MOSCÚ SIN BRUJULA

El último comunista romántico (XLVIII)

El último comunista romántico (XLVIII)
Mijail Gorbachov. PD

Queridos compatriotas, conciudadanos: debido a la situación que prevalece actualmente, pongo fin a mis funciones como presidente de la URSS.»

Pálido, desencajado, con sus ojos oscuros hundidos en el fondo de las cuencas y la voz opaca, Mijail Gorbachov anunció el 25 de diciembre de 1991, a las 7 de la tarde hora de Moscú, su rendición incondicional ante Boris Yeltsin.

Sin citarlo, pero sabiendo que el taimado Yeltsin, los alevosos aparatchiks y los desleales «ex compañeros de viaje», que habían urdido su derrocamiento, identificarían la fuente y el mensaje, el presidente soviético hizo girar su conmovedora alocución en torno a una de las más célebres sentencias del marxista italiano Antonio Gramsci: «Cuando lo viejo ya no existe y lo nuevo todavía no ha llegado a nacer, entonces hay crisis.»

Antonio Gramsci.

Gorbachov aprovechó la ocasión para pronunciar un largo y dolido alegato, en el que expresó su pena por la desintegración de la Unión Soviética, citó de pasada a Dios y trató desesperadamente de justificar su actuación.

«En esta hora difícil para mí y para el país, cuan-do un gran Estado deja de existir, sigo fiel a mis principios. He defendido firmemente la autonomía, la independencia de los pueblos, la soberanía de las repúblicas; pero también defiendo la preservación de la Unión, la integridad del Estado.»

El ex presidente soviético hizo una pausa y entornó los ojos, como si en lugar de leer, tuviera que hurgar laboriosamente en los entresijos de su memoria para hallar las frases.

«Los acontecimientos han adoptado un giro diferente. La línea partidaria del desmembramiento del país y la dislocación del Estado ha ganado… veo grandes peligros, pero haré todo lo posible para que los acuerdos de Alma Atá conduzcan a una entente real y faciliten la salida de la crisis.»

Gorbachov aseguró que durante el período de transición había tratado de preservar intacto el control de las armas nucleares.

Armas nucleares desfilando ante el mausoleo de Lenín, en tiempos de la URSS.

Su último acto oficial como presidente había tenido lugar dos horas antes, cuando entregó la chemodanchik al mariscal Shaposhnikov.

Como esos generales antiguos que al capitular cedían su espada al vencedor, después de un forcejeo de varios días y múltiples amagos, Gorbachov traspasó al enviado de su verdugo el famoso maletín negro con las claves para activar el arsenal nuclear.

Yeltsin ya había confirmado al general su voluntad de nombrarle ministro de Defensa de la CEI.

Allí mismo, ante Shaposhnikov, un dolorido Gorbachov telefoneó al americano Bush y le comunicó lo que acababa de hacer.

Las transferencias de poder, incluso en democracias asentadas, tienen mucho de drama humano y en el caso soviético ese drama adoptó en algunos momentos tintes de tragedia.

La obsesión de Gorbachov por reivindicar su figura y su actuación ante la Historia y la opinión pública, resultaba estremecedora.

«Dirigiéndome a vosotros por última vez en calidad de presidente de la URSS, estimo indispensable expresar mi evaluación del camino recorrido desde 1985, sobre todo si se tiene en cuenta que hay opiniones contradictorias, superficiales y no objetivas.»

La gigantesca URSS.

Gorbachov afirmó que cuando accedió al poder «el país iba mal» y que la sociedad estaba asfixiada por «la armadura administrativa, el terrible fardo de la militarización a ultranza y el servicio a la ideología».

«No me arrepiento de no haberme servido del puesto de secretario general para reinar unos años, por-que eso hubiera sido irresponsable y amoral… reformas de tanta envergadura en una sociedad como la nuestra eran de enorme dificultad, pero hoy sigo persuadido de la justicia de los cambios democráticos iniciados en la primavera de 1985.»

Tras admitir que el camino de la libertad es «espinoso, difícil y doloroso», hizo una lista de lo conseguido: «…liquidación del sistema totalitario, elecciones libres, marcha hacia la economía de mercado, fin de la guerra fría…»

Finalizó manifestando su inquietud por el curso de los acontecimientos y dando las gracias a todos los que le ayudaron.

Hizo una larga pausa, inclinó ligeramente la cabeza y concluyó: «Dimito de mis funciones como presidente y os deseo a todos todo el bien posible.»

El mariscal Boris Shaposhnikov con Yeltsin.

El periodista español Felipe Sahagún escribió esa misma noche en el diario ‘El Mundo’ un artículo-elegía en el que certeramente señalaba que Gorbachov nos había engañado a todos y, posiblemente, también a sí mismo:

«No le creímos cuando prometió la libertad a su pueblo y defendió el desarme, fue el último comunista romántico: cambió el mundo y perdió su país.»

Esa pérdida era penosamente palpable en Moscú. La salida de escena del artífice, de la perestroika no despertó el mínimo revuelo en las calles de la capital.

Los rusos estaban a esa hora mucho más preocupados por las estanterías vacías de las tiendas que por el destino de Gorbachov.

«La gente carga en su cuenta la sangre vertida en Tiflis, los jóvenes masacrados en la torre de televisión de Vilna y piensa en las interminables colas que es preciso hacer desde la madrugada para conseguir pan», explicó lacónicamente la filóloga especializada en literatura rusa, que esa tarde traducía apresuradamente para nosotros el testamento de Gorbachov.

«No sentimos pena por él, porque sabemos que va a vivir mucho mejor que todos nosotros.»

Juventudes comunistas en tiempos de la URSS.

El comentario editorial de despedida que brotó minutos después por la terminal del teletipo de TASS, la agencia oficial habituada durante décadas a encomiar perrunamente la labor al amo de turno en el Kremlin y la superioridad moral del comunismo, fue pavoroso:

«El presidente soviético Mijail Gorbachov, el primer hombre que se atrevió a quebrar la espina dorsal del sistema totalitario… ha sido el capitán de un barco que se va a pique llamado Unión Soviética.»

 

Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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