos. Estamos hablando del mundo de la farándula, pero esto es extensible a otros ámbitos. En política, por ejemplo, muchas mujeres han llegado lejos gracias, ya no a ser mujeres, por eso de la paridad, sino por el sexo propiamente dicho. Tengo una enjundiosa lista –no solo yo—de políticas, tanto autonómicas como nacionales que han permanecido en activo –algunas aún siguen con algún alto cargo— no por méritos, sino por haber sido “amigas entrañables” de tal o cual persona con poder en el partido. Espero que no cristalice el efecto contagio y que las políticas no empiecen a denunciar a los dirigentes del partido por acoso. Sería divertido a la vez que vergonzoso. Porque a ellos les paga el contribuyente. Vuelvo a decir que el acoso sexual al que me he referido en el artículo, se trata simplemente de relaciones comerciales. El acoso sexual real es algo mucho más serio y merece ser perseguido y castigado por ley. Pero, no hablamos de esto.

Autor

Magdalena del Amo

Periodista, escritora y editora, especialista en el Nuevo Orden Mundial y en la “Ideología de género”. En la actualidad es directora de La Regla de Oro Ediciones.

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