LA ODISEA DE LA TRIBU BLANCA DE AFRICA (V)

Freeburghers, trekboers y el primer afrikáner

La fascinante historia de los blancos de Sudáfrica

Freeburghers, trekboers y el primer afrikáner
Los Trekboer de Sudáfrica. PD

Los hugonotes no emigraban a África Austral para hacer fortuna o atraídos por el exotismo.

Su obsesión era custodiar integra su fe e impregnaron la cultura bóer de arquetipos como austeridad, intolerancia y sentido del deber.

No tenían patria a la que retornar. Estaban condenados a desarrollarse o desaparecer, porque habían cortado los lazos políticos, religiosos e incluso lingüísticos con Europa.

Encarnaban de forma extrema algunos de los rasgos que han configurado el armazón espiritual de la Nación Afrikáner.

Franceses y alemanes uncieron su destino al de los freeburghers, los empleados que una vez cancelados sus contratos con la Compañía Holandesa de las Indias Orientales (Vereenigde Oostindische Compagnie o VOC en holandés) permanecían en la colonia, y al de los trekboers, los indómitos granjeros seminómadas, que de forma desordenada penetraban al interior apropiándose de nuevos pastos.

Los bosquimanos hostigaban con sus flechas envenenadas a los trekboers aislados, que replicaban con cacerías de exterminio.

En la actualidad, algunos bosquimanos sobreviven esparcidos por el desierto de Kalahari, en la zona fronteriza entre Botswana, Namibia y Sudáfrica.

Bosquimanos.

En un gesto eminentemente simbólico, la Compañía dictaba regulaciones destinadas a restringir las actividades de los trekboers, pero éstos siguieron avanzando de forma imparable.

Con la excepción del menguante puñado de hotentotes y bosquimanos, el cono sur africano aparecía como una tierra virgen y despoblada.

En 1702, una  partida de cazadores procedente de Stellenbosch se dio de bruces por primera vez con hombres de aspecto negroide, racialmente muy diferentes de los aborígenes con que habían lidiado hasta entonces. Eran bantúes de la tribu xhosa, que pastoreaban un rebaño de vacas en el Zuurveld, en el limite este de la colonia.

Hubo una refriega en la que los blancos eliminaron a tiro limpio a casi todos los negros.

Los pastores muertos y los aterrados supervivientes eran la vanguardia de una gigantesca migración de pueblos negros originarios del centro del continente, iniciada muchos siglos antes.

A partir de esa primera escaramuza, se desató una lucha sin cuartel por los pastizales de la «frontera», constituida en aquellos momentos por el Gran Fish River.

Las migraciones Trekboer.

Los trekboers no estaban satisfechos con la actitud de la Compañía, a la que acusaban de esquilmarles con impuestos y de buscar la conciliación con los xhosas.

En 1707, Willem Adrien van der Stel, todopoderoso gobernador de la colonia, ordeno el arresto de un joven granjero llamado Hendrick Bibault, por «conducta desordenada».

Cuando los alguaciles lo detuvieron, el díscolo granjero se revolvió como un león enjaulado, afirmo que el gobernador, la Compañía y Holanda no tenían autoridad alguna sobre él y, alzando la voz para que le oyera bien la multitud, gritó desaforadamente: «¡Ik ben een afrikandeer!», yo soy un afrikáner!

Los sudafricanos blancos santificaron este alarido como su primera declaración de identidad y a partir de entonces, paulatinamente, adoptaron ese nombre.

En el extremo sur de África se constituyó así el asentamiento más notable en la historia del colonialismo. Una pequeña comunidad dispersa de hombres blancos, lejos del alcance efectivo de cualquier ley o poder administrativo, desconectados del resto del mundo durante siglo y medio.

En un libro fascinante sobre la psicología afrikáner titulado The Mind of South África, el periodista Allister Sparks escribe:

«Casi durante e1 mismo periodo de tiempo que nos separa de Napoleón, los trekboers vivieron a su aire, sin enlace con el mundo, a cuatro meses de navegación de Europa y a otros dos en carro de bueyes del lugar de donde partían los barcos, sin carreteras, ferrocarril, periódicos, teléfono, radio o correo.»

Freeburghers, trekboers y afrikáners de Sudáfrica.

La única vía de comunicación eran los comerciantes ocasionales o los cazadores de marfil, que aportaban fragmentarias noticias desde Ciudad de El Cabo.

Ni siquiera hubo una inmigración sustancial, capaz de aportar una transfusión de sangre e ideas nuevas. No había libros ni escuelas.

Solo la Biblia encargada por el Sínodo de Dort, que cada familia llevaba consigo y leía con ceremoniosa solemnidad y crecientes dificultades, ya que la alfabetización iba desfalleciendo.

