MOSCÚ SIN BRÚJULA

El pisito soviético (XXXIX)

El pisito soviético (XXXIX)
Niños con perro, mirando por la ventana de su apartamento estatal, en la URSS, antes del colapso de 1991. IM

En ‘Crimen y castigo’, la magistral novela de Fiodor Dostoyevski, hay una escena en la que el atormentado Raskolnikov, el estudiante que ha asesinado con un hacha a la vieja usurera, decide encararse con el comisario Porfiri Petrovich y se presenta a verle.

En los prolegómenos de la conversación, el policía manifiesta ser propietario de «habitaciones particulares», aunque temporalmente, debido a unas reparaciones, reside en una vivienda del Estado.

“Es una gran cosa”, replica el estudiante asesino.

“Una gran cosa la vivienda a costa del Estado.”

El genial Dostoyevski completó su obra en 1866 y hace mucho que cría malvas, pero que de seguir vivo y escribiendo, lo último que se le hubiera ocurrido en la Rusia de finales del Siglo XX es poner en boca de uno de sus personajes una alabanza hacia los pisos de propiedad pública.

Raskolnikov, en ‘Crimen y Castigo’ de Fiodor Dostoievski.

No había encuestas de opinión fiables, pero sí apabullantes indicios de que la inmensa mayoría de la población, tras setenta años de residencia en casas del Estado, consideraba ese tipo de morada una auténtica porquería.

Con excepciones y una notable fue la siniestra ‘Casa del Malecón’. La mando hacer construir Stalin como el paradigma de la superioridad comunista, focalizado en la vivienda.

El edificio fue construido en 1931 para los dirigentes de la Unión Soviética y sus familias. Era un edificio muy moderno que contaba entre sus servicios con cine, lavandería, hospital, correo, guardería y biblioteca. En las viviendas había luz, gas y agua 24 horas al día, que eran artículos de lujo en aquella época.

Los techos de los pisos fueron pintados por los artistas del Hermitage. En el enorme patio había fuentes y una gran cantidad de flores. “La casa del malecón” ocupa tres hectáreas y en su momento fue la casa más grande de Europa. En otoño de 1931 los primeros habitantes que recibieron la vivienda gratuitamente se trasladaron al edificio y se dispusieron a vivir en una especie de paraíso terrenal.

Se trataba de una casa de ensueño dotada con las comodidades más envidiables de la época: agua caliente, teléfonos, cocinas, lavandería, jardín de infancia y cine.

La Casa del Malecón, en Moscú.

Lógicamente, las purgas estalinistas se condensaron precisamente alrededor de la casa y tuvieron lugar primeramente en los círculos gubernamentales. Dos tercios de los habitantes fueron aniquilados, incluido el primer ministro de Rykov, el mariscal Tujachevski. La casa se convirtió en un símbolo de este pavoroso tiempo.

En cualquier caso, nada que ver con lo que correspondía al homo sovieticus común y corriente.

Una de cada seis familias moscovitas habitaba en apartamentos «comunales», la atroz fórmula residencial con la que los desconsiderados planificadores socialistas habían intentado resolver durante décadas el problema de la escasez de vivienda.

La fórmula era muy simple: en un apartamento grande se introducía a cuatro familias, que compartían baño, cocina, olores y sinsabores.

Lo que más llamaba la atención, cuando se visitaba uno de esos avisperos, no era el tufo a panceta que saturaba el recinto cuando al vecino le daba por freír o el insoportable barullo que hacían los televisores y radios de cada cuarto.

Lo que de verdad despertaba extrañeza es que no se perpetrara cotidianamente un crimen vecinal masivo.

Haciendo cola para comprar vodka en la URSS, antes de colapso.

En el otoño de 1991, enviamos desde El Mundo un nuevo corresponsal a Moscú y decidió buscar apartamento fuera del ghetto, lo que le dio oportunidad de experimentar en propia carne los lujos del mercado inmobiliario moscovita.

Fruto de ese periplo por residencias estatales, pisos comunales y cooperativas fue un reportaje que comenzaba con una frase impactante: «Por favor, no caguen aquí; en la casa también viven personas.»

La frase en cuestión, según relata el periodista, estaba escrita en la pared del descansillo de la escalera de un bloque de apartamentos en el Malecón Frunzeski, frente al Parque Gorki, en pleno centro de Moscú.

«Parece mentira que vivan personas en este lugar. El techo es un agujero negro del que se ha desprendido la escayola. Da miedo mirar hacia arriba. El lugar huele a galletas rancias», escribía el corresponsal español.

«Elena Euguenievna tiene miedo. Hablaba a través de la puerta de su piso. Llevaba 25 años compartiendo su kvartira con otras tres familias. La mujer aseguraba que, a pesar del hacinamiento, no solía haber disputas con los vecinos, salvo a la hora de fregar los pasillos o las habitaciones comunes.»

A doscientos metros de allí, al otro lado del bulevar Zubosvki, había otro apartamento comunal, menos descuidado.

Babushkas haciendo trueque, para sobrevivir en la fase final de la URSS.

