MOSCÚ SIN BRÚJULA

Museo Hermitage, progres de pacotilla, socialismo real y un caos celestial (XLXVXIII)

Museo Hermitage, progres de pacotilla, socialismo real y un caos celestial (XLXVXIII)
El beso de Leonidas Brezhnev (URSS) y Erich Honecker (RDA). PD

Un lugar común en los ardorosos debates ideológicos durante nuestros años de universidad española, a principios de la década del ‘70’, era la supuesta «superioridad cultural» socialista.

Éramos muy jóvenes, bastante tontos y estábamos convencidos de que el sistema soviético, «a pesar de todas sus carencias», producía obreros que leían a los clásicos en lugar de mirar embobados seriales de televisión venezolanos, reflexivos maquinistas de tren expertos en ajedrez y sofisticados barrenderos iniciados en los secretos de la ópera clásica.

En 1971, arrastrado por un compañero de Colegio Mayor que se autoproclamaba profeta del marxismo hispano y ahora se dedica con fruición a forrarse con subvenciones oficiales y el lucrativo «export-import», cometí la ingenuidad de alistarme en un viaje de «hermandad entre los pueblos».

El plan era pasar parte de las vacaciones de verano en una granja colectiva húngara, conviviendo con jóvenes izquierdistas de diferentes países y alternando trabajo manual y debate intelectual.

Ordeñábamos pacientes vacas, echábamos pienso a los cerdos, recogíamos miles de huevos en el gallinero y discutíamos sesudamente, pero en el comedor comunal sólo nos servían sopa de patatas, tocino, manzanas, té y pan.

Como es lógico, a los tres días exactos de calvario, con abundantes ampollas en las manos, deserté.

13 de agosto de 1961 se inicia la construccion del Muro de Berlín.

En compañía de un golfo asturiano, compañero también de residencia y facultad en España pero que, a diferencia de nosotros, reconocía sin tapujos haber ido al Bloque Socialista a follar «rubias camaradas» y ahora, tras muchos años en el mundillo del tenis se dedica al ‘dolce far niente’ en la Costa del Sol, nos lanzamos a la aventura de recorrer Europa por nuestra cuenta.

La traumática experiencia del campo de trabajo en Hungría, sumada a la escalofriante visión del Muro de Berlín y a los testimonios de los estudiantes checoslovacos sobre la invasión de 1968, modificó sensiblemente nuestra valoración del «Paraíso Socialista».

No destruyó, sin embargo, la creencia de que, en medio de la catástrofe y el engaño general, prosperaban como flores de invernadero manifestaciones culturales sublimes como el Ballet Bolshoi o el Kirov, compañías teatrales de vanguardia como Taganka y fastuosos museos como el reputado Hermitage de Leningrado, ahora San Petersburgo.

La URSS era, a fin de cuentas, nos decíamos unos a otros, la tierra de Tolstoi, Pushkin, Dostoievski y Tchaikovski, incluso del astronauta Gagarin y la perra Laika, olvidándonos a menudo que estaba regentada por una implacable máquina estatal que había exilado a Solzhenitsyn, acosado a Shostakovich y Rostropovich y ejecutado fríamente a poetas como Gumilyov o Mandelstam.

Países satélites de la URSS y otro regimenes comunistas.

Dejábamos también de lado que el sistema conducía a aberraciones culturales de calibre inaudito. Una de las más chistosas, que a un semianalfabeto como el secretario general Leónidas Breznev le concedieran el premio estatal de Literatura, por unas memorias plagadas de mentiras, gramaticalmente infumables y que no había escrito él.

Dima Polikarpov, hijo del arquitecto que diseñó la nueva embajada soviética en Madrid y estudiante de periodismo, solía contar que, en 1982, poco antes de pasar a mejor vida, Breznev tuvo la ocurrencia de pedir a los asistentes a una reunión del Politburó opiniones sobre su autobiografía.

Suslov, obsequioso como siempre con el secretario general, se deshizo en alabanzas a la obra, lo mismo que Pelshe y varios de los jerarcas.

Abrumado por el cúmulo de elogios, Breznev agitó pensativo la cabeza y ante la expectación general afirmó en voz alta: «Camaradas, creo que yo también debo leer ese libro tan bueno.»

En todas las dictaduras, pintores, músicos, cineastas, escritores, actores y poetas vegetan convencidos de que el día que caigan las cadenas, liberados de las trabas y la censura, producirán por fin una feraz cosecha de creaciones artísticas.

Una de las decenas de miles de estatuas de Lenín desperdigadas por la antigua Unión Soviética.

Cuando llega el momento, una vez asentada la polvareda causada por el derribo de las múltiples estatuas del tirano, lo habitual es que no aparezcan por lado alguno las anunciadas obras maestras.

La perestroika trajo consigo una eclosión de sesiones nocturnas de cine, bandas de jazz en los sótanos, conciertos de rock en los parques, desfiles de moda en iglesias abandonadas, teatro experimental en estaciones de Metro, estrafalarias exposiciones de pintura, semanarios estrambóticos, diarios clandestinos, pornografía barata, hippies, punkies, yuppies y todo eso que se conoce como contra-cultura, pero no produjo obras destinadas a perdurar en la Historia.

Moscú nunca había vivido algo parecido y era lógico que el deshielo cultural propagara un febril entusiasmo colectivo, tanto dentro como fuera de las fronteras del Imperio, pero al final lo más notable de esos seis años prodigiosos fue simplemente la publicación de autores, la representación de obras, la exhibición de cuadros y la proyección de películas prohibidas durante décadas por los censores comunistas.

