LA ODISEA DE LA TRIBU BLANCA DE AFRICA (II)

La incógnita de los ‘nativos’ africanos de color blanco

La fascinante historia de los blancos de Sudáfrica

La incógnita de los 'nativos' africanos de color blanco
Un granjero sudafricano con un cartel contra el asesinato de blancos en el país. PD

Durante los años 70 y los 80, la opinión dominante en círculos académicos y periodísticos fue que únicamente una revolución violenta, precedida de una inclemente actividad guerrillera con apoyo exterior, tenia posibilidades de destruir el apartheid el Sudáfrica.

Desde posiciones supuestamente muy progresistas se descartaba cualquier evolución democrática, con el argumento de que el régimen sudafricano nunca osaría efectuar aperturas reales, consciente de que la mínima brecha en el muro precipitaría el desplome de todo el edificio.

Los augures pronosticaban que, a medida que se incrementase la insurgencia, los blancos empezarían a emigrar.

El sistema se colapsarla súbitamente, con una alocada fuga general hacia los postreros barcos y aviones.

Los autores de estas apocalípticas predicciones apoyaban sus análisis en espurios precedentes históricos y falsas analogías entre Sudáfrica y países como Angola, Argelia o el Congo Belga.

El problema es que el concepto de «sociedad colonial», perfectamente valido en el caso angoleño o congolés, no se ajusta a la realidad sudafricana, como tampoco sirve para explicar lo que ocurre en Israel o en Irlanda del Norte.

Buena parte de los blancos se consideran sinceramente los pobladores primigenios de esas tierras. Muchos hablan una lengua impar.

Casi todos, como les ocurre a los norteamericanos, han relegado sus raíces europeas. Bastantes carecen de una capital lejana y segura en la que refugiarse si se instala el caos total.

Un granjero blanco de Sudáfrica, enseñando a sus hijos a manejar armas para defenderse.

Los afrikáners de origen holandés se establecieron en el continente antes de que los primeros colonos blancos hicieran lo propio en lo que hoy es Estados Unidos.

El asentamiento británico en Sudáfrica precedió en mas de 70 años a la colonización inglesa de Kenia o Rhodesia.

En 1882, las calles de Kimberley, la ciudad de los diamantes, poseían alumbrado publico, algo que brillaba por su ausencia en Madrid o Londres.

El excedente económico no se exportaba de vuelta a la metrópoli, como era norma habitual en las colonias normales.

La reinversión sistemática de los beneficios mineros es lo que ha permitido desarrollar una infraestructura apabullante y poner las bases de la única economía industrial y manufacturera seria que existe en África.

Una familia blanca del Cabo.

Durante décadas, el debate sobre Sudáfrica en los foros internacionales giró en torno a la obvia inmoralidad del racismo legalizado.

El Estado del Apartheid era invariablemente presentado como una entidad monolítica. La batalla contra la impudicia racista era reseñada como la pugna entre los últimos colonos de la Historia y un amplio, variopinto y aclamado movimiento de liberación nacional.

Esta dicotomía simplista hacía pasar desapercibidos matices relevantes y ambigüedades aclaratorias sobre los avatares de la vida concreta en el país del apartheid.

Sin duda alguna, la grotesca ingeniería social implantada en aras de la separación total de razas era brutal, pero es difícil entender como logró persistir tantos años sin aceptar que incorporaba también dosis de paternalismo, notables complicidades y lastres históricos profundos.

The New York Times con el resultado del referéndum de 1992.

En un inaudito referéndum efectuado el 17 de marzo de 1992, el 68,7 % de los blancos sudafricanos voto en favor de negociar el fin de su, hasta entonces, minoritario y absoluto dominio.

Los mismos políticos del Partido Nacional Afrikáner que intervinieron en la inclemente implementación del apartheid desafiando a la comunidad mundial iban ahora, con el apoyo de los dos tercios de su electorado particular, a actuar como entusiastas reformadores.

El referéndum y la laboriosa negociación iniciada ulteriormente por el presidente Frederik de Klerk han sido aplaudidos como un proceso sin precedentes en los anales de la política mundial.

