MOSCÚ SIN BRÚJULA

Un chapuzón en el Moskova (XXIX)

Un chapuzón en el Moskova (XXIX)

En mil años de Historia sólo ha habido tres caminos para convertirse en zar de todas las Rusias: heredar legítimamente el cargo, asesinar vilmente al antecesor o usurpar arteramente el trono.

A la luz de lo que presenciamos los últimos días de agosto de 1991, la apabullante conclusión es que los 73 años de paréntesis comunista, durante los que Rusia estuvo disuelta en una entidad más amplia, fría e impersonal llamada Unión Soviética, no han modificado apenas las crudas reglas del juego.

El derrocamiento formal de Gorbachov no tuvo lugar hasta la tumultuosa jornada del 25 de diciembre de 1991, pero desde el 22 de agosto de ese año, Yeltsin estaba ya instalado triunfalmente en el imponente trono que en su día ocuparon Alexander Nevski, Pedro el Grande o Catalina II.

Pedro el Grande de Rusia.

El tipo ungido como presidente de Rusia tras la desintegración de la URSS, no descendía de una noble dinastía.

Era simplemente un funcionario listo y duro, que dedicó más años a preservar el sistema comunista que a combatirlo, y cuyos padres eran unos pobres campesinos que malvivían en el confín este de la estepa.

Que se sepa tampoco había matado a nadie, con sus manos, aunque la inquina y la perseverancia con la que estuvo segando durante años la hierba bajo los pies de Gorbachov era un ostensible ejemplo de asesinato político.

Yeltsin, que en 1992 cumplió 62 años, fue un usurpador genial, un individuo ambicioso y despiadado cuyo gran mérito era detectar antes que nadie el renacimiento de una vieja y temible nación llamada Rusia.

Boris Yeltsin, el político implacable.

Boris Nikolaevitch Yeltsin, «el Gran Boris», nació el 1 de febrero de 1931 en Butka, una aldea de la provincia de Sverdlovsk cercana a Ekaterinburgo, no muy lejos de la bodega donde los bolcheviques ejecutaron al zar Nicolás II y toda su familia.

Su infancia fue dura. Cuando bebía, lo que hacía con frecuencia, Yeltsin solía contar que los bienes de su familia se limitaban a un caballo flaco, una vieja vaca, un oxidado arado y unos metros de tierra.

El día que falleció el tiñoso rocín se vieron obligados a emplearse como obreros agrícolas en una granja colectiva.

Después murió la vaca y ante la perspectiva de fallecer de hambre, los Yeltsin no encontraron otra opción que trasladarse a la ciudad vecina, donde el padre trabajó como albañil.

Residían en un inmundo barracón comunal, hacinados con cientos de campesinos como ellos, a los que la desquiciada política agraria de Stalin forzaba a emigrar a los centros urbanos en busca de trabajo y comida.

El indestructible camarada Stalin.

Esto marcó tanto la infancia de Boris que, cuando se convirtió en primer secretario del aparato provincial del partido, una de sus primeras decisiones fue ordenar construir bloques de pisos, arrasar los carcomidos barracones con palas excavadoras y forzar a sus habitantes a trasladarse a diminutos apartamentos.

Con sólo seis años, Boris era el encargado de las tareas domésticas mientras su madre cosía y su padre salía a trabajar o a beber.

De esta época recuerda en sus memorias:

«Había poco que comer y mi padre solía zurrarme con el cinturón ante la impotente súplica de mi madre que lloraba y trataba inútilmente de defenderme.»

Siempre destacó entre sus amigos, era el cabecilla de su panda en las aventuras más variopintas, de algunas de las cuales escapó con vida de milagro.

La entrada del Ejército Rojo en Berlín.

En plena II Guerra Mundial, recién cumplidos los doce años, encontró en un solar una granada de mano. Inconsciente del riesgo, empezó a jugar con ella con tan mala fortuna que se salió el pasador.

La deflagración del artefacto le cercenó de cuajo dos dedos de la mano izquierda.

El desgraciado accidente no impidió que siguiera practicando asiduamente su deporte favorito, el voleibol, en el que destacó como estrella provincial.

La tentación de reescribir la propia biografía, exagerando aspectos positivos, es muy común y Yeltsin, como tantos otros políticos, sucumbió a ella, pero hay muchos pasajes de sus memorias absolutamente verídicos.

Boris Yeltsin, entrenador de voleibol, en su juventud.

Yeltsin decía de sí mismo que sólo necesitaba cuatro horas de sueño y era cierto.

En el Instituto Técnico de los Urales pasaba gran parte del día entrenando en los campos de deporte y estudiaba por las noches robando horas al sueño.

Ese desorden le jugó una mala pasada. Un día insistió en acudir a su habitual sesión de entrenamiento, pese a tener gripe y bastante fiebre.

Saltó a la cancha y a la media hora se desplomó como un fardo, víctima de una insuficiencia cardíaca, su talón de Aquiles.

Boris Yeltsin conmina a Mijail Gorbachov a disolver el PCUS, en 1991.

El soponcio se saldó con un gran susto y varios meses en cama, tras los cuales volvió a los entrenamientos, a las noches en blanco y a las copas de vodka.

El vanidoso Yeltsin escribió:

«Mi corazón podía haberse resentido para siempre, pero consideré que no debía compadecerle, sino darle mucho trabajo y combatir el fuego con fuego.»

