LA ODISEA DE LA TRIBU BLANCA DE AFRICA (IV)

Un desgraciado naufragio y mucho instinto comercial

La fascinante historia de los blancos de Sudáfrica

Un desgraciado naufragio y mucho instinto comercial
Los Herren XVII que dirigían la Compañía Holandesa de las Indias Orientales. PD

A principios de 1647, un barco perteneciente a la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, llamado el Nieuw Haarlem, naufrago frente al Cabo.

Los supervivientes alcanzaron a nado el litoral y durante un año se vieron obligados a permanecer allí, conviviendo con los nativos.

En marzo de 1648 fueron recogidos por un barco de la Compañía y cuando atracaron en Ámsterdam, e1 26 de julio de 1649, se dedicaron a narrar a todo bicho viviente las maravillosas posibilidades de la zona como punto de escala y a elogiar la hospitalidad de los hotentotes.

Con el fino instinto comercial que los caracterizaba, los «Heeren XVII», que eran los administradores de la Compañía, decidieron establecer una base  en El Cabo.

Para ello eligieron a Jan van Riebeeck, su antiguo corresponsal en Japón, que acababa de cumplir 34 años y provenía de una familia relevante, al que  asignaron una  misión perfectamente limitada: instalar, con e1 menor coste posible, un puesto de reavituallamiento para los barcos de la Compañía que hacían la ruta de las especias, evitando todo contacto superfluo con los indígenas.

La Nochebuena de 1651, Van Riebeeck, acompañado por su esposa, abandono el puerto de Ámsterdam a bordo del Drommedaris, al que secundaban otros dos navíos: el Reygar y el Goede Hoop.

Tres meses y doce días después, el 6 de abril de 1652, desembarcaron en El Cabo.

El desembarco de Jan van Riebeeck el 6 de abril de 1652 en El Cabo y su encuentro con los hotentotes.

Cuando echaron anclas el mar estaba en calma y soplaba una suave brisa, pero los acontecimientos que se desencadenaron a partir de entonces fueron cualquier cosa menos tranquilos.

Van Riebeeck erigió un fuerte, fundó un hospital, plantó un huerto y, a través del trueque con los pastores hotentotes, se encargó de que hubiera siempre abundantes cantidades de carne y fruta fresca para abastecer a los barcos.

Los hotentotes no percibieron inicialmente el peligro que entrañaban los blancos. Tanto ellos como los nómadas bosquimanos del interior llevaban 150 años viendo pasar barcos y debieron creer que los holandeses, como habían hecho los portugueses, también partirían algún día.

Voluntariamente aceptaron los objetos de metal que los blancos les daban a cambio de sus cabezas de ganado. Algunos accedieron a trabajar para los recién llegados.

El caso mas curioso fue el de una mujer, a la que los holandeses pusieron como nombre Eva, que actuaba como intérprete de Van Riebeeck.

En el fondo bullía la desconfianza mutua, pero en la superficie todo parecía cordial.

El hecho de que El Cabo fuera colonizado por una compañía comercial, obsesionada con obtener beneficios, y no por el Gobierno holandés, tuvo singular relevancia en el inicio de las hostilidades.

Cuatro años después de su llegada, Van Riebeeck, que estaba sometido a una constante presión para que redujera sus efectivos, permitió que nueve de sus empleados se instalaran por su cuenta a orillas del rio Liesbeeck, donde cultivaban el campo y criaban ganado. Los nuevos granjeros vendían sus productos a la Compañía.

Esta solución convenía a todo el mundo salvo a los hotentotes, en cuyas tierras procuraban establecerse los nuevos granjeros.

Hotentotes del Cabo de Buena Esperanza.

Van Riebeeck tenia instrucciones de evitar disputas con los nativos, pero confiscó sus campos para dárselos a sus ex empleados y se mostró sinceramente ofendido cuando los indígenas se resistieron a entregarlos e iniciaron las hostilidades.

Cuando concluyó el breve conflicto, Van Riebeeck declaró la zona propiedad de la Compañía, esgrimiendo el sagrado derecho de conquista.

Un año después, hizo plantar la cerca de almendros salvajes, para recalcar que la península de El Cabo era en realidad «una isla de blancos».