Es fácil imaginar que, en aquel entorno tan duro y solitario, aquellas palabras tomaban un sentido personal. Era la voz del Dios de Abraham perorando directamente con sus hijos.

«Sois un pueblo sagrado para Dios nuestro Señor, y el Señor os ha elegido para ser un pueblo especial para él, por encima de todos los pueblos sobre la tierra», dice textualmente un pasaje del Deuteronomio y es sencillo imaginar como retumbaban esas palabras en el interior del cráneo quemado por el sol de los trekboers, cuando se sentaban en torno al fuego tras la caída del sol.

Lo que contenían las paginas sagradas era la suma de todo el conocimiento. No había otra fuente de sabiduría ni de educación.

Ahí estaba la única verdad y la única autoridad. Había pocas iglesias y pocos pastores, así es que el cabeza de familia se convertía en teólogo, interpretando aquellos textos difíciles lo mejor que  podía y aplicándolos al mundo en el que vivían.

«Los mas intransigentes y conflictivos eran siempre los que se alejaban hacia el este y se adentraban en lo desconocido. Cada hombre se volvía rey de su propio lugar, reacio a tolerar cualquier desafío a su autoridad o su juicio —explica Allister Sparks—. Así creció un pueblo que nunca adquirió el habito de resolver las desavenencias mediante la negociación o el compromiso. En  caso  de  disputa,  se daban la vuelta y marchaban a un lugar donde su autoridad no fuera cuestionada. Como resultado de una especie de proceso darwiniano de selección migratoria, cuanto mas se avanzaba hacia e1 norte de Sudáfrica mas virulenta era la marca del nacionalismo afrikáner.»

Durante seis generaciones, los afrikáners estuvieron perdidos en África, ajenos a los logros del siglo XVIII europeo, a la era de la razón en la que nacieron el liberalismo y la democracia.

El pueblo boer de Sudáfrica.

Bastantes ni siquiera se enteraron de que había estallado la Revolución Francesa y que Luis XVI y María Antonieta habían sido decapitados en la guillotina.

Los afrikáners vivieron esa época en una profunda soledad que los llevo a una existencia mas elemental que la que habían dejado sus antepasados en el siglo XVII.

Se convirtieron en e1 fragmento más retrasado de la civilización occidental en la era moderna.

Fue en la quietud del siglo XVIII cuando se formó la raza bóer. Su aislamiento los congeló en el tiempo, su intelecto quedo inerte y en ellos se engendro el individualismo mas feroz que ha existido nunca.

Construyeron pocas aldeas y se sentían  incomodos viviendo cerca unos de otros. Apenas tenían instituciones.

Cada hombre era dueño de sus propios asuntos, confiaba en si mismo y se sentía libre.

Los afrikáners solo se reunían en momentos de peligro. Por lo demás, vivían solos, concentrados en sus propios asuntos.

Se volvieron introvertidos, preocupados por su familia inmediata, perdieron la costumbre de relacionarse con otras personas y de escuchar los puntos de vista y los sentimientos de los extraños.

Se volvieron orgullosos y agresivos, testarudos e intolerantes.

Boer afrikaner.

Esta tendencia al individualismo se vio reprimida en la última fase del nacionalismo afrikáner, durante la cual se impuso una estricta conformidad y disciplina.

Así se convirtieron en la «Tribu Blanca» de África, adaptada a la naturaleza y conviviendo con ella, como lo hacían las tribus indígenas con las que nunca se mezclaron.

Apenas superaban a los nativos en cuanto a habilidades o educación, pero teman escopetas, que establecían una superioridad física abrumadora, y una fe, que les hacia imaginar que moralmente estaban muy por encima de los kafirs: los cafres.

Los afrikáners no fueron los inventores del término kafir.

El vocablo llegó a Sudáfrica procedente de Batavia, donde los musulmanes indonesios y malayos lo empleaban para designar despectivamente a los holandeses de la Compañía de las Indias Orientales.

Kafir ‘cafre’, el despectivo término usado en Sudáfrica para referirse a los negros del norte.

En su origen era la palabra islámica de desdén reservada para los infieles, pero los afrikáners y otros sudafricanos blancos la adoptaron muy pronto como apelación peyorativa para los negros.

En un antiguo mapa de África que cuelga en el salón de mi casa familiar, la franja que se extiende por la costa este del cono sur africano, desde el Gran Fish River hasta el rio Zambeze, aparece designada como «Cafreria».

En los libros de Historia, la serie de sangrientas batallas que hasta finales del siglo xix libraron las tropas del Imperio Británico y las tribus negras se conocen como «Guerras Cafres».

La palabra, con toda su carga despectiva, todavía pervive hoy.

ALFONSO ROJO

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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