MOSCÚ SIN BRÚJULA

La sentencia de Alma Ata (XLVII)

La sentencia de Alma Ata (XLVII)
Yeltsin en la firma de la Declaración de Alma Ata, que puso fin a la URSS. PD

Yeltsin, que se disponía a viajar a Roma para entrevistarse con el Papa Juan Pablo II, declaró el miércoles 18 de diciembre de 1991 que acudía con frecuencia a misa y aprovechó para sacudirle de nuevo a Gorbachov.

«Los comunistas han intentado imponer el ateísmo, pero no lo han conseguido», afirmó con una desfachatez inaudita, olvidando su prolongada y procelosa carrera en las filas del descreído PCUS.

Baker, en gira por Kiev, Minsk y Alma Ata, evitaba en todos sus discursos las palabras «Unión Soviética» y «pueblo soviético».

Para no herir la suceptibilidad del nuevo hombre fuerte de Moscú, el protocolario emisario norteamericano optó por recurrir al eufemismo de decir «esta tierra», cada vez que debía referirse a la URSS, y «este pueblo», en cada ocasión que citaba a la ciudadanía soviética.

El ‘Padrecito’ Stalin, dueño y señor de la URSS.

Abandonado por Estados Unidos, incapaz de movilizar a la opinión pública y sin el respaldo de los militares, el único y estrecho resquicio que restaba a Gorbachov eran las repúblicas musulmanas, cuyos presidentes se iban a reunir el sábado.

El kazako Nazarbayev no se había pronunciado todavía expresamente en favor de Yeltsin y el presidente soviético calculó que existía la leve posibilidad de atraer a los líderes islámicos hacia una solución de compromiso.

El mapa resultante de la disolución de la URSS.

Les envió una carta proponiendo que la futura entidad se denominara «Comunidad de los Estados Europeos y Asiáticos».

Gorbachov había sopesado la posibilidad de viajar a Alma Ata para presionar con su presencia física, pero ese día su portavoz anunció que no lo haría.

«Es muy improbable que vaya», dijo el educado Grachov. «Entre otras cosas, porque el presidente no ha sido invitado.»

A pesar de que al concluir el largo y frio fin de semana su suerte estaba sellada, el presidente se negaba a darse por vencido.

El viernes 20 de diciembre, prosiguiendo su incansable labor de zapa, Yeltsin se hizo por decreto con el control del servicio de Inteligencia, con el Ministerio del Interior y se arrogó total autoridad sobre las instalaciones del Kremlin.

El mausoleo de Lenín, frente al Kremlin, en la Plaza Roja de Moscú.

El jueves se había apropiado del Ministerio de Exteriores soviético, dejando en el paro a Shevardnadze.

El sábado, 21 de diciembre, se consumó el cataclismo. Los presidentes de 11 repúblicas del ex Imperio Soviético, reunidos en Alma Ata, desoyeron sus consejos y estamparon sus respectivas firmas en el protocolo convirtiéndose en cofundadores de la CEI.

Tan solo las tres repúblicas bálticas, que se regodeaban ya en su recién estrenada independencia, y la rica Georgia, cuyo presidente Gamsajurdia aborrecía a Yeltsin, no se auparon al carro del vencedor.

El domingo 22 de diciembre la única duda era cuando aparecería el derrotado Gorbachov en televisión para anunciar su dimisión.

Boris Yeltsin con Pavel Grachov.

El presidente soviético concedió una penosa entrevista a la CBS norteamericana, en la que dijo que no abandonaría nunca el mundo de la política y que tampoco emigraría al extranjero.

Era un deplorable epitafio. El lunes 23 de diciembre, Gorbachov todavía hizo acopio de fuerzas para librar contra Yeltsin una postrera y desesperada escaramuza.

El encuentro, que se inició al mediodía y al que se sumó Yakolev, tuvo como tema central de discusión la ‘chemodanchik’: el famoso «maletín nuclear».

Durante cuatro décadas, para los ocupantes del Kremlin, el símbolo máximo del poder ha sido una pequeña maleta negra, que contiene la clave con la que se podía activar el arsenal nuclear soviético y ahora el ruso.

Gorbachov con el dictador Fidel Castro.

Era la última insignia de autoridad que le quedaba al atormentado promotor de la Perestroika y durante ocho horas se negó en redondo a ceder.

Al final, con los ojos empañados en lágrimas, hostigado desde todos los flancos, se rindió.

A las 11 de la mañana del día siguiente, 24 de diciembre de 1991, hizo reunir a todos sus colaboradores y lentamente, uno a uno, con una desvaída sonrisa congelada en el rostro, les fue estrechando la mano.

Después se encerró en su despacho y comenzó a destruir documentos.

El miércoles, 25 de diciembre, Yeltsin hizo saber que el ex presidente de la ex URSS gozaría de una pensión mensual de 4.000 rublos, y que dispondría en el futuro de dos coches Volga, veinte criados y guardaespaldas, «la décima parte de los que pedía».

Manifestantes comunistas protestan contra la disolución de la URSS.

Además se le concedía una dacha y un apartamento de tres habitaciones.

A su solicitud de inmunidad, el rudo presidente ruso respondió con un chiste lacerante:

«No le hace falta, Mijail Serguevitch; si tiene usted alguna falta grave, lo mejor es que se confiese ahora.»

Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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