En los escaparates de las librerías apareció ‘Doctor Zhivago’, la fascinante novela en la que el premio Nobel Boris Pasternak relata la perversión y el aniquilamiento de la intelectualidad rusa a manos de los bolcheviques.

El cartel de la película Doctor Zhivago.

Volvieron a exponerse pinturas de Marc Chagall, cuyo nombre había sido borrado hasta de los catálogos desde que, en 1922, mortalmente decepcionado por el curso de los acontecimientos, decidiera emigrar a París.

Revistas como ‘Novy Mir’ publicaron los poemas del héroe Nikolai Gumilyov, erradicado desde 1921, cuando fue ejecutado por contrarrevolucionario.

Empezaron a circular legalmente escritos de Nabokov y piezas maestras como ‘Los Hijos de Arbat’, de Rybakov, revelando en toda su crudeza los crímenes de Stalin y los padecimientos de las innumerables víctimas del totalitarismo.

Como en otras latitudes, la triste conclusión es que el genio creador no germina mejor en el abonado terreno de la libertad de expresión y la democracia, que en el árido desierto de la represión y el miedo.

La defenestración de Gorbachov, el ascenso de Boris Yeltsin y el fin de la URSS, no alteraron esta descorazonadora «ley de hierro» de la cultura.

El legendario ballet ruso del Bolshói de Moscú.

La nueva ola de artistas pintaba con el auricular del walkman clavado en las orejas y proliferaban bandas de heavy metal o grupos de teatro experimental, pero los ciudadanos de a pie no tenían oportunidad de asistir al Bolshoi.

La producción «cultural» que arrollaba en los índices de audiencia televisivos era «Polie Chudes», ‘El campo de los Milagros’, una versión cutre del programa de televisión ‘El Precio Justo’, donde semanalmente rifaban videos, compact disc y un coche.

Como en casi todas las áreas, lo peor estaba por venir.

Yeltsin, con su habitual mezcla de esteparia brutalidad y primitiva franqueza, declaró que el escuálido presupuesto ruso no daba para subvencionar iniciativas culturales y debía ser cierto, a juzgar por lo que ocurrió en el Museo Hermitage.

En el Hermitage, la falta de fondos era tan apremiante que Suslov Vitali, su director, autorizó la apertura de tiendas de «souvenires» dentro del sagrado recinto.

Se rumoreaba que empresarios norteamericanos pujaban a escondidas para quedarse con piezas únicas, esquilmando una institución que fue creada por Catalina la Grande siempre fue la envidia del mundo y el orgullo de Rusia.

Plaza del Palacio de Invierno, donde está la entrada al Museo Hermitage.

Las autoridades rusas lo negaban todo, pero no se podía obviar, en aquellas fechas, que existían escandalosos precedentes.

En tiempos de Stalin, para conseguir divisas, los soviéticos vendieron secretamente tesoros artísticos a Occidente.

Tatiana Chernavina, una de las restauradoras, declaró en su día que en noviembre de 1928 les ordenaron reorganizar el Hermitage de acuerdo a «estructuras sociológicas».

«Nos hicieron destruir una colección cuya formación había concentrado los esfuerzos, el talento y la inteligencia de cientos de personas durante muchas décadas», escribió Tatiana.

El Hermitage es una de las mayores pinacotecas y museos de antigüedades del mundo. La colección del museo ocupa un complejo formado por seis edificios situados a la orilla del río Neva, siendo el más importante de estos el Palacio de Invierno, residencia oficial de los antiguos zares.

El resto del complejo arquitectónico lo forman cinco edificios, entre los que se encuentran el Palacio Menshikov, el Edificio del Estado Mayor y un recinto para almacenamiento abierto.

El museo se formó con la colección privada que fueron adquiriendo los zares durante varios siglos, y no fue hasta 1917 cuando fue declarado Museo Estatal.

El banquero, filántropo y coleccionista Andrew Mellon.

Su colección, formada por más de tres millones de piezas, abarca desde antigüedades romanas y griegas, a cuadros y esculturas de la Europea Occidental, arte oriental, piezas arqueológicas, arte ruso, joyas o armas.

Cuando Stalin ordenó ajustar el museo a ‘criterios socialistas’ y empezó el destrozo, el principal comprador de cuadros fue el banquero estadounidense Andrew Mellon, quien en 1931 adquirió por algo más de seis millones de dólares veintiuna obras maestras, incluyendo cinco Rembrandt, un Van Eyck, dos Franz Hals, un Rubens, cuatro Van Dyck, dos Rafael, un Velázquez, un Boticelli, un Veronese, un Chardin, un Tiziano y un Perugino.

Las piezas fueron a parar a la National Gallery de Washington.

En la década del ‘90’ del Siglo XX no mandaba en el Kremlin el perturbado Stalin, pero la necesidad de divisas era tan acuciante como entonces y los controles policiales mucho menores.

Por las salas del Hermitage, vagaba como un fantasma el rumor de que uno de los lienzos más notable del museo había sido subrepticiamente cambiado por una copia y el maravilloso original colgaba en la pared del sótano de un misterioso coleccionista japonés.

Viendo eso, como poco, entran serias dudas sobre la cacareada ‘superioridad cultural’ socialista.

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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