MOSCÚ SIN BRUJULA

Pepinillos, tinta y miedo (XXVI)

Pepinillos, tinta y miedo (XXVI)
Lenin leyendo el Pravda. PD

La ceremonia, una extraña mezcla de bautizo y funeral, comenzó a las 20.10 de la tarde, cuando un viejo obrero que parecía sacado de un fotograma de la película ‘Acorazado Potemkin‘, subió hasta el piso octavo, donde esperaban ansiosos los redactores, con el primer ejemplar del «Nuevo Pravda».

A las 20.15, sobre la enorme mesa de la sala de juntas, ya no quedaba ni rastro de los desangelados canapés de pepinillo, del vodka Stolichnaya o de la media docena de botellas de modesto vino espumoso traídas expresamente para la ocasión.

El nuevo director, Gennady Seleznev, que cinco minutos antes había instado a los hombres a descorchar «champansky» y escanciar los vasos de las mujeres, dijo con voz trémula que se trataba de un día histórico y apuró las últimas gotas de su copa, brindando por la salud del «nuevo hijo».

Fieles a un viejo ritual periodístico, los redactores fueron pasando un ejemplar para que todos estampasen su firma en él, se lo regalaron al director, y se despidieron emocionados, agotados y tristes.

Pravda celebrando el éxito del cosmonauta Gagarin.

En Pravda no había una gran sala de redacción como existe en los periódicos españoles o norteamericanos.

Los periodistas trabajaban en pequeños despachos, con suelo de madera y aspecto sórdido, donde hay pesados escritorios y baterías de teléfonos negros y polvorientos.

Abajo, en los talleres, llamaba la atención la gran cantidad de mujeres que operan en las máquinas. En los pisos «nobles», destacaba el desmedido contingente de secretarias gordas y pesadas.

El edificio había sido durante mucho tiempo una fortaleza impenetrable para los extraños.

El 29 de agosto de 1991, en plena fiebre de cambios, nos dejaron visitar el interior y husmear por casi todos los rincones.

A lo largo de toda la jornada los redactores de Pravda bregaron febrilmente, algo que nunca habían hecho en su vida, pero en la puerta seguían el pétreo busto de Lenin y el hosco policía de servicio.

La portada de Pravda, con el decreto de los golpistas comunistas de 1991.

En los tablones de anuncios del taller, al lado de los lugares donde los obreros, los tipógrafos y los mecánicos de las rotativas, pegaban sus calendarios con fotos de exuberantes mujeres desnudas, continuaban las notificaciones del PCUS.

Ni siquiera habían quitado del despacho del director el retrato a pluma de Carlos Marx.

Hubo un cambio notable: a la hora de preparar la primera edición del «Nuevo Pravda», no sonó el teléfono rojo por el que habitualmente hacían llegar sus férreas consignas los jerarcas del Comité Central.

Se discutió la conveniencia de publicar una caricatura aparecida en The International Herald Tribune, en la que un gigantesco Yeltsin estrechaba abusón la mano a un raquítico Gorbachov, y casi todos dieron su voto favorable.

El fin de la Guerra Fría en The New York Times.

Se aprobó, como un pequeño desafío, insertar en primera página un llamamiento firmado por varios grupos de comunicación internacionales, criticando acremente a Yeltsin por haber cerrado varios medios de comunicación comunistas.

Para ser el primer día no estuvo mal, pero se echaba en falta un prolijo y detallado relato de los entresijos y secretos de la intentona golpista.

Probablemente, porque Seleznev, Lubitski y muchos de los reciclados periodistas-agentes-funcionarios sabían más de la cuenta.

KatyuscaPD

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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