MOSCÚ SIN BRÚJULA

Rabo de toro y hernia discal (XXX)

Rabo de toro y hernia discal (XXX)
Boris Yeltsin. PD

La agonía política de Boris Yeltsin duró un año, 1988, en el que todos, desde la cúpula soviética a los dirigentes occidentales lo ignoraban o lo calificaban de payaso.

En honor a la verdad es necesario recalcar que el presidente ruso contribuyó, con ese populismo hortera que en Europa resulta algo ingenuo, a difundir esa imagen de bufón irresponsable.

Su visita a España en abril de 1990 es un divertido ejemplo. El periodista John Müller, que se pegó a sus talones desde el primer día, contaba anécdotas alucinantes.

«Boris Yeltsin —escribía Müller—, llegó hambriento a Córdoba. Herminio Trigo, alcalde de la ciudad, y los demás comensales que acudieron al almuerzo de recepción en el Caballo Rojo, no salían de su asombro. A dos carrillos, sin respirar ni alzar la vista del plato, el bueno de Yeltsin engulló dos raciones de espárragos con gambas, una de berenjenas con perdiz, dos de rabo de toro y un helado. Debió notar la cara de susto del alcalde, porque remató la faena con un estruendoso eructo y una nota en el libro de honor del restaurante donde escribió para la posteridad: «No suelo zampar mucho (sic), pero aquí todo estaba buenísimo. Ni en Japón ni en ninguna otra parte del mundo he comido mejor.»»

Su asesor, el bigotudo Viktor Yarochenko, consumió el pantagruélico almuerzo cortejando al alcalde para que concediera las llaves de la ciudad a su jefe.

Cuando vio que sus intentos eran vanos, sin cortarse un pelo, se inclinó sobre Trigo y le dijo al oído: «Entonces, por lo menos, dele una medallita… lo que sea.»

Boris Yeltsin con Viktor Yarochenko en Córdoba.

Después de almorzar opíparamente, Yeltsin decidió visitar la Mezquita-Catedral.

En el corto recorrido hasta el monumento, el político ruso se fotografió con un niño vestido de primera comunión y se dedicó a intercambiar saludos a diestro y siniestro con todos los que pasaban.

En Córdoba la gente es bastante afable y entre cachondos, bromistas, desocupados, forófobos convencidos de que estrechaban la mano de un entrenador de fútbol y melómanos que se hallaban ante un exótico director de orquesta, Yeltsin cosechó por lo menos medio centenar de sombrerazos.

Cuando entró en el Patio de los Naranjos, donde un grupo de turistas italianos recibía en esos instantes las monótonas explicaciones de un guía turístico, iba más desorientado que una gallina en un baile.

Boris Yeltsin, el político implacable.

Quizá fue el tono cansino del cicerone, pero lo cierto es que el despistado Yeltsin sacó la conclusión de que se trataba de un mitin político.

Ni corto ni perezoso, se plantó ante el guía e hizo una exagerada reverencia con la cabeza.

El andaluz abrió dos ojos como dos platos, cortó en seco su cháchara y miró con extrañeza al individuo de pelo cano y riguroso traje azul que tenía enfrente.

«¡Picha! ¿Qué haces?»

«Yeltsin», respondió el ruso y extendió su manaza de oso.

Los turistas italianos se encogían de hombros desconcertados, sin entender la escena, cuando un vendedor de postales descubrió la presencia del avergonzado Trigo y tuvo la ocurrencia de gritar: «¡Coño! ¡Si es el alcalde!».

Boris Yeltsin.

Como si hubieran sufrido una revelación, los italianos comenzaron a darse codazos de satisfacción y decirse unos a otros: «¡Il duce! ¡Il duce!», al tiempo que se abalanzaban sobre Yeltsin para fotografiarse con él.

El equívoco no se zanjó hasta que la traductora de Yeltsin explicó al absorto guía que el ilustre intruso soviético era el famoso Boris Nikolaevitch Yeltsin, diputado ruso.

Cuando los italianos se enteraron volvieron a tomarse fotos con él, ahora en su condición de ex alcalde de Córdoba.

La visita concluyó con una conferencia de prensa de Yeltsin, vigilado constantemente por Yarochenko.

Éste seguía molesto por su fracaso a la hora de conseguir que le hicieran hijo ilustre de Córdoba.

El desplante de las principales autoridades españolas también le incomodaba.

