LA TRIBU BLANCA DE AFRICA (I)

¡Devuélveme el corazón!

La fascinante historia de los blancos de Sudáfrica

¡Devuélveme el corazón!
Dos viejos afrikaners del derechista movimiento AWB. PD

En esa ocasión, la víctima inocente fue uno de esos afrikáners tradicionalistas, devoto de la Iglesia Holandesa Reformada y votante del Partido Conservador, que abogaban por el retorno al granítico y obstinado apartheid de los viejos tiempos.

Sufrió un despiste en una intersección de la autopista, se metió inadvertidamente en las laberínticas callejas de uno de los townships del sur de Johannesburgo y, al intentar apresuradamente dar media vuelta, sufrió un accidente.

Era un mal día. Una de esas jornadas aciagas en que los ánimos están encrespados y arden las llantas en las barricadas.

El era blanco. Una turba de negros empezó a apedrear el coche. Lo asieron por los tobillos y lo arrastraron semiconsciente hasta la cuneta, donde continuaron lapidándolo hasta que apareció un vehículo blindado de la policía.

Cuando el hombre llego al hospital estaba clínicamente muerto.

Los médicos explicaron a su mujer que tenia el cerebro destrozado y sugirieron la posibilidad de utilizar sus órganos para salvar la vida de otras personas.

A ella le pareció una idea piadosa y dio su consentimiento. Desconectaron las máquinas y dejaron que el robusto afrikáner se extinguiera.

Unos días después, la familia se entero de que su corazón había sido trasplantado a un paciente negro.

Un granjero afrikaner en el cementerio.

Los parientes del fallecido, sobre todo los rudos primos de las granjas, sintieron que se les desplomaba el cielo encima.

Llamaban a la viuda jurando que no podían comer ni dormir solo de pensar que el corazón de su querido hijo palpitaba ahora en el interior de un cuerpo negro.

Querían que se contratase a un abogado, demandar al hospital y obligar a los cirujanos a rasgar de nuevo el pecho del negro. Exigían que se les devolviese el corazón.

Iban a enterrar la víscera con el resto del cuerpo, así el muerto y ellos descansarían por fin en paz.

La estremecedora reacción de esa familia sudafricana, la ferocidad con la que reclamaban el corazón, no tiene base científica.

Está mucho mas vinculada al prejuicio, al miedo irracional y errores semánticos que, a la biología, pero es algo profundamente anclado en la noche de los tiempos, algo que ha germinado durante incontables generaciones.

El Jardín Botánico de Kirtenbosch queda en el centro de Ciudad de El Cabo, pegado a la zona peatonal donde se alzan la mayor parte de los bancos, los anticuarios y las tiendas que venden quincalla, huevos de avestruz y mascaras tribuales a los turistas.

Jardín Botánico Nacional de Kirstenbosch.

En el lateral del parque, entre la exuberante vegetación, hay una fila de retorcidos árboles cuyas viejas ramas se entremezclan desordenadamente.

Antes, clavada en uno de los troncos, existía una chapa de latón en la que se aclaraba que los árboles eran de la variedad Brabejum stellatifolium, mas conocidos como almendros salvajes, pero en el verano de 1993 la placa había desaparecido.

«Los fines de semana apenas hay vigilancia. Los jardineros descansan y los niños de los colegios arrancan las placas y se las llevan», me confesó resignado Andrew Snyders, uno de los empleados del parque.

Snyders era un mestizo de piel cenicienta y aire cansino. Tenia 57 años y llevaba 37 trabajando en e1 Botánico. Le costaba un poco expresarse en inglés.

Los mestizos de El Cabo, los coloured como Snyders, tienen como lengua materna el afrikáans, un idioma derivado del arcaico flamenco de los holandeses medievales, en el que las «erres» retumban como un trueno y las «ges» chirrían en el paladar como lo podría hacer un rastrillo sobre e1 cemento.

