La culpa fue de Marcelino Camacho.

MADRID, 29 (OTR/PRESS)

No puedo, conmocionados mis recuerdos por la noticia de la muerte del veterano sindicalista, dejar de contar lo que sigue: la única noche que pasé en la cárcel fue «por culpa de Marcelino Camacho». El caso es que el fundador de Comisiones Obreras estaba, creo, preso en la hoy demolida cárcel de Carabanchel. Franco había muerto hacía dos días y algunos importantes dirigentes mundiales, como el francés Giscard d’Estaing, estaban en Madrid para dar la bienvenida en la Jefatura del Estado de España al Rey Juan Carlos y, de paso, a una presumible apertura democrática que debía producirse en los meses siguientes. Pero había, claro, quienes estaban empeñados en demostrar que aquí estaba todo ‘atado y bien atado’ y no iban a permitir que las esencias del franquismo se disipasen.

El caso es que me parece recordar que Camacho, entre otros dirigentes comunistas y obreros, se encontraba ese día tras los barrotes de Carabanchel. Es difícil precisar, pero lo cierto es que tanto Marcelino como algunos correligionarios suyos pasaban por entones más tiempo en la cárcel -proceso 1.001, etc- que en la paz de sus domicilios. Aquel mismo día se organizó una manifestación ante la penitenciaría para pedir la inmediata libertad de los presos políticos. El periódico en el que yo trabajaba entonces me envió a cubrir informativamente aquella manifestación y allí me encontré a personajes destacados como los actores Juan Diego, Aurora Bautista y María Luisa San José. Junto con ellos fui detenido por quienes deseaban demostrar con notoriedad que la libertad y la democracia aún no estaban al alcance de la mano: tres conocidos actores y un par de periodistas tenían suficiente noticia como para indicar que en España nada iba a cambiar, dijesen lo que dijesen quienes se empeñaban en lo contrario. Y allá nos llevaron, a las celdas del juzgado en la Plaza de las Salesas en ese momento ocupado por el Tribunal de Orden Publico, tras un paso por los temibles calabozos de la Puerta del Sol, sede a la sazón de la Dirección General de Seguridad. «Todo por culpa de Marcelino Camacho», bromeaba Juan Diego, una vez pasado el susto de la Puerta del Sol, donde fuimos humillados y amenazados sin cuento.

Claro que seguro que ninguno de los detenidos guardábamos rencor al entrañable Marcelino por las horas francamente divertidas que pasamos antes de que, a media noche, nos pusieran en libertad. Nos reímos, esa es la verdad cuando, preguntada por la policía sobre su filiación, Aurora Bautista, altiva, respondió: «Yo soy Juana la Loca, soy Agustina de Aragón». Recuerdo que Juan Diego estuvo especialmente genial con su broma e insistía en culpar de todo al pobre Camacho, que después nos contaría que, estando en la celda junto con otros camaradas suyos la noche en la que murió Franco, un policía fue a darles la noticia pidiéndoles «por favor, no canten ustedes demasiado alto».

No se me ha ocurrido forma mejor de homenajear al histórico y querido Marcelino que contar esta anécdota. Podrían contarse otras muchas, porque su vida estuvo llena de goles y de sufrimientos en la defensa de sus ideas. Todo ha cambiado mucho desde aquel día en Carabanchel, entre otras cosas que hoy Camacho es homenajeado por todos, por la derecha y por la izquierda. Quizá Marcelino en sus últimos años no supo o no quiso entender algunos de estos cambios. Pero ello no empaña, sino que quizá realza, su grandeza. La grandeza de un hombre humilde que estaba en la cárcel precisamente el día en el que España empezó a cambiar y se manifestaba pidiendo su libertad.

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído