MOSCÚ SIN BRÚJULA

Y Gorby descubrió el rock and roll (XLVI)

Y Gorby descubrió el rock and roll (XLVI)
Luces y sombras del camarada Gorbachov. PD

La paulatina pérdida de poder empezaba ya a notarse en el interior del Kremlin.

El viernes, 13 de diciembre de 1991, por los mentideros de Moscú corría el maligno rumor de que en las antaño bien surtidas cantinas de la fortaleza se había agotado la comida.

Los supuestos enterados alegaban que sólo servían sopa de col y que, por falta de fondos, la tesorería de palacio no había podido pagar a Gorbachov los 4.000 rublos, apenas 4.000 pesetas de la época y menos de 30 euros actuales, de su último sueldo.

El presidente ruso, cada hora más aislado, seguía amarrándose tozudamente a la idea de que la URSS y su puesto eran salvables.

El viernes, 13 de diciembre, discutió por teléfono con Kravchuk y con Yeltsin. Manifestó su escándalo ante la intención del primero de crear unas fuerzas armadas ucranianas y reiteró que no iba a dimitir.

«Me tendrán que sacar ustedes con los pies por delante», dijo varias veces: «¡Con los pies por delante!»

Mijail Gorbachov.

El sábado, 14 de diciembre, cuando el panorama parecía más brumoso, recibió un minúsculo balón de oxigeno.

En su discurso ante los asistentes al congreso del Movimiento para la Reforma Democrática, reunido en el gigantesco Hotel Rusia, el ministro Shevardnadze, declaraba que, tanto él como Gorbachov, estaban sinceramente dispuestos a contribuir a la transformación de la CEI.

«He aconsejado a Gorbachov que no tome decisiones apresuradas sobre la dimisión», reveló Shevardnadze.

«Aún le queda mucho por hacer.»

Yakolev remachó el mensaje, insistiendo en que era todavía posible unificar el proyecto de Yeltsin y el de Gorbachov.

François Mitterrand con Shevardnadze.

Esa tarde, en una extensa conversación telefónica con el presidente francés Mitterrand, el todavía esperanzado Gorbachov afirmó verse a sí mismo como «el guardián de la democracia y del orden constitucional».

Había empezado una nueva maniobra. Para contrarrestar los rumores sobre su inminente dimisión, había que multiplicar las apariciones en televisión.

Ese día la excusa fue un grupo alemán de rock duro: ‘Skorpion’. Ante la cámara, acompañados de su anfitrión, el melenudo guitarrista y el exótico batería manifestaron su «profunda admiración por el padre de la Perestroika».

La batalla interior estaba casi perdida, pero si lograba suficiente apoyo en el exterior y más tiempo, quizá podría sobrevivir.

Hacía ya muchos meses que Gorbachov arrastraba como un penitente una losa de impopularidad en la URSS, pero la opinión pública europea y norteamericana le dispensaba una rendida admiración.

El domingo, 15 de diciembre, coincidiendo con la llegada a Moscú del secretario de Estado norteamericano, James Baker, el ministro de Exteriores alemán, Hans Dietrich Genscher, manifestó su preocupación ante la descomposición del poder central soviético y la posibilidad de que sus expertos nucleares se diseminaran por el mundo.

Armas Nucleares en la URSS en 1991.

Gorbachov se dio cuenta inmediatamente de que el temor al descontrol nuclear podía ser otra trinchera en la que cobijarse.

El lunes 16 de diciembre, bajo las rutilantes lámparas de cristal de roca y los adornos dorados de la Sala Catalina, la misma en la que los amos del Kremlin han recibido siempre a sus huéspedes de honor, Yeltsin se entrevistó con Baker.

La reunión duró cuatro horas y al lado del presidente ruso, como para atestiguar su creciente poder, estaba el mariscal Shaposhnikov con todas sus condecoraciones.

Gorbachov se encontró con el secretario de Estado norteamericano algo más tarde, en el mismo sitio y solo durante dos horas.

A lo largo de la conversación, el antiguo dueño del palacio repitió tres veces que los militares seguían bajo sus órdenes.

Se equivocaba. Veinticuatro horas después, el martes 17 de diciembre, Yeltsin provocó una nueva reunión con Gorbachov.

Gorbachov y Yeltsin.

La sesión se alargó un par de horas y al concluir la charla, el presidente ruso advirtió al soviético que todas las estructuras estatales de la antigua Unión cesarían de existir a final de año: unas pasarían a control de Rusia y el resto serian disueltas.

Cualquier partidario de Gorbachov supersticioso, que se encontrara paseando en ese momento por la Plaza Roja, se habría quedado de piedra.

Hasta los presagios se aliaban contra el acosado líder soviético. Desde la explanada se vio cómo arriaban la bandera con la hoz y el martillo colocada sobre el edificio donde estaba el despacho presidencial.

El arriado de la bandera roja en el Kremlin y sus sustitución por la rusa.

Muchos pensaron que todo se había consumado, lo que obligó al propio comandante de la guardia del Kremlin, el pétreo Mijail Barsukov, a emitir con toda urgencia una declaración oficial explicando que habían bajado la enseña «para repararla», hecho lo cual había sido izada de nuevo.

En un Kremlin desierto, Gorbachov, premio Nobel de la Paz en 1990, recibió esa tarde a Elie Wiesel, premio Nobel de la Paz en 1986. El ex disidente polaco Adam Michnik, que formaba parte de la delegación encabezada por el judío Wiesel, aprovechó la ocasión para pedir un autógrafo al presidente soviético, explicando muy risueño que todavía le estaba agradecido por su tolerancia.

Marx y Lenin.

Michnik, quien dirigía el semanario Solidaridad y tomaba notas para un artículo, preguntó a Gorbachov qué era lo que colgaba antes de dos clavos que aparecían aislados en medio de un enorme muro.

El soviético se limitó a girar los ojos hacia su interprete, quien, bajando la voz, contestó por su cuenta:

«Ahí estaban antes los retratos de Marx y Lenin.»

Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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