CONEXIÓN QUILOMBO

El Quilombo / Entrevista a Douglas Murray, el pensador más temido por los ‘progres’: «El laborista Jeremy Corbyn también cobró mucho dinero de la televisión de Irán»

Las masas se han vuelto locas. Basta con seguir las redes sociales o los medios de comunicación para ser testigos de la histeria colectiva en la que se ha convertido el debate político. Cada día alguien nuevo clama que algo le ha ofendido: un cartel que cosifica, una conferencia que debe ser censurada, una palabra que degrada. Vivimos en la tiranía de la corrección política, en un mundo sin género, ni razas ni sexo y en el que proliferan las personas que se confiesan víctimas de algo (el heteropatriarcado, la bifobia o el racismo).

Ser víctima es ya una aspiración, una etiqueta que nos eleva moralmente y que nos ahorra tener que argumentar nada. Pero como nos recuerda Douglas Murray en su libro ‘La masa enfurecida’ (Península) que ha sido menospreciado por la izquierda biempensante y que se ha convertido en un fenómeno de ventas sin precedente en el Reino Unido.

En conversación con ‘El Quilombo’ de Periodista Digital, Murray desvela que el laborista Jeremy Corbyn también «recibió dinero de la satrapía de Irán y presentaba programas en la televisión del régimen» al igual que el hoy vicepresidente Pablo Iglesias.

«La víctima no siempre tiene razón, no siempre tiene que caernos bien, no siempre merece elogio y, de hecho, no siempre es víctima». Con un estilo provocador y una estructura argumentativa sin fisuras, el autor trata de introducir algo de sentido común en el debate público, al tiempo que aboga con vehemencia por valores como la libertad de expresión y la serenidad actuales.

«Nuestro entorno cultural se ha convertido en un campo de minas. Da igual que quienes las hayan colocado sean individuos, colectivos o gente con ganas de gastar una broma pesada, el caso es que están ahí, a la espera de que alguien las pise. [Con este libro], no aspiro a desactivar todas las minas —cosa que, aunque lo deseara, estaría fuera de mis capacidades—, pero tengo la esperanza de que sirva para despejar una parte del terreno y que otros después de mí puedan transitar por él de forma más segura.»

«Hay algo humillante y hasta autodestructivo en tener que marchar al son de consignas que uno no cree ni puede creer. Si la creencia fuera que todas las personas tienen el mismo valor y merecen la misma dignidad, entonces todos podríamos estar de acuerdo. Pero si nos piden que creamos que no existe diferencia alguna entre homosexuales y heterosexuales, entre hombres y mujeres, entre racismo y antirracismo, con el tiempo esto se acaba convirtiendo en una distracción. Esa distracción —o locura de masas— es algo que nos atenaza y de lo que debemos liberarnos.»

«Si fracasamos, ya sabemos cómo terminará todo esto. No solo nos enfrentamos a un futuro cada vez más atomizado y lleno de rabia y violencia, sino a un futuro en el cual la posibilidad de retroceder en materia de derechos —incluidos los buenos— es más verosímil cada día. Un futuro en el que el racismo se combate con el racismo y en el que la marginación por motivos de género se combate con la marginación por motivos de género. Porque cuando la humillación alcanza determinados niveles, los grupos mayoritarios dejan de tener razones para no adoptar ciertas estrategias que tanto los han beneficiado en el pasado.»

«A finales del siglo XX entramos en la era posmoderna, una era que se define y ha sido definida por su desconfianza hacia los grandes relatos […]. La pregunta de cuál es nuestro propósito en este mundo —aparte de enriquecernos todo lo que podamos y disfrutar mientras sea posible— necesitaba algún tipo de respuesta. En los últimos años, esa respuesta ha consistido en entablar nuevas batallas, emprender campañas cada vez más feroces y plantear exigencias cada vez más sectoriales. En hallar sentido declarándole la guerra a cualquiera que defienda la postura equivocada ante un problema cuyos términos tal vez acaban de reformularse y cuya respuesta era distinta hasta hace poco.»

«La rapidez pasmosa con la que se ha verificado este proceso obedece al hecho de que ahora un puñado de empresas de Silicon Valley (sobre todo Google, Twitter y Facebook) tienen poder suficiente para influir en lo que la mayoría del mundo sabe, piensa y dice, además de un modelo de negocio basado, como se ha dicho con acierto, en encontrar “clientes dispuestos a pagar para modificar el comportamiento de otras personas”.»

«A pesar de la exasperación que produce un mundo tecnológico que avanza mucho más deprisa que sus usuarios, esta no es una guerra sin rumbo. Al contrario, sigue una dirección muy concreta y sus objetivos son ambiciosos. Su finalidad —inconsciente en algunos casos, consciente en otros— consiste en instaurar una nueva metafísica en nuestra sociedad; una nueva religión, si queremos decirlo así.»

«A pesar de que sus cimientos se asentaron hace unas cuantas décadas, la crisis financiera de 2008 provocó que ciertas ideas que hasta entonces solo eran conocidas dentro de los reductos más oscuros de la academia pasaran a primer plano.»

Douglas Murray (@DouglasKMurray) es un columnista y periodista que trabaja para medios como Spectator, Sunday Times o el The Wall Street Journal. Es además un destacado conferenciante y ha sido invitado a ponencias en Westminster, el Parlamento Europeo y la Casa Blanca. Es autor del libro La extraña muerte de Europa, que fue un inesperado éxito de ventas en Reino Unido y se tradujo a más de veinte lenguas.

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