ARTÍCULO PUBLICADO EN EL DEBATE

Naranjo, durísimo tras el archivo de la denuncia de Santaolalla contra Quiles: «No se puede tolerar lo que hay detrás»

«Simplemente me negué, con todo el dolor sincero por saber que iba a hacer pasar un mal rato a alguien a quien apreciaba, a formar parte de un circo nada ingenuo»

Sántaolalla y Sánchez
Sántaolalla y Sánchez. PD

Antonio Naranjo no se guardado nada tras conocerse que la juez archivó la denuncia de Sarah Santaolalla contra Vito Quiles. En su columna en El Debate, reflexiona sobre la agresión inventada y cómo la tertuliana de referencia de la izquierda ha participado en una burda operación política que la dejará marcada al menos un buen tiempo.

El titular apunta a lo que había detrás de la querella: Pedro Sánchez Santaolallo.

El periodista ha analizado el caso con la precisión que la situación merece y con la honestidad que muy pocos en el panorama mediático español han tenido para aplicar a este asunto. Su conclusión es que esto nunca fue lo que parecía.

Si bien el archivo no fue una decisión difícil porque los hechos documentados la hacían inevitable.

Las imágenes de la supuesta agresión -publicados hasta la saciedad por la propia activista sanchista- eran claros como el agua: todo era una «menuda inventada», parafraseando al presidente del Gobierno. Las mismas fueron revisadas por un primer juez que concluyó que no procedía ninguna orden de alejamiento. Los informes médicos, tanto del hospital como del forense, no encontraron nada que confirmara lo denunciado.

En la vista, Santaolalla optó por no mostrar esas imágenes ni presentó otras pruebas adicionales. Una segunda jueza archivó el caso con observaciones similares sobre la falta de credibilidad de lo denunciado.

Tras describir los hechos, Naranjo incide en que no se iba a plegar al relato o al silencio ante semejante maniobra política, como lo demuestra la actitud del Gobierno Sánchez y sus terminales mediáticas con el asunto.

Cinco ministros respaldaron públicamente la denuncia. Todos los partidos aliados al Gobierno se sumaron. El marido de Begoña invitó a la denunciante a participar en la primera cumbre contra el odio. Los programas de TVE, especialmente uno presentado por la pareja de la denunciante, dedicaron cobertura extensa e incesante al asunto.

«Simplemente me negué, con todo el dolor sincero por saber que iba a hacer pasar un mal rato a alguien a quien apreciaba, a formar parte de un circo nada ingenuo», afirma.

El contexto político que lo explica todo

Naranjo identifica con precisión quirúrgica lo que estaba ocurriendo en realidad: «No se trataba de Sarah, que necesita alguien que la quiera de verdad y la salve de sí misma, sino de Sánchez: todo lo que le pasa es por los Quiles con toga, placa, micrófono o escaño que le agreden, le persiguen, le acosan y le hostigan».

La denuncia no era el objetivo. Era el instrumento. Una coartada para construir el relato de un presidente y sus acólitos asediados por una oposición violenta, para convertir cualquier pregunta incómoda en agresión, para criminalizar el periodismo crítico con la etiqueta del acoso.

Sobre el papel de Santaolalla en esa construcción, Naranjo no tiene contemplaciones: «Para prestarse de coartada con ese papelón hay que tener lo justo de madurez y de escrúpulos, y es ahí donde encaja Santaolalla, a costa de hacer un ridículo sideral y de quedar marcada por mucho tiempo, ojalá que no de por vida».

El problema real

El columnista amplía el foco para mostrar que la cuestión trasciende a los dos protagonistas aparentes del conflicto. Sobre Quiles y los periodistas de su perfil escribe: «esto no va tampoco de Quiles, que es molesto, tanto como la caterva de dirigentes que, al no aceptar preguntas delicadas pero educadas de nadie, avalan la existencia de reporteros hiperventilados: la otra opción es que se acepte el silencio de quienes deben rendir cuentas públicas y que solo se les escuche en intervenciones y entrevistas con final feliz».

Y en ese punto, llega al núcleo de lo que realmente está en juego: «De lo que va todo, en realidad, es de un presidente que se cree con el derecho a gobernar sin contar con las urnas ni con el Parlamento y que, en su huida hacia adelante, ha decidido hace mucho cargarse la democracia, presentada como una adversaria violenta a la que se puede y se debe derribar».

La conclusión de Naranjo no deja espacio para interpretaciones equívocas: «El problema no es la denuncia falsa de una niña contra un chaval, sino la de un adulto sin principios contra España. El que no lo quiera ver es, simplemente, estúpido. Y el que no se atreva a decirlo, además de eso, un cobarde».

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