MOSCÚ SIN BRÚJULA

El retorno de Zviad Gamsajurdia y un balazo en la cabeza (XLXVIII)

El retorno de Zviad Gamsajurdia y un balazo en la cabeza (XLXVIII)
Soldados rusos con un blindado listos para el combate en Georgia. PD

La tarde del 15 de enero de 1992, Zviad Gamsajurdia abandonó sigilosamente su refugio en Guetajovit y se trasladó a Erevan.

Allí, con la evidente complicidad del presidente Levon Ter-Petrosianque presidente de Armenia desde 1991 hasta 1998-, abordó un avión y partió rumbo a la localidad georgiana de Sujumi.

En plena noche, por carretera y con una aparatosa escolta, viajó hasta Zugdidi, la «capital» de Megrelia, nombre con el que se conoce la parte occidental de Georgia y de donde era originaria la familia del desventurado presidente.

Desde el 22 de diciembre de 1991, cuando los milicianos opositores iniciaron el asedio a la Casa de Gobierno, los actos de apoyo al «Padre de la Patria», los cortes de la vía férrea y la movilización de grupos armados habían sido constantes en Megrelia.

La noticia del retorno de Gamsajurdia se extendió como un reguero de pólvora. Centenares de «leales» organizaron convoyes de autobuses y confluyeron hacia Zugdidi.

¡En la plaza central, coreando «iZviad! ¡Zviad!», exigieron fusiles y afirmaron estar decididos a marchar inmediatamente sobre la capital.

Kitovani anunció en Tiflis, visiblemente inquieto, que el regreso del derrocado presidente significaba «el comienzo de la guerra civil» y decretó la movilización general.

La madrugada del 17 de enero, el visceral Ioseliani partió hacia el oeste de la república con trescientos hombres y una veintena de carros blindados, «para sofocar en sangre la algarada».

Obsesionado por la idea de que el Comité de Emergencia había enviado a Zugdidi una escuadra de sicarios profesionales con la misión de asesinarle, el paranoico Gamsajurdia se ocultó en un bunker secreto.

El general checheno Dzhoyar Dudayev.

No reaparecería hasta un mes después, en Grozni, cuando huyó a cobijarse en los brazos de su amigo, el presidente checheno Dzhoyar Dudayev.

Se rumoreaba que el arisco general checheno –eliminado 21 de abril de 1996 por un misil ruso activado por el propio teléfono móvil de Dudayev– estaba suministrando armas a los «leales», pero ni en Zugdidi, ni en el resto de Megrelia aparecían los fusiles por lado alguno.

loseliani avanzó sin dificultades por la carretera general y ocupó Samtredia, donde se instaló con la prepotencia de procónsul romano en el único hotel digno de ese nombre que existe en la localidad.

Allí le hicimos una entrevista el 19 de febrero que, como casi todo lo que ocurría en la república caucásica, fue esperpéntica.

Subimos a la segunda planta, entramos en una descabalada suite y nos encontramos con loseliani sentado a la mesa, devorando alternativamente cucharadas de sopa y lonchas de queso, mientras una veintena de milicianos contemplaba embobado el repugnante espectáculo.

Dzhaba Ioseliani y sus milicianos.

El «Napoleón de Georgia» nos invitó con la boca llena a participar del almuerzo y sin molestarse en soltar el cubierto, dejando montoncitos de hueso de pollo, cartílagos, migas de pan y pedacitos de queso regados sobre la mesa, vaticinó que antes de cinco días habría liquidado el asunto.

En realidad, lo hizo en cuatro días ayudado por los rusos y sólo encontró verdadera resistencia el 21 de enero, cuando intentó cruzar con su columna el puente Chejenisjali.

La batalla comenzó a la 1.30 de la madrugada. Nueve horas después, dos docenas de «leales» armados con unos cuantos kalashnikov, escopetas de caza, algún fusil con aspecto de haber combatido en la Revolución Bolchevique y cartuchos de dinamita, todavía resistían parapetados tras los muros de una granja a 500 metros del puente.

Era un combate patético, desoladoramente desigual. Cada poco, unos cuantos seguidores de Gamsajurdia se encaramaban a sus dos transportes blindados, y partían hacia el puente disparando alocadamente por las mirillas.

Cuando se les acababa la munición, los vehículos retrocedían presurosos hasta la pequeña granja, en busca de tiradores de refresco y balas.

El mapa de Georgia.

En el relevo de las 10.45, el conductor de uno de los transportes, un tipo de piel cetrina, barba oscura y ojos de iluminado, asomó la cabeza por la escotilla superior y gritó desaforadamente algo en georgiano.

Entre cuatro, sacaron a tirones el cuerpo inerte de un hombre gordo, con un enorme boquete en el pecho, y lo metieron en una ambulancia que partió en dirección al hospital de Senaki.

«Va frío», musitó sacudiendo la cabeza un muchacho menudo y sucio, que había ayudado a extraer al gordo del blindado.

«Puede que llegue vivo al hospital, pero esta noche habrá muerto.»

El gordo era el tercer herido de la jornada. Hay una cara especial, cierta palidez y una extraña grave-dad en la mirada, que adquieren los soldados cuando la muerte ronda alrededor, y en el puente de Chejenisjali, casi todos los «leales» agazapados en la granja tenían ese rostro.

