MOSCÚ SIN BRÚJULA

La URSS: El antiguo arte de envolver (XLII)

La URSS: El antiguo arte de envolver (XLII)
Manifestantes rusos, nostálgicos de la URSS. Igor Mihalev

Lo tradicional ha sido siempre la avoska, esa bolsa de red que todo ciudadano soviético, de cualquier edad o condición, llevaba permanentemente en el bolsillo.

Que en el almacén de la esquina había patatas, pues se llenaba la avoska. Que ocurría el milagro de cruzar frente a una tienda donde en ese instante vendían tocino, salchichas, arenques o nabos, lo mismo, y si en casa no hacían falta tubérculos, restos de cerdo o pescado ahumado, se empleaba la preciosa mercancía para trocarla por cebollas, manzanas, coles o margarina con uno de los vecinos.

Avoska procede de la palabra rusa ayos, que quiere decir «ojalá».

En los últimos tres años de Gorbachov, cuando el crónico desconcierto económico se convirtió en desaforada catástrofe, además de las típicas avoskas se implantó la moda de llevar en el bolsillo, por si acaso, un paket, la antiecológica bolsa de plástico.

En el ex Imperio Soviético era un bien escaso. Una de las cosas que más me llamó la atención a finales de la década del 80, una de las primeras veces que visité el ghetto para extranjeros de la Avenida Kutuzovski, fue ver a un par de mujeres recolectando pakety.

Haciendo cola con la preceptiva bolsa, en la URSS.

Vaciaban una a una las bolsas de la basura y las plegaban tan cuidadosamente como una corista en paro doblaría su último par de medias.

«Las lavan, las alisan y las reciclan», me explicó un amigo griego, que, a aquellas alturas, tras cuatro años en Moscú, no se asombraba de nada.

«Después las revenden a dos rublos en la puerta del mercado.»

La economía no es una ciencia exacta, pero tiene su lógica. En mercados como Cheriomuskinsky, donde los caucasianos vendían a precios de escándalo sus frutas, verduras, conejos y pedazos de vaca, se envolvía la mercancía en papel de periódico.

La compra diaria en la URSS.

No había nada tan mortificante como desempaquetar un queso fresco al llegar a casa y encontrarse con un artículo completo de Pravda tatuado como una calcomanía sobre la blanca superficie. Eso cuando se tenía suerte, porque todavía era mucho peor si a uno le tocaba una página con foto.

El reciclado de las bolsas de plástico era un simple botón de muestra del desastre general.

En una oficina de la calle Staraya Ploschad, no lejos de la siniestra Lubianka, un equipo de asesores occidentales dirigidos por Jeffrey Sachs, el famoso gurú de Harvard que inspiró la metamorfosis de la economía polaca, se dedicaba a principios del invierno de 1991 a estudiar montañas de datos y elaborar informes para Yeltsin y sus ministros.

El economista Jeffrey Sachs.

«Lisa y llanamente, lo ocurrido aquí es la peor catástrofe económica de la Historia», aseguraba sin rodeos Sachs, quien se desplazaba de Boston a Moscú cada tres semanas y hablaba por los codos.

«Los comunistas han dejado al país sumergido en el desastre absoluto. A pesar de eso somos optimistas, porque las autoridades rusas han trabajado duro y han logrado ya aplicar los más importantes puntos del programa de reforma. El proceso es muy complejo y si no se controla, puede conducir al caos, pero los rusos que están al mando son muy inteligentes y saben lo que están haciendo.»

La tesis oficial de Yeltsin y sus asesores era que a principios de abril de 1992 se habría consumado la liberalización de la economía y el rublo sería convertible, pero dejaban abiertos serios interrogantes al recalcar que todo se podría complicar si las repúblicas seguían sus batallas comerciales con Rusia o la ayuda extranjera no afluía al ritmo esperado.

El busto de un Lenin derribado a finales de 1991, en la URSS.

«Estamos atravesando el valle en este momento», explicaba Anders Aslund, un asesor sueco proclive a discursear en parábola, vicio que comparten curas y economistas.

«Escalar la montaña va a requerir un enorme esfuerzo, pero está claro que para minimizar el sufrimiento de la población es imprescindible que recorramos la hondonada a la mayor velocidad posible.»

En un mullido despacho, con la máquina del café haciendo gorgoritos, la palabra «sufrimiento» tiene una connotación. En la cola de la panadería, con la nariz colorada como un pimiento y los dedos de los pies semicongelados, tiene otra.

Los parados, cada día más numerosos, y los jubilados no gozaban en la práctica de protección social porque la estampida de precios desatada por el anuncio de la inmediata liberalización convirtió en irrelevantes sus sueldos y pensiones.

Comunistas llevan flores al muro del Kremlin, en el aniversario de la muerte de Stalin.

Para colmo de indignidades, mientras la gran mayoría descendía a los infiernos, unos cuantos miles de espabilados se las arreglaban divinamente para emerger ricos de la noche al día y hacían gala de una insultante prosperidad.

Moscú era una ciudad esquizofrénica, donde un pollo costaba el equivalente al sueldo mensual de un soldador, y proliferaban boutiques donde el perfume turco de nombre francés, los «Levys» falsos y el salchichón masticable se pagaban en dólares.

Rusas nostálgicas de la URSS.

A mediados de diciembre de 1991, cuando Yeltsin decidió apuntillar a Gorbachov y liquidar formalmente la URSS, la población atesoraba alimentos, rellenaba botes de compota y acumulaba latas.

La tentación de hacer las maletas y emigrar al extranjero era intensa y los mejores traductores, músicos, profesores, deportistas, prostitutas, modelos, científicos nucleares, estos últimos para quebradero de cabeza del presidente Bush y la opinión pública occidental, maniobraban entre las embajadas a la busca de un contrato de trabajo o un visado.

Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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