En contra de la confusa imagen proyectada por incontables medios de comunicación, resulta imperativo puntualizar que los 5 millones de blancos no votaron en favor de transferir el poder a los 29 millones de negros de la época.

Aceptaron en las urnas democratizar un sistema en el que ellos pretendían, y probablemente logren, permanecer como pilar fundamental.

Sudáfrica es un país fascinante que encarna en su interior el conflicto Norte-Sur y donde coexisten en equilibrio inestable el Primer y el Tercer Mundo.

Sudáfrica es un país con 11 lenguas oficiales.

Muchos de sus habitantes blancos gozan de niveles de vida equivalentes a los de los acomodados californianos, y muchos de sus habitantes de color sobreviven en condiciones tan deplorables como las que afligen a los marginados del continente.

En 2020, el país tiene casi 60 millones de habitantes de los que los que el 80% son negros xhosa, zulú, y de otros 8 grupos. Un 9 % de los sudafricanos son de raza blanca, de origen neerlandés (bóeres), francés (hugonotes) o británico.

Otro 9 % son mestizos llamados coloured, descendientes de los bóeres y esclavos de origen malayo o africano.

Un cuarto grupo es el de los asiáticos (indostaníes en un 91 %) que viven sobre todo alrededor de Durban, representan el 2,4 % de la población.

De los cuatro grupos étnicos, solo la población blanca se está reduciendo debido a la baja tasa de fecundidad y a la emigración de sudafricanos blancos hacia Europa, América del Norte y Oceanía.​

Blancos sudafricanos amenazados de muerte.

A diferencia de los europeos o los norteamericanos, los sudafricanos opulentos no pueden levantar barreras fronterizas que los aíslen totalmente de los sudafricanos depauperados.

En su recorrido de Pretoria a Ciudad de El Cabo, el Tren Azul, en cuyo vagón restaurante se cena con cubiertos de plata y en cuyas suites los pasajeros disponen de bañeras privadas, atraviesa Soweto, Kahyelitsha y otras aglomeraciones miserables. Todo esta demasiado engarzado. La riqueza y la estabilidad de la minoría dependen, en ultima instancia, de la cooperación voluntaria y el trabajo ordenado de la mayoría.

La duda en 1992 una vez emprendido el camino sin retorno de la apertura democrática, Sudáfrica seguiría siendo un país rico o se precipitaría en el insondable abismo al que cayó África negra tras la descolonización.

La incógnita era si lograría convertirse en la locomotora económica y social del continente o se desintegraría víctima de salvajes querellas étnicas como las que desangraron Nigeria, Sudán, Ruanda, Etiopía o Angola.

Si crecería económicamente o se asfixiaría envuelta en la rampante corrupción y la criminalidad que asolan Nigeria o Zaire.

El interior del Blue Train.

Cuando escribí este libro hace casi treinta años, lo hice con un telón de fondo de pasmosa violencia.

El mismo día que aterricé en el Aeropuerto Jan Smuts de Johannesburgo, en el verano de 1993, escondida en las paginas interiores de los periódicos locales, opacada por crímenes de mucha mayor magnitud o calado político, aparecía la historia de Thulani Goodman Mpangeva, un estudiante negro de 16 años.

Un grupo de «camaradas», también habitantes de Tembisa, negros y jóvenes como él, se había presentado en su casa de madrugada reclamando un equipo de música robado.

Pistola en ristre, registraron infructuosamente las habitaciones. No encontraron lo que buscaban y ordenaron a Thulani despedirse «para siempre» de su familia.

Los enojados visitantes metieron a empellones al muchacho en una furgoneta y se lo llevaron a su cuartel, para someterlo a un «tribunal popular».

Lo forzaron a desnudarse, lo rociaron de gasolina y le prendieron fuego. Mientras Thulani se convulsionaba con gritos desgarradores, los «camaradas» bailaban alegremente en circulo.

Como macabro colofón, cortaron los restos chamuscados en seis pedazos y los metieron en una bolsa de plástico, que arrojaron en medio de la calle con un cartel en el que decía: «Aquí dentro esta lo que queda de un perro.»

