LA ODISEA DE LA TRIBU BLANCA DE AFRICA (VI)

La pérfida Albión

La fascinante historia de los blancos de Sudáfrica

La pérfida Albión
El monolito de piedras levantado en el lugar donde el boer Freek Bezuidenhout luchó hasta la muerte contra los ingleses. PD

Como ocurre con todos los pioneros, la existencia de los afrikáners no era fácil.

Los que se habían acomodado en las feraces colinas de El Cabo, disfrutaban de abundantes cosechas, buen vino, suficientes esclavos y un puerto cercano.

Los retraídos trekboers, por el contrario, conducían sus carros de bueyes por tortuosos senderos de montaña, vadeaban con sus rebaños ríos torrenciales y escrutaban cotidianamente los cielos soñando con la lluvia.

Era muy duro, pero se trataba de una vida relativamente tranquila.

La colonia se expandía y parecía un terreno de infinitos horizontes y oportunidades.

Dos acontecimientos cambiaron dramáticamente el panorama. Uno fue la emigración hacia el sur de millones de negros. Otro, la repentina irrupción de los ambiciosos, maniobreros y sobre todo, poderosos británicos.

Es extraño que los ingleses tardaran tanto tiempo en llegar.

Sus barcos navegaban alrededor de la punta de África desde 1580, cuando sir Francis Drake la describió como «el cabo mas hermoso visto en toda la circunferencia de la tierra», pero nunca se les ocurrió disputársela a la Compañía Holandesa.

Sir Francis Drake.

Fue con el estallido de las Guerras Napoleónicas cuando la Corona Británica percibió por primera vez la desmesurada importancia estratégica de El Cabo: presidia la ruta a la India, la posesión mas preciada de ultramar y la fuente inagotable de su comercio de especias.

En septiembre de 1795, mientras Napoleón extendía su poder por Europa y organizaba su expedición a Egipto, la ‘pérfidaGran Bretaña decidió ocupar el enclave para proteger su vital ruta marítima.

Los británicos acudían supuestamente en respuesta a una solicitud del príncipe de Orange, quien se había exiliado en Londres cuando las tropas francesas invadieron Holanda.

En 1803, cuando se firmo la Paz de Amiens, evacuaron la plaza y devolvieron su dominio a los holandeses.

Regresaron tres años más tarde con energías renovadas, al intensificarse la lucha con Francia.

Concluido el conflicto y con Napoleón rumiando su derrota en el exilio, la Corona Británica se anexiono formalmente El Cabo y lo convirtió en una pieza más de su magno imperio.

Napoleón y su ejército en retirada de Rusia, en 1812.

Perdidos en África durante un siglo y medio y convertidos en el fragmento mas retrasado de la civilización europea, los rudos afrikáners se vieron súbitamente confrontados a la sociedad mas moderna del mundo, que en aquellos momentos estaba abriendo el camino a la era de la industrialización.

El impacto fue descomunal para los afrikáners. Vivían anclados en el siglo XVII, habían ignorado los cambios del siglo XVIII  e, inopinadamente, e1 siglo XIX les estallaba en la cara.

Habían vivido espontáneamente, sin apenas limitaciones administrativas, y de la noche al día las procelosas leyes y el orden burocrático impuesto por un gran poder imperial se abatían sobre ellos.

La intrusión primero les irritó, luego les indignó profundamente y a través del tiempo generó un legado de infinitos agravios, que prendió la mecha de su nacionalismo y convirtió a una comunidad de indisciplinados individualistas en una unidad nacional cohesionada que desconcertó al mundo con su obstinación.

Los representantes de Su Majestad aportaron numerosas modificaciones a1 modo de vida vigente en la colonia.

Abolieron los salvoconductos que debían obligatoriamente portar encima todas las personas de color.

Los navegantes portugueses con los hotentotes de El Cabo.

Después, bajo el impulso del conde de Caledon, un bienintencionado aristócrata que accedió al cargo de gobernador civil de El Cabo recién cumplidos los 29 años, fijaron reglas precisas sobre las condiciones de empleo y el trato a los hotentotes.

Se autorizó a los indígenas a acudir a los tribunales e incluso a demandar a sus amos.

En abril de 1813, Freek Bezuidenhout, un trekboer que moraba a orillas del Baviaans River, en la frontera oriental, se encolerizó cuando un empleado hotentote llamado Booy le comunicó que se marchaba.

Pese a que el contrato de Booy había expirado, Bezuidenhout retuvo su salario y el escaso ganado que le había permitido criar en la granja.

