MOSCÚ SIN BRÚJULA

Moscú: las Navidades del hambre (XLIII)

Moscú: las Navidades del hambre (XLIII)
Ciudadanos rusos intentando conseguir comida en la fase terminal de la URSS. EP

Calle Michurinski. La miseria tiritaba pegada a la pared de Produkti, un destartalado almacén donde tres días antes habían anunciado la llegada de un cargamento de vodka.

Habían empezado a helarse las oscuras aguas del Moskova y el termómetro, que aquel día de diciembre de 1991 marcaba 9 grados bajo cero, galopaba hacia el menos 25, pero la gente montaba guardia día y noche frente al oxidado portón.

«Dicen que han traído botellas a 12 rublos. Yo tengo el número 23 de la lista y creo que voy a conseguir una», explicaba Iván Vasilevich, un chófer jubilado de cara triste, nariz rezumante y dientes amarillos.

El viejo Iván llevaba la chapka echada sobre los ojos, se daba palmaditas en los brazos y oscilaba el peso del cuerpo de un pie a otro para ahuyentar el frío, a la rusa.

Un cartel de propaganda sobre la colectivización de la tierra en la URSS.

Iván Vasilevich sobrevivía con una pensión mensual de 220 rublos. A los precios de aquella mañana, con su sueldo podía comprar 4 kilos y 400 gramos de carne de vaca de tercera, 11 kilos de mandarinas o 5 kilos escasos de esas salchichas traslúcidas y protuberantes, que los rusos engullen con patatas o con kasha, el engrudo de pasta de arroz.

«¡¿Pollo?!», exclamó el hombre arqueando escéptico las canosas cejas.

Bajó la mirada y la colocó en el suelo, en el montón de nieve sucia situado entre sus botas. Luego levantó los ojos. Le brillaban de una manera inquietante, como si estuviera a punto de romper a llorar.

«¿Pollo? Yo ya ni me acuerdo de lo que es eso.»

El arte de hacer cola en la URSS.

Una de las mujeres apostada detrás se abrió paso para jactarse muy engreída de haber comprado un kilo de pollo la semana anterior por 32 rublos, su sueldo de tres días.

Entre los que hacían cola había algún que otro borrachín impenitente, pero la inmensa mayoría eran mujeres maduras o jubilados como Iván. Compraban las botellas para usarlas como «moneda».

La crisis económica era tan profunda que los mafiosos llevaban ya los rublos en bolsas y muy pronto, de seguir las cosas en ese rumbo, como ocurrió con el dinero en la República de Weimar, en la Alemania de los años 30 del Siglo XX, los transportarían en carretillas.

Una mendiga en el invierno económico de 1991, en la URSS.

La inflación se acercaba en diciembre al 900 % y estaba devorándolo todo.

Los paisanos que acudían al mercado Danolovski o al Cheriomuskinsky para vender sus productos a precios astronómicos, ya no aceptaban billetes con la efigie de Lenin.

«Con una botella se puede conseguir que venga el tractor del koljos a labrar tu huerto privado, un remolque de madera para la estufa o que los obreros acepten reparar unos grifos o las goteras del tejado», decía Galina, nuestra intérprete.

«Con dinero soviético, nada.»

Un poco más abajo, camino de las boscosas colinas donde residía Mijail Gorbachov, un grupo de mujeres se arremolinaba ante una tienda llamada «Dieta».

Eran empleadas del ferrocarril y habían acudido desde la estación Ochacovo 1 porque la empresa iba a poner a la venta algunos alimentos.

«A lo mejor sacan algo de carne o huevos o chocolate y no se puede perder la ocasión», decía una oronda taquillera, colorada y mofletuda.

«No está el ambiente como para dejar escapar oportunidades.»

Dos borrachos de vodka en la antigua URSS.

El sistema se denominaba zakazi. Para paliar la escasez y mantener ilusionados a sus empleados, las grandes empresas y ministerios conseguían de vez en cuando que un determinado almacén reservase una partida de salchichas, azúcar, margarina, dulces u otro producto.

Nunca había bastante para todos, así que se organizaba una rifa y los que tenían la fortuna de extraer los números premiados, obtenían el derecho de ir al local en cuestión y comprar la mercancía.

Las tiendas moscovitas nunca habían estado bien abastecidas, pero en diciembre de 1991, se encontraban literalmente vacías.

Apenas Yeltsin anunció que los precios serían liberalizados el 2 de enero de 1991, la gente se lanzó a la calle intentando desesperadamente comprar cualquier cosa, desde electrodomésticos a llantas de automóvil, pasando por latas a piezas de tela.

En las tiendas del Estado, el kilo de queso industrial costaba teóricamente 6 rublos, pero desde la fracasada intentona golpista no se encontraba.

A veces emergía a la superficie en alguna de las «boutiques comerciales», donde los precios ya habían sido «liberados» y el kilo se cobraba a 60 rublos.

Manifestaciones en la Plaza Rojo, en la fase terminal de la URSS.

Las escasas ocasiones en que recibían algo vendible, los responsables de los comercios estatales se las arreglaban para hacer su agosto desviándolo hacia el mercado negro.

Un refrigerador valía 1.000 rublos en los almacenes GUM, frente al Kremlin, pero sólo se conseguía deslizando otros 1.000 rublos en el bolsillo del ávido dependiente o soltando 2.000 al mafioso compinchado con el jefe de departamento.

En San Petersburgo había manifestaciones y al este de Moscú empezaron los tumultos.

En algunos barrios organizaban patrullas ciudadanas, que daban la voz de alarma cuando veían un camión de reparto e intentaban impedir que la mercancía se «evaporase».

Según el proyecto de Yeltsin, todos los comercios de menos de 150 metros cuadrados serían vendidos a los «colectivos de trabajadores» que lo solicitasen. Los de más de 150 metros cuadrados, arrendados a los empleados por un año. Los 250 grandes almacenes de Moscú, subastados.

Borrachos, tirados en un parque de Moscú.

El proyecto era que, a partir del 2 de enero de 1992, todas las tiendas se abastecieran directamente en los koljoses y en las granjas privadas, pero nadie sabía cómo hacerlo, ni de dónde iba a salir el dinero.

Todos los días, a las seis de la tarde, en la pantalla del televisor se podía ver en primer plano cómo un montón de rublos se incendiaba y se consumía crepitando. Sobre las cenizas, aparecía una sobreimpresión: la cotización de las divisas fuertes.

En 1989, un dólar costaba en el mercado negro 10 rublos. A finales de 1991, valía 150 rublos y muchos, incluido Iván, Margarete y Galina, empezaban a sospechar que las llamas de la televisión eran una simple premonición del arrasador fuego que muy pronto devoraría a Gorbachov, la URSS, Yeltsin y toda la sociedad soviética.

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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