MOSCÚ SIN BRÚJULA

El Ángel Exterminador (XL)

El Ángel Exterminador (XL)
Detención de una manifestante opositora en Moscú. IM

Tras el fracaso del golpe comunista de agosto de 1991, cuando la fiebre privatizadora se convirtió en una verdadera epidemia y el mercado libre era visto como la varita mágica capaz de resolver ipso facto todos los problemas, Boris Yeltsin abrió la espita para que la gente pudiera convertirse en propietaria legal de sus míseras viviendas estatales.

Desde entonces, bastaba rellenar un formulario reclamando el apartamento que uno ocupa para quedarse con él y algunos aceptaron la oferta.

Otros, por temor a pagar más por los servicios, agua caliente, gas y teléfono, o porque no se aclaraban con las normas siguieron como siempre.

Se suponía que a medida que transcurriera el tiempo, los ocupantes de edificios privatizados irían remozando fachadas, arreglando bajantes, tapando goteras, cambiando tuberías y repintando paredes.

Ya se sabe que el ser humano cuida con más esmero lo que es suyo y puede legar a su prole, que lo público.

Pelea de golfillos en las calles de Moscú, en tiempos de la URSS.

Eso cuando hubiera dinero, porque hasta el momento tanto los que habitaban en sus propios apartamentos, como los que lo hacían en viviendas del Estado, seguían peleando con los vecinos, el olor a panceta, el ruido y los insectos.

No eran los únicos. Una de las quejas más extendidas entre la masa de corresponsales extranjeros afincados en Moscú en aquella época, era que la capital albergaba las cucarachas más feroces, resistentes, numerosas y agresivas del planeta. No era cierto.

La dura vida de los ciudadanos de la URSS.

Viví en Nueva York en 1984, el año en que Ronald Reagan aplastó a Walter Mondale en la batalla por la Casa Blanca, volví a residir allí con Obama y Bush y puedo testimoniar que las cucarachas de Manhattan eran mucho más pertinaces, dañinas y descaradas que sus primas soviéticas.

Una de las ventajas de Nueva York era que una vez cada dos meses se presentaba en el apartamento un tipo vestido de astronauta, con un artefacto a la espalda similar al que emplean los sulfatadores de las viñas bercianas y tras anunciarse como ‘the exterminator’, se dedicaba a fumigar por los rincones con una determinación digna del iraquí Sadam Husein, un rendido admirador de la guerra química antes de que lo ahorcaran.

Dos chicas y dos policías en Moscú, cuando todavía existía la URSS.

En Moscú, al menos oficialmente, no existía un personaje equivalente al ‘terminator’ norteamericano. Ya habían empezado las ventas de casas a particulares, pero en la mayor parte de los casos el propietario del edificio seguía siendo el Estado, que se desentendía de las cucarachas de la misma forma que se inhibía cuando se trataba de poner fin a la pestilencia del tubo por el que bajaban las basuras, de las guarrerías del portal o de los cortes de agua.

Monumento a los héroes soviéticos de la II Guerra Mundial.

En ruso cucaracha se dice ‘tarakán’, palabra con resonancias a indómito guerrero mongol o jinete tártaro. Existen dos variedades. La parda, más numerosa y pacífica, y la negra, con aspecto de blindado, caparazón duro como el acero y aire arrogante.

No está claro qué relación existe entre las dos especies, ni con el crimen organizado, pero según algunos rusos nativos, entre los que se encuentra el fotógrafo Igor Mihalev, las negras y los mafiosos estaban apoderándose progresivamente de Moscú.

 

Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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