En aquellos tiempos, el hecho de que un afrikáner requisara la paga y la vacada de un sirviente no era una practica infrecuente en la frontera, aunque era ilegal, según las ordenanzas laborales introducidas por el conde de Caledon en 1812.

Booy era mas tozudo y determinado de lo habitual y, en lugar de claudicar ante su amo, recorrió a pie los 50 kilómetros que separaban la granja del nuevo puesto fronterizo de Cradock.

Allí expuso su queja en la oficina del landdrost.

Durante dos años, Bezuidenhout hizo caso omiso de las citaciones judiciales hasta que, en 1815, en ausencia, la Corte le condenó a un mes de cárcel por desatender sus requerimientos.

Una calurosa mañana de octubre, un sheriff, escoltado por un destacamento militar compuesto de dos oficiales blancos y dieciséis soldados mestizos, se acercó hasta la granja de Freek Bezuidenhout para arrestarle y conducirle a la cárcel.

El trekboer llevaba muchas semanas alistándose y había almacenado alimentos y munición en una cueva de la ladera de la colina.

Al ver llegar a la patrulla, se retiró a su guarida con un hijo ilegitimo mestizo e hizo fuego sobre los visitantes.

La lucha duró varias horas, hasta que Bezuidenhout fue alcanzado por e1 disparo de un soldado mestizo y murió.

La indignación invadió la comunidad bóer.

Hotentotes de El Cabo.

Pocos días mas tarde unos granjeros se reunieron en una hacienda cercana, donde juraron venganza contra los causantes de la muerte de Bezuidenhout y se conjuraron para rebelarse contra la «Pérfida Albión».

El complot acabó llegando a oídos de las autoridades británicas. Una fuerza de dragones persiguió a los conspiradores hasta atraparlos en el paso montañoso de Slagtersnek y la mayoría se rindió.

Hans, el hermano de Freek Bezuidenhout, y otros miembros de su familia se internaron en la cordillera junto con algunos seguidores.

Los dragones consiguieron alcanzar al pequeño grupo once días más tarde.

Todos se entregaron salvo Hans quien, emulando el valor desesperado de su hermano muerto, disparó contra los soldados mientras su mujer, Martha, y su hijo de doce años cargaban los siete mosquetes que llevaban consigo.

Finalmente, Hans fue abatido y su mujer y su hijo resultaron gravemente heridos.

La Corte juzgó a los 47 rebeldes capturados y dejo caer sobre ellos el peso de la ley, de acuerdo con los implacables criterios de la época.

Los 33 menos responsables fueron condenados a prisión, a pagar multas o enviados al destierro. Los 5 considerados más culpables fueron sentenciados a morir en la horca.

Soldados británicos en 1815.

Por un error burocrático, el verdugo salió de Ciudad de El Cabo convencido que se trataba de ejecutar a una sola persona y tomo una soga.

Cuando en marzo de 1816 llegó a la ciudad de Uitenhage, en El Cabo Oriental, descubrió estupefacto que eran cinco los desventurados que había que colgar.

Consiguió cuatro cuerdas más, pero estaban semipodridas, y al abrir la trampilla bajo los pies de los condenados, solo uno murió.

Los otros cuatro, desmadejados pero vivos, rodaron por el suelo. En medio de la angustia y la histeria del publico que presenciaba la ejecución, los supervivientes corrieron despavoridos hacia el landdrost pidiendo clemencia.

La multitud consideró que se había manifestado la mano misericordiosa de Dios e imploro a gritos la gracia de las autoridades.

El minucioso funcionario insistió en que no tenía poder para perdonarlos y reiteró empecinado que debía hacerse justicia.

Los duros combatientes boer.

Uno a uno, los cuatro desgraciados fueron ejecutados con la misma soga que había servido al primero, ante la turbación de familiares y amigos, que estimaron el hecho una afrenta al Cielo y un escarnio a los trekboers.

Las repercusiones de este episodio luctuoso no se hicieron sentir inmediatamente.

El caso dio la impresión de desvanecerse durante un tiempo en la memoria de una comunidad que carecía de cohesión y de conciencia política suficientes para albergar un sentimiento de agravio colectivo.

Resurgiría con ímpetu dos décadas mas tarde en la mitología afrikáner, como ejemplo evidente de la arbitrariedad de Gran Bretaña sobre los hombres de la frontera.

En cierto sentido fue la primera cuenta en el rosario de conflictos que culminó con el éxodo masivo de los boers desde la verde colonia de El Cabo al desolado corazón del territorio.

ALFONSO ROJO

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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