«Ahora no es la época, pero mas adelante estas plantas dan frutos —explicó pausadamente el bueno de Snyders—. Están envueltos en una cascara peluda y tienen un sabor muy amargo, como a medicina

El Brabejum stellatifolium es un árbol de hoja perenne. En Ciudad del Cabo , el único lugar del mundo donde prosperan, todavía son abundantes en la vertiente oriental de la Montaña de la Mesa.

Crecen hasta unos 15 metros de altura. La corteza es lisa, de color marrón grisáceo moteado. Las hojas verdes, coriáceas son dentadas y lanceoladas, aparecen en rosetas de seis, a intervalos a lo largo de los tallos, e irradian hacia fuera de la rama como una estrella.

Las pequeñas flores son blancas y perfumadas, aparecen en verano, en racimos densos.

Las frutas con un aspecto similar a la nuez o a las almendras y crecen en racimos en las puntas de las ramas.

Los atormentados almendros salvajes del Kirtenbosch son los restos de una cerca plantada en 1660 por Jan van Riebeeck, el jefe de los primeros pobladores holandeses que llegaron al cabo de Buena Esperanza. Con ella pretendía mantener apartados a los pastores hotentotes que habitaban el extremo sur del continente africano.

Jan van Riebeeck, el jefe de los primeros pobladores holandeses que llegaron al cabo de Buena Esperanza.

Las ordenes que había recibido Van Riebeeck eran explicitas: ni l1 ni el grupo de hombres que le acompañaba debían mantener contacto alguno con los indígenas salvo para conseguir vegetales y carne fresca.

La Compañía Holandesa de las Indias Orientales, para la que trabajaban, estaba interesada en El Cabo solo como punto de avituallamiento para sus barcos, que navegaban hacia Asia en busca de especias.

La Compañía no quería incurrir en los gastos innecesarios de una operación de colonización.

La cerca separaba la reducida comunidad blanca de Van Riebeeck del ignoto continente africano que se extendía hacia el norte, creando así un raquítico enclave europeo a diez mil kilómetros de los Países Bajos.

La cerca no era la idea original; fue la segunda alternativa. Inicialmente, un tal Rijkloff van Goens, comisario de la Compañía venido expresamente de Ámsterdam, sopesó la posibilidad de excavar un canal desde Table Bay hasta False Bay, una obra espectacular que habría convertido la península de El Cabo en una isla europea literalmente arrancada de África.

Van Goens creyó factible el proyecto y encargo su ejecución a Van Riebeeck. Este decidió que no disponía de suficiente mano de obra y, en lugar del canal, optó por plantar la cerca. El efecto simbólico fue el mismo.

A lo largo de casi tres siglos y medio, esa cerca, institucionalizada en miles de leyes —el apartheid—, que excluían  a  los negros  y preservaban  la ilusión de que Sudáfrica era realmente un país meramente blanco, pervivió en el cono sur del continente.

La Compañía Holandesa de las Indias Orientales y los pobladores de Sudáfrica.

Durante todo ese tiempo existió una división que separaba a blancos y negros en sus zonas de residencia, sus colegios, sus lugares de diversión, sus instituciones políticas, sus trenes, autobuses, taxis, ambulancias, hospitales e incluso en sus cementerios.

Era un país insólito donde la gente ocupaba el mismo espacio, pero vivía en dimensiones temporales diferentes, ignorándose unos a otros y percibiendo distintas realidades.

Unos, como los parientes del afrikáner al que extrajeron el corazón, estaban cegados por la fantasía de que el país les pertenecía solo a ellos.

Eran la ‘Tribu Blanca’ de África y desde el principio consideraron a los que tenían otro color de piel como extranjeros.

La cerca —física y legal— era necesaria para abrigar y proteger a la civilización blanca de los barbaros de piel oscura, cuyo verdadero hogar radicaba en otro sitio, en una patria remota.

ALFONSO ROJO

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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