La expresión impacta: «A perro flaco, todo son pulgas». Cuando Carlos Dávila la emplea en su análisis sobre el PNV y Pedro Sánchez, no se trata de una simple licencia literaria, sino de un diagnóstico político con fecha de caducidad. Lo desmenuza en El PNV rompe con Sánchez a plazo fijo en The Objective. El nacionalismo vasco ha dejado de lado el lenguaje de la estabilidad para abordar una comunicación centrada en plazos, rupturas y presupuestos.
El mensaje que proviene de Sabin Etxea es contundente: «no queremos llegar juntos» más allá de marzo, optando por una separación «a plazo fijo» del matrimonio de conveniencia con La Moncloa. No se trata de un portazo desesperado, sino de una ruptura planificada casi de manera notarial: partido a partido, votación a votación, hasta alcanzar el punto crítico de los Presupuestos, que se han convertido en un verdadero test de estrés para la legislatura.
Un matrimonio de conveniencia que se agota
La relación entre el PNV y Pedro Sánchez se gestó, como tantas coaliciones en el Congreso, a partir de un acuerdo de investidura que dependía de cinco votos clave, promesas de transferencias del Estatuto de Gernika y la búsqueda de estabilidad a cambio de influencia. Durante años, el discurso del PNV se mantuvo firme en que no se convertiría en un «Junts» ni en un «Bildu», eludiendo tanto la oposición frontal como la aprobación automática. Su apoyo fue, en cambio, condicionado y pragmático.
Pero ese delicado equilibrio se ha visto afectado por tres factores:
- Los continuos retrasos en las transferencias comprometidas y el cierre político del Estatuto de Gernika, que debían cumplirse en plazos fijados por el propio Ejecutivo que, posteriormente, se fueron incumpliendo y alargando.
- Una legislatura marcada por crisis permanentes, con casos judiciales que salpican al PSOE y que han deteriorado la imagen de estabilidad que el PNV exhibe en Euskadi.
- Un cambio en el clima electoral: las encuestas indican un desgaste del PSOE y un ascenso del bloque de centroderecha, lo cual vuelve menos conveniente para el PNV seguir amarrado a un socio en declive.
Dávila pinta una posible ruptura gradual: el PNV iría retirando su apoyo «partido a partido», hasta llegar a la negación de aprobar unos Presupuestos, si es que Sánchez se atreve a presentarlos. El mensaje es tanto político como económico: sin fondos, no hay legislatura; y sin PNV, no hay mayoría.
El calendario escondido: marzo, mayo y la tentación del adelanto
El artículo sitúa el momento decisivo en marzo, en plena preprimavera política. La percepción general es que el PNV busca llegar a las próximas elecciones generales con un margen suficiente para destacar y evitar que la erosión del Gobierno afecte sus perspectivas en Euskadi. Además, sondeos recientes delinean un panorama donde el PP se establece por encima del 32 % de apoyo, el PSOE se sitúa por debajo del 27 % y la suma de PP y Vox supera el 50 %, según varios estudios realizados en la primera semana de septiembre.
Este contexto tiene diversas implicaciones para el PNV:
- Un posible adelanto electoral les permitiría reorganizar mayorías sin verse atrapados en una agonía parlamentaria hasta el verano de 2027.
- El nacionalismo vasco podría negociar de nuevo con quien esté en el poder, sin cargar con el desgaste que dejaría la gestión de Sánchez.
- La presión de sus bases, cada vez menos dispuestas a tolerar indefiniciones ante los problemas judiciales que afectan al PSOE, disminuiría si la legislatura se acorta.
Además, las encuestas más recientes indican que una mayoría de españoles prefiere unas elecciones anticipadas en 2026, lo que concuerda con la inquietud de socios de investidura que, como el PNV o ERC, han llegado a solicitar el fin de la legislatura sin romper formalmente la mayoría. El «plazo fijo» del PNV materializa ese descontento difuso.
El papel de los Presupuestos y la línea roja vasca
El presupuesto se ha transformado en una auténtica línea roja. Informes de este verano sobre la postura del PNV indicaban que el límite de su apoyo se sitúa justo en la falta de aprobación de nuevas cuentas: si no hay Presupuestos para 2027, no habrá continuidad de la legislatura. Dávila relaciona este punto con la nueva estrategia: el primer golpe a la ruptura sería negar el voto a las cuentas del Gobierno, siempre que lleguen al Congreso.
Este movimiento presenta varias ventajas tácticas para los jeltzales:
- Enmarcan la ruptura como un acto de responsabilidad fiscal, no ideológica.
- Evitan presentarse como los causantes de una moción de censura o de una crisis abrupta: simplemente se rehúsan a sostener un Gobierno que carece de un proyecto económico definido.
- Se alinean con la percepción ciudadana de que la legislatura está agotada, sin convertirse en la caricatura de un partido «anti-Sánchez».
Mientras tanto, desde el entorno del PNV se ha enfatizado que su acuerdo de investidura no está del todo incumplido, pero sí «rebasado» en plazos y sujeto a un balance de cumplimiento muy dispar. Traduciendo del lenguaje diplomático: el vaso aún no se desbordó, pero la paciencia se ha desvanecido.
Un perro flaco con muchas pulgas… y una curiosidad vasca
Más allá del dramatismo que conlleva este divorcio político, hay detalles que llaman la atención en este tira y afloja entre el País Vasco y Madrid:
- El PNV, tradicional defensor de la política «de despacho», ha empezado a utilizar metáforas más propias de tertulias para referirse a Sánchez: desde «insufrible» hasta «plazo fijo», su vocabulario ha ido calentándose progresivamente.
- La nueva frontera no son solo las transferencias o el Estatuto, sino la percepción de desgaste moral del socio; las viejas líneas rojas se han ido modificando al compás de la situación judicial y mediática.
- Mientras el perro flaco acumula pulgas en Madrid, en Euskadi el PNV se ve obligado a competir con un Bildu que va en ascenso y que se presenta como una alternativa fresca, lo que exige a los jeltzales demostrar una distancia crítica sin perder su imagen de gestores fiables.
De cualquier manera, lo que caracteriza al nacionalismo vasco es su capacidad para sobrevivir y llegar a un nuevo pacto; lo que queda por ver es si en esta ocasión desean continuar paseando al mismo perro.
