MOSCÚ SIN BRÚJA

Cortejando al kazako (XLV)

Cortejando al kazako (XLV)
Nursultán Nazarbáyev. PD

Gorbachov acostumbraba llegar a su despacho alrededor de las diez de la mañana, pero el lunes, 9 de diciembre de 1991, todavía no había amanecido cuando la larga comitiva de Chaikas y ZIL negros entró como un relámpago en el Kremlin por la puerta de la Torre Spasskaya.

La tarde anterior, después de escuchar al receloso Shushkevich, el presidente soviético había permanecido agarrado al teléfono, con los párpados cerrados y expresión ausente, varios minutos.

Pasado el susto, como esos boxeadores que trastabillean alelados por el ring un buen rato y de repente se recuperan, se incorporó y empezó a impartir órdenes y hacer gestiones frenéticamente.

Hasta bien entrada la noche del domingo había estado contactando asesores, convocando a sus fieles y urdiendo planes.

Incluso durante la noche, desde su «dacha» en la avenida Kosiguin, en las Colinas de Lenin, hizo varias llamadas. Una a Nursultán Nazarbáyev.

Las otras a gente como Alexander Yakovlev o Eduard Shevardnadze.

Mijail Gorbachov con Nursultán Nazarbáyev.

Cuando el lunes tomó asiento en el elegante sillón del despacho presidencial, Gorbachov ya había diseñado una estrategia y sabía sus próximos movimientos de piezas. Iba a luchar con uñas y dientes y estaba convencido de que podía ganar.

El único periódico que se editaba en Moscú los lunes era el veterano Pravda y el 9 de diciembre, con su falta de reflejos tradicional, no publicaba una línea de lo ocurrido en Minsk.

La radio y la televisión apenas habían esbozado el tema, pero en los amplios pasillos del Kremlin y en el agitado mundillo de los corresponsales extranjeros se presentía la imponente tempestad.

En el programa de actividades de la jornada aparecía en lugar destacado una reunión al mediodía entre Yeltsin y Gorbachov.

El presidente ruso llegó a la cita puntual como un lord británico y su primera sorpresa, nada más entrar en la sala, fue descubrir que el maniobrero e impenetrable Nazarbayev estaba también allí.

Gorbachov llevaba horas desplegando sus encantos y su notable brillantez oratoria para convencer al presidente kazako de que lo ocurrido en Minsk era «una conspiración eslava».

 

Kazajastán, con sus armas nucleares, sus 17 millones de habitantes, sus riquezas y su inmenso territorio, marcaba el camino a Uzbekistán, Tajikistán, Turkmenistán y Kirguistán, las otras cuatro repúblicas asiáticas.

Mapa de Asia Central con Kazajastán.

La oposición de Nazarbayev no era suficiente para hacer fracasar el plan de Yeltsin, pero resultaba vital y Gorbachov reiteró hasta la saciedad lo insultante que resultaba el que los «tres conspiradores» no hubieran tenido la elemental deferencia de invitar a la dacha del bosque de Byelovezhsky al «máximo líder de los musulmanes soviéticos».

Nazarbayev ardía de indignación. Se sentía ofendido y a la primera oportunidad se sumó a las andanas de Gorbachov.

Entre ambos frieron literalmente a preguntas a Yeltsin, acusándole de irresponsabilidad e insistiendo en que aclarara el significado real de «Comunidad de Estados Independientes», sus ideas acerca del Ejército Rojo o su visión sobre el futuro de las fronteras exteriores.

Yeltsin percibió inmediatamente la quemazón del ofendido presidente kazako y trató de ganar tiempo.

Explicó aturulladamente que la CEI era una simple propuesta y dio a entender que debía ser discutida en los parlamentos de las repúblicas, probablemente en paralelo con el proyecto de Unión promovido por Gorbachov.

La URSS.

Estaba mintiendo y Gorbachov era plenamente consciente. A esa misma hora, a un kilómetro de distancia, al otro extremo de la Avenida Kalinin, el sombrío Guenadi Burbulis, primer vicepresidente de Yeltsin y «número 2» de Rusia, recalcaba en una tumultuosa rueda de prensa que la URSS había muerto.

El ministro de Exteriores ruso, Andrei Kozyrev, que estaba sentado junto a él, añadió despectivo que los funcionarios soviéticos tenían dos opciones: «Cooperar con el nuevo orden de forma civilizada o luchar en las barricadas.»

Ya más reposadamente, Kozyrev se permitió el lujo de sugerir que en la CEI podría haber un puesto para Gorbachov, similar al que la reina Isabel II tiene en la Commonwealth británica.

Era humillante, pero el porfiado Gorbachov seguía creyendo que aún podía plantear batalla. En cuanto Yeltsin y Nazarbayev abandonaron el Kremlin, convocó a sus principales asesores a una «tormenta de cerebros» en su despacho.

Mijail Gorbachov con Shevardnadze.

La reunión, a la que asistieron Shevardnadze, recién nombrado ministro de Exteriores soviético, el obeso Yakolev, su principal asesor durante la perestroika, los jefes del semidesmantelado KGB, Bakatin y Primakov, y el otro Yakolev, el periodista convertido en director de la televisión soviética, se prolongó bastantes horas.

Uno de los principales defectos de Gorbachov es que discursea demasiado. Otro es no escuchar a sus interlocutores.

Durante la reunión habló, habló y habló y al final casi había convencido a todo el mundo de que el acuerdo de Minsk «no era malo del todo».

«A fin de cuentas», concluyó. «Se ha conseguido evitar que Ucrania se vaya por su cuenta. Han hablado también de un mando nuclear único, lo que es significativo. No tardarán en pelearse unos con otros, porque Yeltsin y Kravchuk son dos lobos codiciosos. A grandes rasgos no es muy diferente del Tratado de la Unión que nosotros proponemos.»

Había que lanzarse a la contraofensiva y acordaron emitir esa misma noche un anuncio presidencial por televisión.

Gorbachov en tv.

A la hora prevista, estirado como un palo, Gorbachov apareció en pantalla y comunicó a la ciudadanía no estar dispuesto en absoluto a dimitir.

No estaba en una posición de fuerza como para ir a un choque frontal y en tono conciliador señaló que el acuerdo de Minsk incluía «aspectos positivos».

Era fundamental cobijarse en la legalidad, atraer a los moderados, a los líderes asiáticos, a los moldavos y a los del Cáucaso, y por eso reiteró que el destino de un Estado multinacional no podía ser precipitadamente decidido por los líderes de sólo tres repúblicas.

Antes de finalizar se pronunció en favor de convocar el Congreso de Diputados de la URSS. Esa noche los rumores sobre su caída eran cada vez más insistentes, pero había algunos signos esperanzadores.

Yeltsin y Gorbachov en 1991.

El ucraniano Kravchuk se negaba a aceptar que todas las armas nucleares pasaran a Rusia y proponía que en lugar de un solo «maletín nuclear» en manos de Yelstin, hubiera tres.

Al acostarse, Gorbachov suspiró aliviado. Como había pronosticado esa mañana, aparecían las primeras fisuras entre los conspiradores de Minsk.

Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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