El presidente del Gobierno español, Felipe González, se negó a entrevistarse con Yeltsin, pese a que pocos días antes Margaret Thatcher le había recibido informalmente.

Margaret Thatcher con Boris Yeltsin.

José María Aznar y Adolfo Suárez, a quien Yeltsin esperaba saludar, tampoco le recibieron.

El propio Julio Anguita, secretario general de los comunistas españoles, no quiso saber nada del enemigo de Gorbachov.

Este vacío, provocado hábilmente por el embajador soviético en Madrid —quien tuvo la gentileza de enviar dos agentes del KGB a seguir de cerca los pasos del líder ruso— molestaba a Yarochenko, pero no parecía impresionar a Yeltsin.

Con la prensa, Yeltsin se mostró más agresivo.

  • —¿Podría aclarar aquel incidente en que lo arrojaron al río Moskova? —preguntó un periodista.
  • —Y a usted, ¿no le gustaría saber también lo que ocurre en mi alcoba? —respondió Yeltsin enfadado.
  • —También nos interesaría que hablara de eso —replicó un coro de periodistas.
  • —Pues vean —dijo el político, guardándose la rabia—, soy hombre de una sola mujer. Amo fielmente a mi esposa.

En seguida explicó que había ocultado el incidente para «evitar un levantamiento en Sverdlovsk que pudiera justificar la implantación del estado de emergencia».

«Una noche de septiembre —relató—, caminaba por un barrio de dachas de Moscú cuando dos hombres me cogieron, me metieron en un coche y me cubrieron la cabeza con un saco. Es mejor hacer de tripas corazón con todo esto. No le tengo miedo a Mijail Gorbachov, como tampoco se lo tuve en su día a Nikita Kruschev.»

Esa noche, Yeltsin fue la estrella en una recepción celebrada al aire libre en el Palacio de Viana.

Boris Yeltsin, sonriente.

No bebió ni siquiera una copa de Montilla-Moriles que reiteradamente le ofrecieron, probablemente para evitar venenosos comentarios como los que originó su anterior visita a Nueva York, donde dio buena cuenta en cinco minutos de una botella de whisky Jack Daniels.

A las 12.15 de la noche se retiró.

Las aventuras de Yeltsin en España no concluyeron allí. El lunes 30 de abril de 1990 hizo un accidentado viaje en avión a Barcelona.

El piloto tuvo que regresar con el aparato a Sevilla al detectar un fallo técnico.

Meses después, la prensa soviética afirmaría que la aeronave fue blanco de un sabotaje del KGB, aunque nadie aportó pruebas concluyentes.

En Barcelona, donde debía participar en una tertulia televisada, Yeltsin se sintió indispuesto.

Su pie izquierdo quedó paralizado por un ataque de ciática.

El doctor Josep Llovet dictaminó un agravamiento de la hernia discal y decidió operar con urgencia.

«Durante quince años los médicos de la URSS no habían conseguido operarme, aquí, en cambio, me han convencido en quince minutos», dijo Yeltsin.

Y en tono premonitorio bromeó: «No estaría bien que el futuro presidente quedara paralítico.»

En las cancillerías occidentales seguía siendo un paria, pero en la URSS gozaba ya de un enorme poder y eso explica su prepotencia al salir del hospital barcelonés.

La deslumbrante resurrección política de Yeltsin había comenzado en marzo de 1989, cuando presentó su candidatura por Moscú y obtuvo el 89,4 % de los votos en las elecciones para el Congreso de los Diputados.

Boris Yeltsin en Barcelona.

En marzo de 1990 sufrió otro leve ataque cardíaco, pero eso no impidió que tres meses después resultara elegido presidente de la Federación de Rusia por una aplastante mayoría de casi 70 millones de votos.

Su primera decisión, nada más ser investido, fue romper definitivamente con el PCUS y declarar la guerra a Gorbachov.

Empezó a comportarse como si fuera un jefe de Estado, a proclamar como objetivo la soberanía rusa y a mover sus piezas con precisión.

En su autobiografía relata un pensamiento profético que tuvo en vísperas de las elecciones de marzo de 1989, cuando regresó al firmamento político, 18 meses después de haber sido expulsado del paraíso por Gorbachov.

«El vasto, torpe y estúpido sistema burocrático del PCUS hará un nuevo y brusco movimiento, intentará defenderse y preservarse y eso provocará su propia destrucción», escribió como si adivinara que iba a producirse el chapucero golpe de agosto por el que se suicidó el PCUS.

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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