El edificio daba a un jardín con columpios de madera dejado de la mano de Dios. Los bancos estaban rotos, las hojas secas se amontonaban en las esquinas.

La maleza había devorado algunos bancos. La entrada apestaba a cloaca. Los colectores se habían roto y el hedor a agua retenida se impregnaba en el pasamanos de la escalera y en los buzones de latón.

Una de las fuentes de malos olores era la tolva, ese invento infernal, criadero de ratas y foco constante de hedores pestilentes, por la que se arrojaban las basuras.

Como la gente no usaba bolsas de plástico, tiraba los desperdicios como podía y en las juntas, las trampillas de salida y los escalones de cada piso, se acumulaban restos que fermentaban y servían de festín a las cucarachas.

«Antes vivíamos en la residencia. Llevamos seis años aquí. Y otros cuatro en la cola para que nos concedan un apartamento individual», explicaba Nadezhda, mirando de soslayo, por el rabillo del ojo.

«¿Cuándo nos lo darán? Nadie lo sabe. Esto es desesperante.»

La cola delante de una tienda de alimentos en Moscú, en la fase final de la URSS.

La «residencia» era una especie de pabellón común, que recordaba los sórdidos barracones para emigrantes solteros de los alrededores de Soweto y allí se alojaban recién casados cuando no tenían dónde hacerlo.

La sonriente Nadezhda tenía la cara coloradota y se abrochaba nerviosamente la bata azul celeste, en la que sobresalían dos tetas prominentes.

Sus dos niños, Seriosha y Pasha, jugueteaban en un sofá-cama del año de la polca. Treinta y ocho metros cuadrados para cuatro personas. Su marido, Vladimir, trabajaba como conductor. Ella limpiaba escaleras en el cercano Instituto de Lenguas Extranjeras.

Su casa se componía de dos cuartos: un dormitorio y un salón-recibidor-sala de estar. En el salón estaban la televisión en color, el sofá-cama, la mesa y un armario horrendo y desencolado.

Era un milagro que todos los bártulos cupieran en 19 metros cuadrados.

Apartamento comunal en la URSS.

El pasillo comunal era un pequeño rastro: acá una pesa de culturismo, allá dos sacos con patatas, ahí dos sillones envueltos en plásticos, allí diez pares de zapatos llenos de barro…

El paso por la cocina, nos permitió otro «descubrimiento arqueológico». En un quemador de gas hervía un puchero humeante. Era la hora del almuerzo y Nadezhda preparaba la cena.

Distribuyó en su mesa varios platitos con zanahorias y judías verdes a la espera del caldo. Las otras dos mesitas pertenecían a las otras dos familias, los Apolonov, los Zdanor y la babushka Lidia Alexandrovna Skobtsova. En total. Eran tres familias completas y una abuelita, pero sólo había dos frigoríficos.

«La abuela tiene el suyo en su casa», explicaba Nadezhda.

La vieja parecía ausente.

«Es muy simpática y aguanta bien a los niños. ¡Qué remedio le queda!», apostilló Nadezhda.

La cocina comunal en unos apartamentos soviéticos de la URSS.

El retrete era desolador. Las casas del Gobierno fueron construidas con materiales defectuosos y se caían a pedazos. Los desconchones y las grietas formaban parte ya de su estructura.

El hortera papel pintado no era suficiente para ocultar la cruda realidad. Los azulejos del servicio, originalmente blancos y amarillos; eran grisáceos.

Una enorme cañería oxidada cortaba en dos la pequeña ratonera. Aunque el cuarto de baño fuera un desastre, por lo menos había agua caliente a raudales y todavía corría a cuenta del Estado, como la electricidad, aunque ya habían anunciado espectaculares subidas de precios.

Nadezhda y los suyos no vivían en un palacio, pero tal como estaban las cosas en la URSS tampoco se podían quejar.

Los Apolonov eran tres y debían hacinarse en una única habitación, cuya tercera parte estaba ocupada por el armario. Los Zdanov lo tenían todavía más crudo. Ellos también habían pasado por la residencia, como casi todos los matrimonios jóvenes que no podían alojarse junto a sus padres.

Los Zdanov no tenían derecho a un piso. No figuraban ni en la interminable cola de solicitantes, porque de acuerdo con las normas oficiales su cuarto medía metros cuadrados «suficientes» para ellos dos y el chaval.

Recién casados, de visita al Kremlin, en la URSS.

Por lo visto, les sobraban tres metros y ellos se indignaban.

«Sólo venden piso los judíos que emigran a Israel, pero comprar es imposible. Ahora hay que pagar en dólares y ni sumando nuestros sueldos durante un par de siglos podríamos juntar lo que piden.»

Liubov Zdanov, explicaba que, entre ella y su marido, electricista de profesión en una cooperativa, ganaban 800 rublos.

«No pedimos limosna», espetaba Nadezhda.

«Pero esas grandes sumas de dinero sólo pueden pagarlas los que roban, los especuladores y los mafiosos. Nosotros trabajamos honradamente y no podemos llegar a fin de mes.»

Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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