Seguro que se lo han preguntado todos ustedes.
Porque el Rey de España, por cierto veraneando a todo trapo en Mallorca mientras Letizia reparte sonrisas entre los Bardem y otros progres de plantilla, no ha salido escopetado hacia Ceuta.
Cuál es la razón por la que Felipe VI, que acudió a consolar a las familias de los 45 muertos en Adamuz, se manchó de barro en Paiporta o se presentó sin dudarlo en los pueblos arrasados por los incendios, no se atreve a acercarse al paso fronterizo del Tarajal ni es capaz de mostrar la mínima empatía con los 84.000 ceutíes, agobiados por un enjambre de invasores marroquíes.
Desde que Juan Carlos I y Sofía estuvieron allí hace dos décadas, ningún monarca español ha osado poner los pies en las dos ciudades autónomas.
Y Felipe, que lleva ya 12 años en el trono, ni parece habérselo planteado.
Cuando se casó con Letizia en 2004, se fue de luna de miel a Jordania, navegó por el mar Rojo y hasta paseó por las islas del Pacífico, pero Ceuta y Melilla ni aparecieron en el plan de viaje.
No sé si la comparación es válida, pero nada más concluir la boda entre Carlos de Inglaterra y Diana, la pareja salió en avión hacia Gibraltar y recorrió el Peñón saludando a la población, antes de embarcarse en el yate real Britannia e iniciar su luna de miel.
Fue una visita relámpago, de apenas una hora y tres cuartos, pero el gesto tuvo un enorme simbolismo político y fue un mensaje claro a España y al mundo: Gibraltar es nuestro.
No tiene sentido disimular y hacerse el longis, porque han sido muchas las veces en que los presidentes autonómicos han instado a los Reyes a dar el salto.
Si Ceuta y Melilla son España —y lo son, tanto como La Coruña, Málaga, Benavente o Toledo—, la mejor manera de reivindicarlo frente a la amenaza marroquí es, precisamente, con una visita de los Reyes.
Que esa visita siga sin producirse doce años después de la proclamación de Felipe VI no es un detalle protocolario: es una vergüenza.
Y la responsabilidad no recae en Zarzuela, que algo podría presionar por muy atada de pies y manos que esté constitucionalmente, sino en La Moncloa, en el sectario Gobierno Sánchez y en su impresentable ocupante.
Tampoco fue con Rajoy, pero eso ya es agua pasada y todos sabemos lo cobarde que fue siempre ante las crisis el Gobierno popular.
La Constitución establece que todos los actos del Rey requieren el refrendo del Gobierno, y eso incluye cualquier viaje con una carga política evidente.
Felipe VI representa a España y la españolidad no se defiende solo con comunicados amorfos.
Una visita de los Reyes a Ceuta y Melilla, ahora, en medio de una crisis de entradas masivas de marroquíes, con decenas de muertos en la frontera, sería interpretada en Rabat, por ese Mohamed VI que tiene cogido por las pelotas a Sánchez, como un gesto de soberanía inequívoco, como un reto.
Si… ¿y qué?