MOSCÚ SIN BRÚJULA

Pontos: el hijo pródigo de los Argonautas (XLXVXI)

Pontos: el hijo pródigo de los Argonautas (XLXVXI)
Jasón, los argonautas y el legendario Vellocino de oro. PD

Alcibíades era de los que habían experimentado en propia carne las ventajas y los inconvenientes del desmoronamiento comunista.

En 1989, gracias a la perestroika y a sus estimados ahorros, compró una casa con jardín en Zugdidi.

A principios de 1992, aprovechando el barullo del retorno de Gamsajurdia, unos desalmados «nacionalistas georgianos» asaltaron su domicilio, le propinaron una zurra y robaron lo que pudieron cargar.

Con la voz opaca y restregándose con las yemas de los dedos las amoratadas mejillas, Alcibíades explicaba, a todo periodista que se dignara escuchar, que la ex URSS se había convertido en un «infierno insoportable» para los griegos pontianos.

«Ocurre en todos lados, pero sobre todo aquí en Georgia. Piensan que somos ricos y nos atacan, nos llaman extranjeros y nos roban. Yo no voy a esperar que las cosas empeoren.»

En el marasmo de Zugdidi, el laborioso Alcibíades era uno de los pocos taxistas dispuestos a viajar hasta el aeropuerto de Sochi o de acercarse, por un puñado de dólares, hasta los parapetos.

Era de piel oscura, barba cerrada y recordaba vagamente al emigrante griego a EEUU, que hacía de marido traicionado por Jessica Lange en la película ‘El cartero siempre llama dos veces’.

Soldados rusos en Osetia del Sur.

Alcibíades, como cientos de pontianos, decidió en enero de 1992 abandonar para siempre la ex Unión Soviética y retornar a la «Madre Patria»: Grecia, una tierra que ni él, ni su padre, ni sus abuelos, ni los tatarabuelos de sus abuelos vieron jamás.

El desmoronamiento del Imperio Comunista trajo aparejado el fin de una entelequia denominada «pueblo soviético» y la emergencia de violentos nacionalismos.

La resurrección de pueblos como el «uzbeko», el «georgiano», el «azerí», el «checheno» o el «moldavo», forzó a minorías como la rusa, que habitaba en Uzbekistán, o la armenia, que residía en Azerbaiján, a emigrar precipitadamente.

La accidentada «odisea» de los 380.000 griegos pontianos de Georgia era tan sólo una escena en la tragedia general, pero servía como botón de muestra de la ola de xenofobia, intolerancia y odio étnico que se adueñó del difunto Imperio Soviético.

Abjasia, Georgia, Osetia del Sur y Rusia.

A simple vista, eran como los demás, pero se consideraban diferentes y en muchos sentidos lo eran. La gente como Alcibíades juraba descender del mítico Jasón y los argonautas, que según el divino Homero surcaron el Mar Negro, desde el Peloponeso hasta la actual costa georgiana, para recuperar el Vellocino de Oro robado por Medea.

Ésa es la hermosa leyenda. La cruda historia atestigua que los primeros pontianos abandonaron Grecia en el siglo VIII a. de C. y se instalaron en Pontos, una región montañosa en la costa sudeste del Mar Negro, en territorio de la actual Turquía.

A esa primera oleada se sumaron después otras, constituyendo una intrincada red de factorías pesqueras, puertos comerciales y ajetreadas colonias.

En el siglo XIX, durante las sucesivas guerras entre el Imperio Zarista y el Otomano, muchos pontianos llegaron a la conclusión de que la vida sería menos ardua rodeados de cristianos ortodoxos que de musulmanes y siguieron la estela de los destacamentos rusos hacia el norte y se instalaron en Georgia.

Los zares, obsesionados por poblar con occidentales sus recientes conquistas, entregaban rublos, tierra, un caballo, una vaca y dos bueyes a cada familia de colonos griegos que desertaba del campo otomano.

La Campaña del Cáucaso y la victoria de Rusia sobre Turquía.

Entre 1829 y 1882, más de 100.000 pontianos cruzaron la frontera.

En 1917, decenas de miles de griegos y armenios llegaron hasta el Cáucaso para huir del exterminio que les reservaba el padre de la nueva Turquía, el ‘renovadorMustafá Kemal.

Pontos se vació de griegos pontianos. En un primer momento, creyeron encontrar una tierra de asilo y libertad en la recién nacida URSS.

En Georgia, Crimea, Ucrania e incluso Rusia florecieron las escuelas y los teatros.

La dispersa comunidad helena disponía hasta de su propio periódico, ‘El Argonauta’, editado en esa variante arcaica del griego que hablan los pontianos.

Entonces empezaron las purgas estalinistas y en 1937 las escuelas, los teatros y los diarios fueron prohibidos. En 1939 comenzaron las deportaciones masivas.

Vassilis Papadimitriou, el eficaz consejero de Prensa de la embajada griega en Moscú a principios de los noventa, nos mostró fragmentos del diario de un pontiano superviviente de los campos de concentración.

Los circasianos atacando un fuerte militar ruso en el Cáucaso, en 1840.

El conmovedor texto dice: «Nos cogieron a 25 000 y nos enviaron a Siberia, no había más que bosques; nos obligaron a construir una carretera y nos hacían dormir en la nieve, sin techo, sin abrigo, sin nada; al cabo de seis meses, de los 25.000, sólo sobrevivíamos 600.»

La perestroika permitió la reapertura de los colegios griegos y de los escenarios, pero también liberó viejos prejuicios y fobias profundas.

Emigraron en progresión geométrica: 200 en 1986, 600 en 1987, 1.400 en 1988, más de 7.000 en 1989, 16.000 en 1990, más de 20.000 en 1991…

El consulado griego en Moscú se convirtió en un hervidero. El Gobierno de Atenas concedía pasaporte, un billete de avión y ayuda a todo el que acreditaba su origen heleno.

Tan sólo un puñado de pontianos notables, entre los que se contaba el alcalde de Moscú, el eficaz Gavril Popov, iban a permanecer.

Una de las deportaciones a Siberia, ordenada por Stalin.

Los que se querían ir y era la mayoría, solían rellenar el formulario escribiendo «conductor» en la casilla reservada a la profesión.

Creían que «chófer» era una palabra mágica que les abriría la frontera de Occidente y el mercado del trabajo.

Lo cómico es que muchos ni siquiera sabían lo que era un acelerador, porque en la URSS para tener coche hacía falta mucho dinero y aguantar más de seis años en la lista de espera.

En eso del acelerador y el volante era probablemente en lo único en que el magullado taxista Alcibíades ejercía un pontiano realmente aventajado.

Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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