MOSCÚ SIN BRÚJULA

El único superviviente (XLXIII)

El único superviviente (XLXIII)
La momia de Lenin. PD

Lo único que al final ha quedado intacto del monstruoso estado que Vladimir Ilich Lenin fundó en 1917 es su momia.

Inasequible al desaliento, indiferente al paso del tiempo, a la caída del comunismo, al derrocamiento de Gorbachov y la llegada del capitalismo salvaje y los millonarios, el cadáver embalsamado del padre de la Revolución Bolchevique sigue en su mausoleo.

Se había corrido la voz de que Yeltsin, ya cómodamente instalado en el Kremlin, estaba fascinado con el plan urdido por Stas Namin, para conseguir dólares, marcos, francos, libras y hasta pesetas.

Stas, ex cantante de rock, boyante millonario y nieto rebelde de Anastas Mikoyan, uno de los gerifaltes del Politburó en tiempos de Kruschev, había propuesto sacar la momia del monumento y pasearla por el mundo cobrando entradas, como si fuera una atracción de feria.

A pesar del frío y de los malos vientos que soplaban para el comunismo a finales de 1991, en la Plaza Roja se formaba cotidianamente una larga cola de curiosos y fieles decididos a echar un postrero vistazo al cuerpo.

Antaño, en tiempos comunistas, solían traer en rebaño a niños de colegios, turistas japoneses y esforzados militantes de las repúblicas soviéticas, pero a partir de la defunción de la URSS el público se hizo más variopinto y auténtico.

Alfonso Rojo, en la Plaza Roja de Moscú, frente al Mausoleo de Lenín, en 1981, cuando todavía existía la Unión Soviética.

Dentro del Kremlin funciona una Comandancia Especial encargada de vigilar el mausoleo de granito rosado y ese territorio sagrado para los socialistas del mundo entero que hay entre las torres Spasskaya y Nikolskaya.

Hasta la intentona golpista de agosto de 1991, la Comandancia formaba parte del IX Departamento del KGB. Después pasó a depender del Servicio de Seguridad del Presidente y ahora no se sabe a quién obedece, pero lo cierto es que sus hombres no han modificado un ápice su conducta.

Se han aflojado algo las normas, pero lo esencial sigue vigente.

Viejos comunistas en la Plaza Roja de Moscú.

Los muchachos de cara de ángel y ojos de hielo no se andaban ni se andan con bromas. Siguen registrando escrupulosamente a los visitantes en busca de cámaras fotográficas o de «objetos peligrosos».

En 1969, un tipo lanzó un martillo contra el sarcófago de Lenin y astilló levemente la urna y en 1974 hubo otro que intentó convertirlo en fosfatina, haciendo explosionar una bomba que se había adherido al cuerpo.

Los guardias no son marciales, bellos y duros como antaño, pero en el interior de la cripta es obligatorio ir decorosamente vestido y no se puede hablar, como no sea en ese tono susurrante y funeral que antaño era obligatorio en las iglesias.

Stalin con Lenin.

Basta elevar levemente la voz para que cualquiera de los vigilantes apostados por todos lados lance un apremiante, imperativo y helador «¡¡¡ Pchssssss !!!».

Para llegar a la negra «capilla comunista» hay que descender un tramo de escaleras y una vez abajo está prohibido detenerse.

Hay cuatro guardias firmes como cariátides, y media docena en los laterales, vigilando como halcones.

Lenin está vestido de negro, con camisa blanca, la mano izquierda abierta, apoyada en la cintura y la derecha cerrada, como si le hubiera quedado así después de hacer el saludo de despedida a los camaradas.

Rusia recuerda la muerte de Lenin con la eterna disputa sobre su sepultura.

«Si un experto pudiera observar en el microscopio muestras de la piel de Lenin y de un muerto reciente», explicaba en las Navidades de 1991 Serguei Debov, uno de los técnicos que cuidaba la momia desde hacía 40 años, «no sería capaz de distinguir fácilmente entre ellas. Si se mantienen las condiciones del mausoleo, Lenin podría preservarse eternamente».

Tras el colapso del comunismo y el derribo de los símbolos de la Revolución Bolchevique hubo moscovitas que propusieron poner fin al «perverso culto» de que es objeto el cadáver de Lenin.

El alcalde de San Petersburgo, el moderno Anatoli Sobchak, sugirió clausurar el lugar y dar al cuerpo sepultura en el cementerio de Volkovo, donde están enterradas la madre y hermana del gran revolucionario.

Vladimir Lenin dando un mitin en la plaza Sverdlov de Moscú.

Hubo también bastantes, entre los que se contaba el viejo Debov, que se opusieron en redondo.

«Nadie puede negar que ha sido una figura enorme con un gran impacto en la historia mundial», solía decir el experto embalsamador, cuya profesión original era la de biólogo molecular.

