MOSCÚ SIN BRÚJULA

¿Tovarich? ¿Señor? ¿Ciudadano? (XLIX)

¿Tovarich? ¿Señor? ¿Ciudadano? (XLIX)
Lenín y los camaradas comunistas. PD

Oscar Wilde, el iconoclasta poeta y ensayista británico, decía que la realidad imita al arte y la reciente historia soviética parece darle la razón.

El penoso destino de Gorbachov era un calco casi perfecto de las tribulaciones del zar retratado por Alexander Pushkin en Boris Godunov, obra que después inspiró a Modesto Musorgsky la mejor de las óperas rusas.

En el escenario, angustiado por los crecientes problemas que corroían su reino en el siglo XVI, el zar pronuncia unas afligidas frases que, la mañana del 26 de diciembre de 1991, podían haber sido suscritas literalmente por el desdichado Gorbachov:

Alcancé el máximo poder / durante seis años reiné en paz, pero ahora mi alma atormentada no encuentra felicidad / los lituanos maquinan en secreto conspiraciones, hay hambre, plaga y ruina / como animales salvajes la gente vaga enferma / Rusia agoniza en el hambre y la pobreza.

Boris Godunov de Mussorgsky, inspirado en Pushkin.

Gorbachov, devorado por la reforma que él mismo puso en marcha y no fue capaz de controlar, confesó ese día haber recibido ofertas para trasladarse al extranjero y dedicarse a la enseñanza o integrarse en el lucrativo circuito de las conferencias.

Añadió que iba a vivir en Rusia, aunque no descartó seguir el ejemplo de Henry Kissinger o Ronald Reagan, y mejorar sus ingresos con salidas ocasionales y actividades académicas.

En medio del jaleo, aplastado por la magnitud histórica del momento, hubo un detalle que pasó casi inadvertido.

El miércoles, cuando anunció su dimisión, Gorbachov, que desde 1985 había iniciado sus discursos con la palabra tovarischi —camaradas— había abierto su dramática alocución con un novedoso «compatriotas y conciudadanos».

Gorbachov no cometió un error. Trataba únicamente de adaptarse a los tiempos.

Proletarias del mundo y de la URSS.

Además de sus copiosas preocupaciones, uno de los nuevos quebraderos de cabeza de los ex ciudadanos de la URSS era en esos cambiantes días cómo dirigirse unos a otros.

Con los comunistas en el poder, el problema estaba resuelto: todos eran «camaradas».

Con el PCUS ilegalizado, era imprescindible andarse con cautela.

En muchos lugares y sobre todo en las colas, si uno cometía el descuido de llamar a otro tovarisch corría el riesgo de que le respondieran con un bufido y la heladora advertencia de que los «camaradas» eran culpables de la carestía reinante.

La última edición del Diccionario de Ética Soviética aseveraba textualmente: «Con la victoria del socialismo las relaciones de camaradería se extendieron por primera vez a toda la sociedad y eso es lo que da su alto significado a saludarse como camaradas.»

Lenín y el fracaso del comunismo en la URSS.

Como consecuencia de planteamientos como ése, desde 1917 nadie se atrevía a utilizar otro tipo de ‘títulos’ y en las frías Navidades de 1991 bastantes no sabían cómo iniciar una conversación.

Existía la posibilidad de recurrir al gospodin, que fue la forma educada empleada en tiempos del zar.

El inconveniente era que equivalía al milord inglés, y en la calle sonaba excesivamente pretencioso.

A principios de diciembre, el periodista Andreyev había descartado en las páginas de Izvestia esta forma de tratamiento, argumentando que los paupérrimos rusos no eran «señores» de nada.

Stalin con Lenin.

Grazsdanin —ciudadanos— arrastraba el grave lastre de que se emplea con los presos en las cárceles y la fórmula habitual de la policía al efectuar arrestos.

Decir molodoi chelovek —jovencito— podía resultar presuntuoso y el casi olvidado sudar —señor— era la forma antigua de interpelar a burgueses y comerciantes.

La situación era tan confusa que algunos optaron temporalmente por hacerse los distraídos, olvidarse de las formas y si tenían que interpelar a alguien se limitaban a vocear un sonoro ¡posluschaite!: «¡oiga!».

Resultaba algo brusco, pero no desentonaba un ápice con las «exquisitas maneras» que exhibía aquellos días en palacio el rudo y expeditivo Boris Yeltsin.

 

Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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