MOSCÚ SIN BRÚJULA

La Mujer del Zar (XLX)

La Mujer del Zar (XLX)
Raisa Gorbachova. PD

Indiferente a los formalismos y a las cortesías protocolarias, Yeltsin ni siquiera esperó a que Gorbachov hiciera la mudanza.

El atribulado ex presidente soviético, agotado por su larga y desesperada lucha, había abandonado el miércoles el Kremlin sin recoger sus efectos personales, convencido de que disponía de tiempo hasta el domingo para hacerlo.

El viernes 27 de diciembre de 1991 se presentó en el despacho y cuál no sería su sorpresa cuando encontró al corpulento presidente ruso repantigado en su sillón.

Azorado, reculó hacia la oficina de Guenadi Revenko, su anterior jefe de Gabinete, donde organizó la recolecta de enseres, recibió algunas visitas y ultimó los preparativos para viajar al sur de Rusia, donde residía su anciana madre.

El insaciable Yeltsin prosiguió cómodamente en la poltrona del despacho presidencial, donde ya había ordenado sustituir la bandera y los símbolos soviéticos por enseñas tricolores rusas.

Para los ejecutivos de las multinacionales, el vía crucis comienza el día que les retiran el coche de la empresa, la secretaria o la Visa oro.

Raísa Gorbachova, la excepcional primera dama de la URSS.

Para la nomenklatura soviética el calvario se iniciaba cuando aparecían unos fornidos policías con un camión de mudanzas y anunciaban altisonantes que traían orden de desalojar la dacha.

El 27 de diciembre le tocó el turno a Raisa. El desahucio fue bastante discreto, porque la zona de las Colinas de Lenin donde estaban las mansiones oficiales no era accesible a la plebe, pero en Moscú se rumoreaba que la mujer de Gorbachov lloraba «como una Magdalena» cuando cruzó por última vez el umbral de la sólida puerta de lo que durante seis años había sido su casa.

Siempre se ha dicho que la era Gorbachov estuvo marcada por una dispar troika: la glasnost informativa, la perestroika política y Raisa Maximovna Titorenko.

Raisa y Mijail Gorbachov de recien casados.

Raisa no tenía nada que ver con las grises mujeres de los anteriores secretarios generales del PCUS, que en lugar de hembras parecían osos a punto de invernar. Era alta, fuerte, con bellas manos y hermosas piernas.

Cuando Gorbachov llegó al poder en 1985, el comentario unánime de los estupefactos representantes de los medios de comunicación occidentales fue: «Por fin hay una primera dama en el Kremlin que no pesa más que su marido.»

Para colmo vestía elegantemente y no rehusaba el protagonismo o el dulce halago de las cámaras.

Raisa, que falleció el 20 de septiembre de 1999 en la alemana Münster, había nacido en Rbutsovsk, en Siberia, en 1935. Era hija de un ferroviario, estudió Filosofía y conoció al futuro secretario general en una fiesta.

Mijaíl Gorbachov y Raisa.

Pilar Bonet, una de las periodistas del mundo con mejores fuentes en el Kremlin durante la era Gorbachov, escribió que Raisa había acudido al baile decidida a aprender el vals y Mijail a reírse de las principiantes.

El flechazo fue instantáneo y desde ese día ella ejerció una influencia absorbente sobre él.

Como le ocurría a su marido, Raisa despertaba admiración en los foros internacionales y viscerales recelos en su propio país. Los rusos la acusaban de tirar con despendole de su tarjeta de crédito oficial y siempre detestaron profundamente.

Su físico y su forma de actuar hacía añicos la ancestral tradición antifemenina soviética y generó naturalmente ácidas críticas.

En 1989, un diputado ucraniano llegó a compararla con Josefina Bonaparte, durante una sesión del Congreso retransmitida por televisión.

Mijail Gorbachov, el conferenciante.

«Napoleón fue incitado a la tiranía por los que le rodeaban y por su mujer. Creo que usted también es incapaz de resistirse a la adulación e influencia de su esposa», afirmó el audaz parlamentario señalando con el índice extendido hacia el podio donde escuchaba atónito Gorbachov.

Fue la primera vez que públicamente se hacía referencia a las indudables «dotes de mando» de Raisa.

Ella trataba de matizar las cosas y explicaba así su función en el Kremlin: «Mijail trabaja muchísimo y trato de contemplar lo que me rodea para luego contarle lo que veo; mi papel es ser un eslabón en el trabajo de Mijail.»

A la que no había riesgo alguno de que acusasen de «entrometida» o «maniobrera», era a Anastasia Girina «Naina», la nueva primera dama.

Yeltsin, que tendía a criticar acremente los «revoloteos», el «lujo» y las «pretensiones» de Raisa, podía respirar tranquilo. Su mujer era la antítesis de la de Gorbachov.

Boris Yeltsin recien casado con Naina Girina.

Naina era tímida y reservada. No hablaba idiomas ni entendía de música clásica. Ni siquiera asistió a la universidad. Lo suyo era el hogar, la cocina y los niños.

Tenía a gala acudir a misa cada domingo y no haberse desprendido de un abrigo beige pasado de moda, que le regalaron a principios de los «80» y seguía usando una semana después de que su marido se transformara en indiscutible «Número 1».

Naina Yeltsin con Boris.

Ella y Raisa tenían exactamente la misma edad y habían ocupado puestos similares, pero pertenecían a universos irreconciliables.

El juicio más piadoso que se escuchaba en los mentideros periodísticos aquellos días era que la rechoncha Naina parecía una de esas muñecas matrioska de cachetes sonrosados, que los buhoneros ofrecen a los turistas en el Viejo Arbat.

Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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