«Hay una tendencia excesiva en la Rusia actual a destruirlo todo y sería penoso que también destrozaran esto. Era un gran jefe, un buen hombre.»

Lenin fue efectivamente un gran jefe, pero no era precisamente eso que entendemos por «un buen hombre».

Nació en 1870 en Simbirsk, a orillas del Volga, y era hijo de un inspector de escuelas primarias.

Cuando tenía dieciséis años, ahorcaron a su hermano mayor Alexander por conspirar para volar al zar con una bomba de fabricación casera y esa tragedia familiar debió influir en su carácter, endureciéndolo y fanatizándolo hasta el paroxismo.

Lenin pertenecía a la variedad «clerical» del revolucionario. Krupskaya, su mujer, atestigua que renunció a todas las cosas que le interesaban —el patinaje, la lectura del latín, el ajedrez e incluso la música—porque todo eso le restaba energías a la hora de concentrarse en el trabajo político.

Lenin y Krupskaya, su esposa.

«La música nos induce a decir cosas estúpidas y agradables, a acariciar la cabeza de la gente que puede crear tanta belleza al mismo tiempo que vive en este perverso infierno», le dijo una vez al escritor Máximo Gorki, el sentimental padre de la novela socialista.

«Pero uno no debe acariciar la cabeza de nadie, porque puede terminar con la mano mordida.»

Lenin carecía de amistades. Sólo tenía alianzas ideológicas. Juzgaba a los hombres por un único criterio: el grado en que aceptaban sus opiniones.

No padecía ninguno de los defectos que parecen congénitos a los políticos. No tenía vanidad personal, ni ambición económica. Eso sí, era despiadado hasta la locura.

Desde su adolescencia actuó persuadido de que la única actividad humana que merecía la pena era la política. Trabajó como abogado unas semanas y lo dejó hastiado.

Stalin, Lenin y Trotsky.

El periodismo, su empleo teórico, no era más que un instrumento o una tapadera. Ni siquiera conocía los miserables barrios obreros o se acercó a las chozas de los campesinos.

Vivía entre papeles, comunicados, panfletos y debates, rodeado por un puñado de intelectuales burgueses dedicados como él al sacerdocio de la revolución proletaria.

Era impermeable a las alabanzas, las quejas o las lágrimas. Perseguía el poder y lo consiguió en un país en que, por tradición, la gente no importa.  Un país inmenso y duro llamado Rusia en el que la población No suele ser más que el suelo que pisa el gobernante.

A pesar de todo, hay millones de ex soviéticos que todavía le veneran y la prueba es el diario carnaval del mausoleo de la Plaza Roja.

Lenin llega a Petrogrado para dirigir la Revolución.

De la misma manera que siguen prohibidas las fotografías, continúan siendo un secreto celosamente guardado las sofisticadas técnicas que permiten mantener la momia intacta.

Los órganos internos de Lenin, incluyendo su «prodigioso» cerebro, fueron extraídos del cuerpo durante la autopsia efectuada el 22 de enero de 1924, un día después de su muerte.

«Todo sigue igual que aquel día, con una leve alteración», afirmaba complacido Debov.

«Su mujer le había cortado el pelo poco antes del fallecimiento y parecía calvo, por lo que hubo que teñírselo ligeramente. El secreto de la milagrosa conservación es un compuesto desarrollado por científicos soviéticos en 1920 y perfeccionado por nosotros en 1955, que se ha inyectado bajo la piel en sustitución del agua natural.»

El compuesto tiene dos cualidades esenciales. Una de ellas que no permite que bacteria alguna pueda desarrollarse y que, a 16 grados, la temperatura de la cripta, mantiene la piel suave y no absorbe humedad.

La momia de Lenin.

Como se bordea casi al trote el sarcófago, no es fácil distinguir sensores, monitores o lentes, pero la cripta está trufada de artilugios.

Desde hace más de medio siglo, cada lunes y cada viernes, los expertos inspeccionan el cadáver en una de las diez salas subterráneas que hay junto a la cripta. Cada año y medio le dan un baño.

Arriba, junto al rojo muro del Kremlin, donde están enterrados los secretarios del PCUS incluido el cruel Josef Stalin, los héroes de la Revolución y los ilustres «compañeros de viaje» suele haber claveles rojos.

Stalin en el muro del Kremlin.

La inmensa mayoría son de plástico. La asombrosa excepción es Stalin, frente a cuyo busto se detienen siempre algunos viejos, que enjugan una lágrima, se acarician las relucientes medallas ganadas en la Guerra Patriótica contra los nazis y depositan flores frescas.

Cuando se les pedía su opinión sobre las tournée comerciales que Yeltsin planeaba dar a la momia, los viejos cabeceaban, miraban las almenas donde ya no ondeaba la bandera roja con la hoz y el martillo y mascullaban: “¡Katastrofa!”

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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