LA ODISEA DE LA TRIBU BLANCA DE AFRICA (III)

 Un grano de pimienta

La fascinante historia de los blancos de Sudáfrica

 Un grano de pimienta
El portugués Bartolomé Díaz y sus viajes y descubrimientos. PD

La pimienta tuvo la culpa. En 1453, la toma de Constantinopla por los turcos otomanos bloqueó para los europeos el acceso a las tierras de Oriente, ricas en seda y especias.

Ahora, cuando el refrigerador doméstico parece tan natural como la lluvia, es difícil apreciar lo importante que eran las especias en aquel periodo.

Servían de conservante o disimulaban sabores y, cuando faltaban, hasta los mas poderosos, incluyendo desde los reyes de Castilla a los banqueros venecianos, debían resignarse a engullir salazones o masticar carne semipodrida.

El cierre de la ruta de las especias supuso una crisis para la Europa de la época solo comparable a lo que representaría en la actualidad un corte total del suministro de petróleo del Golfo Pérsico.

Clausurado a punta de alfanje el camino terrestre, la única alternativa era el mar y la necesidad urgente de traer pimienta lanzo a navegantes y exploradores hacia el sur y el oeste en busca de un itinerario para sortear la obstrucción turca.

En 1488, el portugués Bartolomé Díaz descendió bordeando la costa oeste de África y alcanzó la punta sur del continente.

Desembarcó en la actual Bahía de Mossel, que bautizo como Angra dos Vaqueiros debido «a las numerosas vacas que se ven guardadas por sus pastores».

Los vaqueros que citaba el portugués Díaz no eran negros. Teman la piel color cobre y hablaban una lengua salpicada de extraños «clics». Eran hotentotes.

Hotentotes con sus vacas.

En 1492, Cristóbal Colón descubrió América y por un tiempo creyó que había llegado a las Indias Orientales.

Cinco años más tarde, en 1497, el impulsivo Vasco de Gama sorteó por fin El Cabo y halló la ansiada ruta de las especias.

Si no hubiera existido lo que los habitantes de Ciudad del Cabo denominan «sureste negro», las cosas podían haber sido muy distintas.

El sureste ha moldeado la historia de Sudáfrica y la fortuna del resto del continente.

Cuando el viento sopla de verdad, el sol desaparece y la aplanada cumbre de Table Mountain se cubre de nubarrones negros que descienden como lava por sus escarpadas laderas.

En 1510, el vizconde de Almeida desembarcó en son de paz en lo que hoy es Ciudad de El Cabo, donde los hotentotes, aterrorizados por su blanca piel, lo asesinaron a garrotazos, pero no fue esa muerte estúpida lo que espantó a los aguerridos portugueses.

Bosquimanos y hotentotes.

La clave fue el viento, que hacia tambalearse como cascaras de nuez sus frágiles carabelas y los convenció de que lo mejor era continuar viaje e instalar sus bases en Mozambique, en la costa este africana, desde donde surcaban el Océano Indico, con el monzón en popa y a toda vela, hacia Goa y el resto de la India.

Si los portugueses se hubieran acomodado en la punta sur de África, los holandeses y la ideología que moldearon nunca habrían existido.

Una Republica da Boa Esperanza, rica en minerales, habría evolucionado quizá como otro Brasil, una sociedad con disparidades e injusticias vomitivas, pero con un notable grado de integración racial.

Los pobladores europeos eran visceralmente racistas y todos, incluidos los portugueses, se dedicaban al comercio de esclavos.

Sin embargo, existían diferencias de grado y de matiz entre los poderes coloniales católicos y los protestantes, disparidades que grabaron una huella perenne en las  sociedades con las que tuvieron contacto.

Por terrible que fuera el esclavismo portugués o español, en ningún lugar de América Latina dejó un legado de segregación y racismo tan profundo como el del sur de Estados Unidos.

En Brasil o México no ardían las cruces del Ku Klux Klan.

La Venús Hotentote, pintada por los británicos.

En África y en Asia, británicos u holandeses ni siquiera tuvieron la tentación de emular a franceses o portugueses, que durante mucho tiempo intentaron infructuosamente integrar a los nativos educados, «evolves» o «asimilados», en sus culturas metropolitanas. La idea de educar a niños negros para que se consideraran británicos u holandeses era sencillamente inconcebible.

Hay quien sostiene que fue la doctrina de la predestinación de John Calvin la que dio a los protestantes del norte su particular proclividad a las teorías de una raza superior, al inducir a la creencia de que ellos eran los elegidos de Dios.

Otros sugieren que los latinos portaban una larga tradición de roce cotidiano con los moros y que eso facilitó su mezcla con gente de piel oscura.

Probablemente ambas tesis sean ciertas. Lo que resulta evidente es que portugueses y españoles eran menos intolerantes en sus actitudes raciales que holandeses o británicos, a quienes los avatares de la Historia y las inclemencias meteorológicas terminaron asignando el extremo sur de África.

ALFONSO ROJO

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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