MOSCÚ SIN BRÚJULA

El vodka que tiene Moscú… (XLXIV)

El vodka que tiene Moscú… (XLXIV)
Boris Yeltsin bailando borracho. PD

Es absolutamente falso eso de que el lenguaje de los gestos es universal.

En España, para explicar sin palabras algo tan humano como es empinar el codo, lo normal es llevarse el dedo pulgar hacia la boca.

En Rusia, donde consumir bebidas alcohólicas es mucho más corriente, basta darse unos golpecitos con el revés de la uña del dedo corazón en el cuello, justo debajo de la oreja derecha.

El origen del ademán es muy curioso. En 1814, los cosacos de Alejandro I cruzaron toda Europa de este a oeste pisando los talones de los derrotados soldados de la Grande Armée de Napoleón Bonaparte.

La entrada del zar en París fue apoteósica y dejó tan encantado al presumido Alejandro que, a la vuelta a Rusia, como premio, otorgó a sus aguerridas tropas el privilegio vitalicio de beber vodka gratis.

Para evitar confusiones, a muchos veteranos de la campaña de Francia se les tatuó el sello imperial en el cuello.

La Grande Armée de Napoleón abandona Moscú en 1812.

 

Al sediento guerrero le bastaba acodarse en el mostrador y, en cuanto avistaba al tabernero, señalar la honorable marca que le autorizaba a echarse al gaznate una buena ración de vodka.  La frase «bebe como un cosaco» tiene fundamento histórico.

A los ex soviéticos les encantaba beber y el borracho era un elemento fijo del paisaje. Uno de los riesgos de conducir de noche en Moscú, a finales del Siglo XX, era llevarse por delante uno de esos borrachines que caminaban sobre la nieve como zombies.

Iban tambaleándose, a punto de caer a cada paso y podían tumbarse de buenas a primeras en la nieve de la calzada y ponerse a roncar.

Los cosacos del zar.

Los afortunados consumían vodka. Los menos afortunados, aguardiente casero, chacha georgiano o una especie de desatascador de cañerías, denominado eufemísticamente ‘portwein’, que presentaban como coñac y parecía alcohol de quemar.

Moscú vivía en aquella época bajo un permanente síndrome de abstinencia. Las colas del vodka no solían ser un jardín de infantes.

La gente era capaz de esperar días enteros a la intemperie sin pronunciar palabra, pero también podía convertirse inopinadamente en una turba destructora; bastaba la noticia de que el almacén había agotado las existencias.

Comprando vodka en Moscú.

El consumo de vodka era y es algo profundamente arraigado en la conciencia colectiva rusa, un problema social de proporciones dantescas y afectaba a todo tipo de personajes, incluido Yeltsin o Nazarbayev, que tenían fama de ser bebedores impenitentes.

En el primer párrafo de ‘Ana Karenina’, el magistral León Nikolaievich Tolstói escribió: «Todas las familias felices se parecen unas a otras, cada familia desdichada lo es a su manera

La botella de vodka familiar en Rusia.

La frase iba dedicada a los Oblonsky, que se vieron envueltos en un adulterio y un suicidio, pero podía aplicarse sin esfuerzo a los Gorbachov y por un motivo mucho más pedestre: el alcoholismo.

El ex presidente soviético, quien al inicio de su mandato promovió infructuosamente una vigorosa campaña para erradicar el vicio y prohibió el consumo de vodka, tenía en su familia un alcohólico notable: su cuñado Eugueni.

El hermano de Raisa residía en Voronezh. Los que le conocían decían que Eugueni era una persona brusca en sus juicios y malhumorada.

Hombres rusos borrachos de vodka.

Como miembro de la Asociación de Escritores de Rusia, se dedicaba a redactar cuentos infantiles, cuando no estaba enjaulado en el hospital psiquiátrico comarcal.

En ‘Yo espero’, el libro de memorias de Raisa, la ex «primera dama», escribió:

«Mi hermano bebe y durante muchos meses vive en un hospital. Su suerte es el drama de mi padre y mi madre. Es un dolor constante, que tengo en mi corazón desde hace más de treinta años. Sufro mucho esta tragedia, porque en mi niñez estuvimos muy cerca el uno del otro. Entre nosotros siempre hubo una vinculación espiritual especial. Es muy pesado, muy doloroso.»

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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