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Carlos Dávila: «Mofa, befa y escarnio al Estado»

Sanchez, cornudo, apaleado y poniendo la cama, o sea el Código Penal

Carlos Dávila: "Mofa, befa y escarnio al Estado"
Gabriel Rufián (ERC) y Pedro Sánchez (PSOE). PD

A veces, los delincuentes tienen razón. Incluso puede que hasta digan la verdad. Ocurre, por ejemplo, cuando un ladrón asegura que ha robado porque quiere vivir como un príncipe: ¿Quién no entiende sus motivos, aunque sean espurios? Pues bien, esto ha sucedido con los sediciosos de octubre de 2017: tienen razón, han derrotado al Estado que, con los bochornosos indultos de Sánchez, ha sido escandalosamente derrotado. Como los delincuentes de la independencia aseguran: «Ha mostrado su absoluta debilidad». Y ahora, más pitorreo: el referéndum.

Esto es lo que Sánchez llama el “principio”. Se puede envolver en propaganda aldeana (mascarillas fuera, luz con menos IVA) esta miserable cesión, se puede presionar a las instituciones para que éstas -al fin y al cabo, como la CEOE, subvencionadas por el Gobierno- se avengan a los designios del pagador, y se pueden utilizar todos los medios del Estado, sobre todo el dinero de nuestros impuestos, para asfixiar al país con una campaña de acoso y derribo a sus convicciones, pero al final sólo quedará esto para la posteridad: el Estado ha pedido perdón por haber condenado a los que se alzaron contra él. Por eso ha sido derrotado.

Ni ha habido magnanimidad, ni misericordia. La primera, virtud humana, es únicamente, lo inscribe así la Real Academia: una “elevación del ánimo”, o sea, un ejercicio de aliento para que el deprimido, el pobre, se alce sobre sus penurias, sean éstas materiales o espirituales. La segunda, virtud, no filantrópica, sino caritativa, resulta ser la que inclina “el ánimo a compadecerse de los trabajos y miserias ajenas”, también lo dice la RAE. Difícilmente puede encontrarse en la decisión de Sánchez un ápice que viaje en esta dirección.

Es mucho insistir en que la recóndita y no explicada razón del presidente y de todos sus cómplices para arbitrar una medida como la de los indultos, es su conveniencia personal, la de proseguir en un puesto y en un lugar, ahora ya se puede afirmar con toda propiedad, que “okupa” con una desvergüenza absoluta.

De manera que no debemos insistir en esto. Lo importante es que a partir de ahora cualquier delincuente, incluido el de más baja estofa, se puede alzar contra la Ley, el Orden y el Derecho, sin que le cuesten caras sus canalladas. Pregunta: ¿puede el Estado “magnánimo” emprenderla contra un defraudador porque le ha sisado dinero a las arcas públicas? ¿Con qué cara me coloca una multa cualquier policía local por saltarme un semáforo? Los indultos de Sánchez lo que demuestran es que los penados pueden ser perdonados, siempre y cuando al castigador le interese.

Más que una cesión es una bajada de pantalones en todo regla. Es muy cierto que alguna gente al leer estos ejemplos opine que la crónica se ha revestido de demagogia; es aceptable el juicio, pero la comparación sigue siendo válida: el Estado se ha quedado en esta ocasión en las raspas, los rateros secesionistas le han mandado al tinte,

Y, encima, harán que su delito quede en nada. ¿O qué otra cosa es ese anuncio de que la propia sedición va a ser aligerada de castigo? Cornudo, apaleado y poniendo la cama, o sea el Código Penal. Mofa, befa y escarnio. Los afectados se están riendo de España entera, de los que fuimos víctimas de su barrenamiento. Ahora, tal y como está sucediendo con los criminales de ETA, ya están siendo presentados como heroicos sujetos que, en libertad, pueden pavonearse de haber lidiado al Estado, de haberle vencido, de presentarle como una organización débil (adjetivo utilizado con gran desparpajo por ellos mismos) al que se le pueden hacer pedorretas y lo que es peor, con el silencio o la complacencia de sus mecenas. Un escándalo político y judicial de tal calibre que en cualquier país civilizado daría con los huesos del causante, el jefe del Gobierno, en el banquillo de cualquier tribunal decente.

Resulta cómico e insultante que incluso los ministros de este Ejecutivo a los que por su procedencia se les debería suponer aprecio por la Ley (hablo directamente de la magistrada del Supremo en excedencia, Margarita Robles) se avengan a la infamia de su preboste asegurando que los indultos tienen como condición la de “no voy a volver a repetirlo, padre”. Como si se tratara de la confesión de un púber que declara sus pecadillos para prepararse para la Primera Comunión. Una coña, para utilizar el lenguaje callejero. Una espectacular mentira, un fraude; los delincuentes, antes de que el BOE con la infortunada, pero inevitable firma del Rey, haya recogido los indultos, ya se estaban ciscando en el cuerpo serrano de sus benefactores. Desafiaron al Estado y ya prometen que, sin duda alguna, lo van a seguir haciendo. Naturalmente que su nueva jugada no será ni tan ostentosa, ni tan aparatosa como la de hace cuatro años, por eso estudian las fórmulas más adecuadas para volver a perpetrarla sin tanto coste, sin que un tipo cobarde se fugue a Waterloo y sin que Junqueras y sus cuates vivan de prestado en Lledoners. Cuando alguien se somete a un chantaje sabe dos cosas: la primera, que va a seguir pagando siempre; la segunda,  que cada vez el precio será mayor.

Y los sediciosos se disponen a cobrar la pieza de un tipo sin escrúpulos que lo dará todo con tal de que los extorsionadores le sigan manteniendo en La Moncloa. Así son las cosas en esta España quebrada donde el Estado se somete a la presión barriobajera de unos delincuentes que, para mayor inri, se descojonan de las víctimas. Ahora, Sánchez y su colección de abracadabra se dispone a presionar a la Sala Tercera del Supremo para que no ponga demasiadas pegas a su fechoría. Es más, por lo que se va sabiendo, ya tienen en dudas a la mitad de esa Sala. Por si no lo perciben, este es el nuevo movimiento para, definitivamente, aligerar al Estado de cualquier prestigio, para, por la vía de postrarle en la nada, terminar con su propia encarnación histórica: con España. Todo, entre la befa, la mofa y el escarnio de unos delincuentes.

Carlos Dávila

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