Los desposeídos hotentotes desaparecieron como grupo racial a principios del siglo XVIII, diezmados por los virus de la viruela, acarreados hasta el cono sur africano en los barcos llegados de Europa.

Los escasos supervivientes, convertidos en sirvientes de los blancos, son los antecesores de los mestizos que pueblan ahora la provincia de El Cabo.

Con la excepción de Van Riebeeck, un médico cuyos padres eran personas educadas y que se había criado en casa de su abuelo, el alcalde de Culembourg, los primeros colonos eran gente de baja estofa.

En su inmensa mayoría eran individuos marginados, que habían fracasado en la competitiva sociedad holandesa del siglo XVII.

Cuando catorce de ellos presentaron a Van Riebeeck una protesta, cinco años después de su llegada al Cabo, solo siete sabían firmar.

Salvo los doscientos hugonotes franceses que arribaron 36 años después, los primeros europeos llegados a Sudáfrica no eran fanáticos religiosos.

La matanza de hugonotes en Francia, San Bartolomé.

Eran demasiado sencillos y dispersos para poseer una noción de misión colectiva, como la que inspiró a los puritanos británicos emigrados a Nueva Inglaterra.

Los holandeses de El Cabo, a diferencia de los puritanos del Mayflower trasplantados a la costa este de Norteamérica, no buscaban deliberadamente un nuevo mundo donde establecer la sociedad ideal que no habrían podido crear en su patria.

Ello no significa que no transbordaran consigo briznas de folclore nacional, ni que el entorno social no les indujera a pensar que pertenecían al grupo de los elegidos y a considerar a los salvajes como descendientes de Cam, el personaje del Viejo Testamento que se burló de la ebriedad de Noé y a quien su progenitor maldijo anunciándole que sus hijos serian esclavos de los hijos de sus hermanos.

El propio Van Riebeeck, el mas culto y cosmopolita de todos, compartía estas opiniones.

En  uno  de los primeros informes remitidos a la Compañía, advirtió a los «Heeren XVII» sobre la presencia de salvajes peligrosos: «No se puede confiar en ellos ya que es gente brutal que vive sin conciencia.»

En su meticuloso diario se refería a los indígenas como «torpes, estúpidos y malolientes» y como «perros negros apestosos».

No estableció contacto personal con los nativos, con la excepción de su intérprete. Durante los diez años que vivió en El Cabo, nunca intentó aprender su idioma ni nada sobre su cultura, al contrario de lo que había hecho con entusiasmo durante estancias previas en Tonkín y Japón. Incluso instó a la Compañía a que le remitiera «industriosos» jornaleros chinos y esclavos malayos para realizar el trabajo sucio que sus colonos no querían hacer.

Poco antes de que Van Riebeeck fuera autorizado a abandonar El Cabo, hicieron su aparición los primeros grupos de esclavos importados de Asia.

Malayos.

Medio siglo después, sumaban ya 2.000, un numero equivalente al de los blancos que habitaban en la colonia.

En 1688, los colonos holandeses recibieron el refuerzo de contingentes alemanes y franceses. Tras la revocación del Edicto de Nantes, en 1685, centenares de miles de hugonotes abandonaron Francia, huyendo de las persecuciones religiosas de que eran objeto los protestantes.

Algunos se refugiaron en Ámsterdam, donde les propusieron emigrar al Cabo, con la condición de que prestaran juramento de fidelidad a Holanda y a la Compañía Holandesa de las Indias Orientales. Solo hubo doscientos dispuestos a asumir el riesgo.

Una vez en África, casi todos los hugonotes se reagruparon en una franja del interior conocida actualmente como Franschoek, junto a Stellenbosch, donde se produce el mejor vino sudafricano.

Los hugonotes franceses y sus viñedos en El Cabo (SUDAFRICA).

Los franceses lograron conservar sus nombres y sus habilidades viticultoras, pero no su idioma.

En 1701, tras el retorno a Europa del primer pastor hugonote de El Cabo, Pierre Simond, la Compañía prohibió los sermones en francés.

La lengua se extinguió y los colonos franceses no tardaron en fundirse con los alemanes y holandeses para formar un único pueblo: los boers, que en flamenco quiere decir campesinos.

ALFONSO ROJO

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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