MOSCÚ SIN BRÚJULA

Paisaje después de la Batalla (XLXVII)

Paisaje después de la Batalla (XLXVII)
Un miliciano armenio se despide de su madre en Nagorno-Karabaj. PD

Tres días después de escapar de Tiflis, el presidente Zviad Gamsajurdia seguía oyendo día y noche el seco estampido de los cañonazos.

Enclaustrado con la desconsolada Manana en un recóndito refugio de montaña próximo a la ciudad armenia de Guetajovit y protegido por medio centenar de «leales» y un retén del OMON armenio, el derrocado presidente georgiano podía escuchar nítidamente el estruendo de los obuses que, a muy pocos kilómetros de distancia, en la frontera entre Armenia y Azerbaiján, se intercambiaban paisanos de ambas repúblicas.

Era deprimente. Habíamos partido de Tiflis en la madrugada para entrevistar a un mandatario violentamente expulsado del poder y lo encontrábamos asilado en un país que se aprestaba para la guerra con su odiado vecino, y tras atravesar fronteras donde se degollaban a mansalva ciudadanos, que poco antes convivían pacíficamente dentro del mismo Estado Soviético.

El 3 de enero de 1992 tuve la impresión de que la cabeza sin faz del pistolero linchado en la estación de Didubé simbolizaba la tragedia a la que se abocaban los 300 millones de ex soviéticos.

El 8 de enero, en Guetajovit, pensé que nada reflejaba de forma más terrible el avispero nacionalista y las matanzas étnicas que se gestaban en todos los rincones de la antigua URSS, que el eco de las detonaciones que llegaba hasta el portón del refugio de Gamsajurdia.

El golpe de Estado de Georgia era una burla a la democracia y podía degenerar en una guerra civil.

Armenia, Azerbaijan y en rojo la región de Nagorno-Karabaj.

Los musulmanes azeríes que habíamos visto en los repechos de la carretera alistando misiles Alazán, los cristianos armenios que cavaban trincheras en los alrededores de Stepanakert y las explosiones eran un presagio espeluznante de la carnicería general que se avecinaba.

El drama de Nagorno-Karabaj estalló a la luz con el desplome de la URSS, pero no era reciente.

En 1923, los fértiles valles del Alto Karabaj, poblados desde el siglo IV después de Cristo por cristianos armenios, fueron incorporados por Stalin a la vecina república de Azerbaiján.

Durante seis décadas, el conflicto entre los musulmanes azeríes, «dueños legales» de la región autónoma, y los 160.000 armenios, se mantuvo larvado.

Milicianos combatiendo en Nagorno-Karabaj.

De vez en cuando, una trifulca de café degeneraba en escaramuza y salían a relucir oxidadas navajas cabriteras. Un día desguazaban contra una puerta a un «turco» azerí y otro sacaban el alma de las tripas de un pastor armenio, pero eran peleas de aldea. El miedo al KGB y las mazmorras de la Cheka era todavía más fuerte que el odio étnico.

A principios de 1988, animados por los vientos liberalizadores de la perestroika y la ebullición nacionalista que infectaba el Cáucaso, los cristianos de Nagorno-Karabaj pidieron su reincorporación a la «Madre Patria»: Armenia.

Los azeríes reaccionaron cortando las líneas férreas, bloqueando el enclave y montando barricadas. Se negaban a la mínima concesión territorial.

Cohetes en la guerra entre armenios y azeries en Nagorno-Karabaj.

El 18 de febrero tuvieron lugar concentraciones populares simultáneas en Erevan y Stepanakert.

Los manifestantes coreaban un lema común: «¡Un pueblo, una república!»

El 20 de febrero de 1988, Gorbachov rehusó considerar la petición de referéndum y el Parlamento de la región autónoma votó por aplastante mayoría la incorporación a Armenia.

Los 110 diputados cristianos apoyaron la moción y los 30 azeríes boicotearon el escrutinio.

Era algo insólito: representantes designados de forma antidemocrática bajo las trucadas reglas del régimen comunista, se hacían eco de la voluntad popular y desobedecían al poder central.

Gorbachov habló de «puñalada en la espalda a la perestroika».

Un miliciano armenio, en la guerra de Nagorno-Karabaj, disparando un RP-46.

La chispa saltó en la sobrecargada atmósfera de Stepanakert, con la arribada de un grupo de bulliciosos juerguistas azeríes.