«Los bandidos de la oposición tienen tanques manejados por soldados rusos», insistía con vehemencia un tipo larguirucho, flaco y triste, que se encogía como una oruga cada vez que silbaban entre las peladas ramas de los árboles las balas de ametralladora o retumbaba cerca alguna granada.

«¡Se drogan! ¡Les hemos visto inyectarse morfina!»

El aterrado combatiente acompañaba su frase con el inequívoco gesto de pincharse una jeringuilla en la vena del antebrazo.

«¡Así! ¡Así lo hacen!»

Combates en el Cáucaso, entre soldados rusos y milicias islámicas.

Las tropas provenientes de Tiflis estaban bien armadas, poseían blindados, cantidades ingentes de munición y un comandante implacable: Ioseliani.

Los voluntarios del puente Chejenisjali no tenían apenas fusiles automáticos, soló disponían de un lanzagranadas RPG, andaban escasos de balas y no parecían tener jefe.

Gocha Bajia, un diputado que hacía las funciones de jefe de guardaespaldas de Gamsajurdia, chapoteaba entre la nieve con un aparatoso fusil kalashnikov, un pesado chaleco antibalas, un abrigo de piel de cordero y unos ridículos mocasines, pero no daba órdenes, ni dirigía las operaciones.

Los «leales» discutían, se increpaban y en más de una ocasión estuvieron a punto de llegar a las manos, sin que nadie pusiera las cosas en orden.

Al mediodía escuchamos una serie de fuertes explosiones, retornaron precipitadamente los dos blindados, con sus exhaustas tripulaciones aullando que los «bandidos» habían destripado a dos de los suyos y, a los pocos segundos, estábamos todos, incluido el diputado, los de las vetustas carabinas y los de la dinamita, apelotonándonos en ambulancias, taxis, camión, autobús o blindados, y huyendo como alma que lleva el diablo carretera adelante.

Abasha está sólo a 8 kilómetros del puente y cuando irrumpimos en el pueblo se desató la histeria.

Un miliciano con su hijo, antes de partir al combate en Georgia.

A esa hora tenía lugar un mitin en la plaza y al ver llegar la triste comitiva, la multitud empezó a llorar y a gritar: «¡Hay que volver allí! ¡Hay que volver! ¡Vamos todos!»

Un tipo con gorro de piel y la cara desencajada soltó un par de ráfagas al aire, instando con voz ronca a la turba a marchar hacia el puente.

Se palpaba auténtica desesperación en los rostros y en la algarabía de los que alzaban las manos maldiciendo al cielo por no tener armas.

Agotados los primeros minutos de desbarajuste, empujaron sobre el pavimento helado un autobús escolar, hasta que consiguieron poner en marcha el motor.

Los que tenían fusiles saltaron dentro, y la «expedición», encabezada por el único blindado en condiciones de operar, partió de nuevo hacia el puente.

La imagen de centenares de personas oteando angustiadas el horizonte, rechinando los dientes o sollozando a lágrima viva cada vez que pasaba una ambulancia o aparecía en lontananza cojeando uno de los combatientes, resultaba estremecedora.

A las 12.30 reapareció el blindado a recoger balas.

A las 13.15 pasó un taxi llevando en su interior al séptimo herido de la jornada y se nos acercó un tipo delgado, pacífico y suave, quien se presentó como vice-prefecto de la localidad y se empeñó en agasajarnos con té y «algo de comer».

Soldados y milicianos asesinados en una carretera de Georgia, durante la guerra civil de Abjasia.

Disculpándose, una mujer pequeña y arrugada depositó sobre la mesa un plato de carne, con más tendones que el cuello de un loco, una porción de queso rabiosamente salado, pan casero y una jarra con té.

Mientras engullíamos atropelladamente, en la habitación contigua un tipo alto y cadavérico se dedicaba a atar candelas de dinamita de cuatro en cuatro y a ponerles mecha, dando chupadas de un inacabable cigarrillo.

En el mismo vestíbulo de la Prefectura, mujeres y niños rellenaban botellas de limonada con una mezcla de gasolina y alquitrán para fabricar cócteles «molotov».

Sobre las 13.45 pasó una ambulancia llevando herido en su interior al diputado Gocha Bajia.

A las 14.00 retornó con las luces encendidas y el acelerador apretado a fondo el camión, cargando en la caja a los supervivientes de la tripulación del blindado.

Ni siquiera se detuvieron. Gritaron que habían sido alcanzados y partieron hacia el hospital. Esa noche, las tropas y los tanques del Comité Militar, que durante más de trece horas fueron incapaces de desalojar de su barricada a un puñado de alucinados, ocuparon Abasaha y Senaki y avanzaron hasta un paso a nivel de ferrocarril, a sólo 35 kilómetros de Zugdidi.

El 31 de diciembre de 1993, Zviad Gamsajurdia fue hallado muerto de un disparo en la cabeza en la aldea de Khibula.

La versión oficial, avalada por su viuda Manana, sus colaboradores más próximos, sus guardaespaldas y por la mayoría de los observadores internacionales, fue que Gamsajurdia se suicidó con una pistola automática Stechkin «en protesta» contra el gobierno de Shevardnadze, en momentos en que el edificio que ocupaba se encontraba rodeado por milicianos del mafioso Mjedrioni.

No obstante, otras fuentes conjeturan que pudo haber sido asesinado, muerto en combate o incluso traicionado por sus propios hombres. Nunca lo sabremos.

Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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