Crónica de un día de gran ‘revival’.

MADRID, 23 (OTR/PRESS)

Mi día de conmemoración del 30 aniversario del intento de golpe del 23-f comenzó con un pase privado para comentaristas de una película que ahora se ha estrenado sobre el tema: no aporta grandes novedades, la verdad, pero sirve para mostrar a los jóvenes que conocen mal aquellos hechos tremendos algo de lo que verdaderamente ocurrió, algo de la locura de quien(es), precisamente al grito de ‘viva España’, pudieron provocar una de las más enormes tragedias en la Historia de España.

Luego, las radios: ayer, testimonios mil de quienes, diputados, periodistas, ujieres, letrados, vivieron aquellas horas tristísimos, que hoy, en una democracia asentada, parecen inconcebibles, «como de Cromagnon», en frase feliz del actual presidente del Senado. Comparecí en algunas emisoras para contar, como tantos que por allí anduvieron, mis experiencias de aquellos días: ¿se sabe toda la verdad sobre el golpe?, me preguntaban. «Toda, excepto la extensión de la trama civil», respondía. Pero todos aquellos que presuntamente estuvieron involucrados en esa trama ya están muertos. Fin del capítulo. Ahora, más que nada, corresponde respetar la verdad: en ese sentido, me parecen falaces ciertos intentos de reivindicar, por ejemplo, el papel del general Armada, convirtiéndole casi en un salvador de la democracia. No lo fue, en absoluto.

Hubo, al mediodía, un almuerzo al que asistieron el Rey y unos cuantos escogidos; si tengo que decir la verdad, desconozco aún, a la hora de escribir este cronicón, lo que Don Juan Carlos dijo a los comensales, pero tengo la impresión de que transmitió un mensaje de unidad, como la que se vivió entonces.

O como la que se vivió, ayer por la tarde, en el ‘revival’ del Congreso de los Diputados, con asistencia en los escaños de aquellos parlamentarios que estaban en la tarde-noche del 23 de febrero de 1981, cuando se produjo la ignominiosa entrada de los guardias civiles en el hemiciclo: ví a Rajoy -que, por supuesto, no estuvo allí, como no estuvieron Zapatero ni casi ninguno de los actuales diputados– aplaudir a socialistas insignes de entonces, y viceversa. O la ovación unánime a Santiago Carrillo, que había permanecido en pie mientras los demás obedecían la orden «al suelo».

Para un periodista veterano como yo, resultó emocionante ver los rostros de entonces, muchos de ellos ya casi olvidados, envejecidos. Hombres y mujeres -aunque entonces solo había diecisiete parlamentarias_ ilustres. Fue una tarde de abrazos largos y de unidad. Una jornada de las que se recuerdan… para pasar de inmediato al olvido: ayer, por fin, nos vacunamos definitivamente de otros posibles veintitrés-efes. Otro día para la Historia con mayúsculas.

fjauregui@diariocritico.com

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