Licenciado como «ingeniero», un título que debían repartir las tómbolas soviéticas porque no había ciudadano que se preciara que no lo exhibiera, en 1955 consiguió un puesto de capataz, desde donde su ambición por subir puestos le llevó hasta la dirección técnica de una factoría.

Después decidió sentar cabeza y se casó con una compañera de clase, Naina Girina, con la que tuvo dos hijas: Lena y Tatiana.

Boris Yeltsin recien casado con Naina Girina.

En sus memorias confesaba que le hubiera gustado tener un hijo varón y su deseo era tan grande que, siguiendo la más pura tradición campesina, colocó durante años un hacha y un gorro bajo la almohada, aunque sin resultado.

Yeltsin creía en el destino y actúa con la osadía del que se considera elegido por la Historia para la hercúlea tarea de gobernar Rusia, tras el marasmo comunista.

Como demostró cuando se encaramó al tanque golpista el 19 de agosto de 1991, era un hombre enérgico, valiente y arriesgado.

La duda, cada día más intensa, era si alguien como él, que había trabajado toda su vida como leal funcionario de un sistema fracasado, estaba realmente preparado para dirigir el salto en el vacío.

Yeltsin estaba dominado por una ambición abrasadora. Apenas licenciarse, en 1955, «el apostador», como le llamaban algunos compañeros de estudios, decidió hacer carrera y se lanzó a ello indiferente a los riesgos.

Yeltsin y Gorbachev.

Ascendió rápidamente en el aparato del partido, en el que ingresó en 1961.

Después fue nombrado primer secretario del PCUS de su provincia. Allí demostró su estilo, esas maneras geniales que tan popular le hicieron entre los rusos y tan impopular en el extranjero, y también su visceral autoritarismo, su cerril intolerancia.

No tenía piedad. Era incapaz de comprender los errores de los demás y sentir empatía, lo que supuso un buen número de enemigos.

«En los días en que regía el sistema de ordeno y mando no había otra forma de hacer las cosas», se justificaba en sus memorias, donde también admitió que con actitudes democráticas nunca habría ascendido.

Hizo amistad con Gorbachov, quien tenía su misma edad y apenas convertirse en líder del Kremlin le llamó a Moscú.

El nuevo secretario general designó a Yeltsin jefe del partido en la capital y miembro suplente del Politburó, con el objetivo de poner un poco de orden en el decrépito y corrupto aparato.

1996, se animó a subir al escenario a cantar y bailar en Rostov.

La «luna de miel» duró pocos meses. A mediados de 1986 Gorbachov ya consideraba a su protegido una especie de patán con buena estrella, cuyas insolentes exigencias de reformas en el partido podían echar a pique sus cautelosas, enrevesadas y a menudo imperceptibles maniobras para sacar adelante la perestroika.

Gorbachov creía que el sistema podría ser reformado preservando el PCUS.

Yeltsin se convenció muy pronto que eso no era posible y sin el mínimo rubor, malévolamente, se dedicó a cultivar una imagen de «padre protector», preocupado por la gente humilde.

Durante los dos años escasos que fue jefe del PCUS en Moscú, no dudó en criticar abiertamente a los burócratas municipales y a los corruptos jefes de la distribución de alimentos.

Visitó más de 200 empresas, utilizó los mismos transportes públicos que los trabajadores y eso le dio gran popularidad entre ellos, además de permitirle tomar el pulso a la sociedad.

En 1987 ni siquiera necesitaba ya seguir siendo cordial o respetuoso con Gorbachov, al que envió una carta de dimisión.

Boris Yeltsin, haciendo partirse de risa a Bill Clinton.

El secretario general aceptó el reto. El 11 de noviembre de 1987 cesó al díscolo «examigo» como jefe del partido en Moscú.

Fueron semanas de enorme tensión, que resintieron la salud de Yeltsin, quien sufrió un segundo ataque al corazón.

En plena recuperación, atontado por las pastillas y contra los consejos de su médico, aceptó asistir a una reunión del Politburó.

Allí, en público, Gorbachov lo apuntilló.

Yeltsin siempre dijo que fue «asesinado con palabras». No olvidó nunca esa afrenta, ni la serie de «puñaladas» que le propinó el secretario general en los meses siguientes.

Boris Yeltsin con Pavel Gratchev.

El 18 de febrero de 1988 fue excluido del Politburó. Nunca ha sido aclarado totalmente un suceso ocurrido en octubre de 1990, cuando Yeltsin, empapado y aterido de frío, se presentó a una comisaría denunciando que un desconocido le había arrojado desde un puente al río Moskova, cuando se dirigía a visitar a un amigo enfermo.

La versión que malintencionadamente hicieron correr las autoridades fue que Yeltsin iba bastante cargado de vodka y cayó al río.

También se dijo que fue agredido por un experto en artes marciales, probablemente un marido celoso o un matón contratado, cuando se disponía a entrar sigilosamente en casa de una amante.

Boris Yeltsin arenga a las masa, encaramado a un tanque soviético, en 1991.

Yeltsin, como la inmensa mayoría de los rusos, era un machista recalcitrante.

Una vez, después de ser elegido presidente del Parlamento ruso, le preguntaron qué haría si Gorbachov y Raisa llamaran a su puerta y contestó:

«Les invitaría a pasar y las mujeres irían a la cocina y los hombres hablarían en el salón.»

 

La Historia de la Madre Rusia y su madrastra la URSS en 12 minutosPD

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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