El 25 de julio de 1993, cinco pistoleros irrumpieron por una puerta lateral en la iglesia anglicana de Saint James, en Ciudad de El Cabo. Una vez dentro, arrojaron dos granadas de mano y vaciaron los cargadores de sus fusiles AK-47 sobre el millar de fieles, en su inmensa mayoría de raza blanca, que asistían al oficio dominical. Once personas resultaron muertas y medio centenar heridas.

El primer sábado de agosto, varias docenas de enardecidos zulúes del Partido de la Libertad Inkatha, que residían en un hostal para emigrantes, efectuaron una razia en uno de los suburbios negros de Johannesburgo, dejando tras si 36 cadáveres, un centenar de heridos y decenas de casas destruidas.

Violencia entre grupos tribales y contra inmigrantes en Sudáfrica.

Al parecer pretendían vengar la muerte de uno de sus compañeros a manos de miembros del Congreso Nacional Africano (CNA).

Dispararon y asaetearon indiscriminadamente a todo xosa que encontraron a su paso. El único ocupante de un taxi-furgoneta que logró salvarse fue Mzulisi Mashobane, un niño de cinco años.

Mzulisi contó a la policía que su madre lo tiro por la ventanilla al ver aproximarse a los zulúes.

Añadió que presenció como la cosían a balazos «muchas veces», la regaban de gasolina y la quemaban con el vehículo y todos los pasajeros que iban dentro. Entre los incinerados estaba su padre.

Al concluir el fin de semana, en la espiral de venganzas y arreglos de cuentas, el numero de asesinados en los barrios negros del East Rand se elevaba ya a 146.

Entre los fallecidos había dos estudiantes negras de 16 años, a las que delincuentes juveniles arrebataron las carteras, los relojes y los monederos, antes de arrojarlas en marcha del tren que hacia la línea Johannesburgo-Soweto.

 

La letanía, incluyendo policías, ancianos granjeros, inocentes conductores, blancos, negros, indios y mestizos, podría ser interminable.

Quemado vivo en Sudáfrica.

No existían modelos a seguir. Sudáfrica era y es mucho más rica y sofisticada que el resto de África.

Los blancos no son colonos en el sentido clásico. El país se enfrentaba al cambio en medio de tremendas tensiones y del vértigo que provoca lo desconocido.

El éxito o el fracaso de esa transición tendría consecuencias profundas en todo el continente. En la década del 80, los gobiernos blancos de Pretoria alentaron las destructivas guerras civiles de Angola y Mozambique y desestabilizaron hábilmente a los vecinos que consideraban hostiles.

En la década del 90, Sudáfrica podía empezara jugar un papel eminentemente positivo. Sus grandes compañías estaban en condiciones de construir carreteras, abrir líneas férreas, excavar puertos e incrementar espectacularmente el comercio y el bienestar de la región.

En cualquier caso, para ayudar a otros, Sudáfrica necesitaba imperiosamente seguir siendo prospera. Era un reto crucial.

Blancos en Sudáfrica, descendientes de los primeros pobladores holandeses.

En el resto de África, el colapso del dominio blanco fue seguido de la inestabilidad crónica y el empobrecimiento. Para eludir esa maldición, Sudáfrica estaba obligada a reconciliar a los grupos negros rivales que, desde su legalización en 1990, se atacan con crueldad inaudita. Debía mejorar dramáticamente el nivel y los presupuestos destinados a la educación de los estudiantes negros y construir millones de viviendas para las masas que carecían de hogar.

Simultáneamente, de forma prioritaria, tenía que persuadir a los 5 millones de ciudadanos blancos de que no precisaban ya el abrigo de la cerca de almendros salvajes, de que los cimientos de la civilización occidental no se cuartean cada vez que palpita el corazón de un afrikáner blanco en un pecho negro.

Era imprescindible convencer a la «Tribu Blanca» para que permaneciera en el país, con su dinero y su talento porque, sin su contribución, la economía se paralizaría y el caos mas espantoso seria ineludible.

ALFONSO ROJO

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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