Los enfrentamientos dejaron por tierra dos muertos —ambos «turcos»— y decenas de heridos. Los musulmanes decidieron vengar a sus caídos y el 27 de febrero, en Sumgait, la ciudad industrial a las afueras de Bakú, se inició la cacería.

Fueron dos atroces jornadas, dos noches terribles en las que se mató, se violó, se robó y se incendió todo lo que era armenio. Después implantaron el toque de queda, desembarcaron tropas soviéticas y se reprimió a los alborotadores, pero ya era demasiado tarde.

El carrusel del terror estaba en marcha. El irredento territorio armenio de Nagorno-Karabaj fue el detonador que hizo pasar al Cáucaso de la calma aparente al horror más insensato.

A primeros de enero de 1992, cuando visitamos el refugio de Gamsajurdia, los muertos de ambos bandos pasaban ya del millar.

Una vieja armenia con un fusil kalasnikov.

Stepanakert, la abrupta capital de Nagorno-Karabaj, estaba sometida a un asedio implacable y sus habitantes evocaban angustiados el genocidio de 1915, cuando otros «turcos», los de Kemal Ataturk, pasaron a cuchillo a más de un millón de armenios.

A Stepanakert sólo se podía acceder por aire. Había que ir hasta Erevan, la capital de Armenia, y negociar con las autoridades locales una plaza en uno de los helicópteros que avituallaban la ciudad.

Era así como los fedais —los combatientes— recibían de vez en cuando las municiones, las armas, los medicamentos y la harina.

Los fedais eran campesinos, voluntarios procedentes de Erevan o desertores del Ejército Rojo, que en aquellos días evacuaba la región por orden de Yeltsin, abandonando a su suerte a sus habitantes.

Los fusiles y las balas procedían de Líbano, donde la acaudalada diáspora armenia había montado una red de abastecimiento.

 

Guerra en Nagorno-Karabaj.

En Stepanakert, sin electricidad ni carburante, la gente cortaba los árboles de los jardines para cocinar o calentarse y se ocultaba en las bodegas en cuanto oía silbar los cohetes Alazán.

Los maestros armeros azeríes apostados en la vecina Chuchi y el aeropuerto aprendieron muy pronto a cargar con dinamita esos misiles «meteorológicos», de 1,5 metros de largo y destinados originalmente a dispersar las nubes, y los lanzaban al albur contra las casas armenias.

Los fedais efectuaban ataques por sorpresa y ambos bandos tomaban feroces represalias.

Cuando a la puesta del sol emprendimos camino de vuelta a Tiflis hartos de pasar frío ante el portón de Guetajovit, a ninguno nos cabía duda alguna de que estábamos en ciernes de una guerra generalizada.

Esa noche, Tenguiz Sigua, ex primer ministro de Gamsajurdia y primer ministro de la triunfante, golpista y mafiosa oposición, aseguró ante los corresponsales extranjeros tener pruebas de que el derrocado presidente siempre había estado «loco».

 

Tengiz Sigua.

«Fue diagnosticado enfermo mental en tres ocasiones distintas. Los documentos tienen fechas de los años cincuenta y sesenta, pero todavía están vivos cinco de los seis doctores que intervinieron en esos diagnósticos», dijo Sigua, «y están dispuestos a ratificar lo que diagnosticaron en su momento. Eso le ahorra ir a la cárcel, pero también le impide legalmente volver a presentarse como candidato a unas elecciones».

Se quedó mudo, cuando escuchó a un malhumorado corresponsal mascullar desde el fondo que una arraigada tradición del Gulag soviético era calificar como enfermos mentales a los disidentes políticos, para encerrarlos en clínicas psiquiátricas.

Hubo un momento de silencio, pesado como el plomo. Para salir del atolladero, Sigua no tuvo otra ocurrencia que acusar a Gamsajurdia de haberse llevado 200 millones de rublos.

El presidente Zviad Gamsajurdia.

Como remate dijo que el desventurado presidente había llevado su «locura» hasta el extremo de construirse un zoo privado, al que trasladó un tigre, varios pavos reales y un oso enano pertenecientes al zoo de la capital.

«Hemos recuperado dos pavos y el oso», concluyó Sigua, agitando nerviosamente la cabeza, como si estuviese ahuyentando una mosca posada en la frente.

«Desgraciadamente, el pobre tigre ha muerto.»

Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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