OPINIÓN / Antonio Martín Beaumont

El gesto de Marimar y el plante de Pons empujaron a Rajoy a rectificar

Tenía en su guión que el final de la doctrina Parot es de esas cuestiones que deben dejarse digerir

El gesto de Marimar y el plante de Pons empujaron a Rajoy a rectificar
Blanco y Rajoy

La opinión pública es un monstruo glotón que lo engulle todo. A toda prisa, además. Hoy la primera página es el final de la doctrina Parot y mañana… quién sabe qué será. Los políticos conocen bien esto. Por eso los más listos, o los más hábiles, cuando caen chuzos de punta apagan su teléfono móvil y esperan a resguardo hasta que escampe, a ver si el siguiente sobresalto de los medios es propicio para su interés –El gesto de Marimar y el plante de Pons empujaron a Rajoy a rectificar-.

Los disgustos, las auténticas mortificaciones, las cargan siempre sobre sus espaldas las personas a quienes de verdad les afectan los asuntos digeridos por el tragaldabas de la opinión. La clase política, lógicamente, es profesional y, por ello considera todos los temas como una cuestión de trabajo sobre la que deben poner antes la cabeza que el corazón. Como don Manuel Fraga solía decir, en la política hay que desayunarse cada día un sapo para estar preparado luego para tragarse lo que venga.

«Señor Rajoy, ¿está usted con las víctimas del terrorismo?», pregunta retóricamente el plumilla de turno a la salida del Congreso. Y digo retóricamente porque ¿quién en su sano juicio va a contestar que no apoya a las víctimas? «Está lloviendo», responde el presidente del PP. ¡Tierra, trágame!

No contesta lo obvio, lo primero que se le vendría a la cabeza a cualquier militante de base popular. No dice, por ejemplo, «absolutamente», con lo que el asunto hubiese quedado zanjado. Mariano Rajoy tenía en su guión que el final de la doctrina Parot es de esas cuestiones que deben dejarse digerir por la opinión pública para que unos días después sean un detritus más, confundido con el polvo del camino. Según la doctrina de Cándido Conde-Pumpido, eso era la Justicia para el zapaterismo por mor del «proceso de paz».

En realidad, mirándolo bien, ¿a quién gustaba la doctrina Parot?

A los jueces de la Audiencia Nacional que la aplicaron durante años, viendo lo veloces que han sido a la hora de poner en libertad a la etarra Inés del Río, debía quemarles.

El PSOE de los últimos años, penitente de los GAL, abominaba de ella. El buenismo en el que, por horripilante que fuera el crimen cometido, se basó Zapatero, era incompatible con perder la llave de la celda una vez metido el preso en la cárcel.

A Federico Trillo, ahora en Londres, pero durante muchos años la voz jurídica autorizada del marianismo en el PP, le chirriaba. Y si aceptó tales normas penitenciarias fue sólo por entender que eran una anomalía jurídica necesaria en un país que había convivido demasiados años con la sinrazón terrorista.

Seamos sinceros: la doctrina Parot ha sido soportada a disgusto por los dos grandes partidos españoles y por la mayoría de jueces y fiscales y si se sobrellevó fue porque los españoles exigían esos sistemas frente a crueles criminales y violadores de niños. Así que veámoslo en su justa medida: si han venido unos jueces lejanos, nada menos que instalados en la Selva Negra, en Estrasburgo, a resolverles la papeleta, miel sobre hojuelas.

En Madrid, cuando esto escribo, está lloviendo. El presidente Rajoy, otra vez, ha acertado. Dijo que llovía y llueve. Menos mal que me entero que Esteban González Pons se ha plantado y ha dicho «hasta aquí podíamos llegar» y el PP estará en la manifestación del domingo junto a las víctimas. Por la tarde se suman Carlos Floriano y Javier Arenas, mejor que mejor. También me cuentan la cercanía, comprensión y cariño con que el ministro Jorge Fernández Díaz se está comportando con ellas estos días tristes.

Sin embargo, pese al agua, a saber que escampará, y a llevarme la alegría de los políticos que desean poder mirar hacia atrás sin arrepentirse, mi pensamiento no deja de irse una vez y otra con la foto de Marimar Blanco del miércoles con Rajoy en La Moncloa.

Quien se sienta al lado del presidente del Gobierno es la hermana del concejal de Ermua mártir por la firmeza democrática de no plegarse nunca el Estado ante el chantaje terrorista. Me imagino cómo debe de estar tras la decisión del Tribunal de Derechos Humanos Europeo. Y cómo le caería el inoportuno análisis meteorológico de su líder.

La muerte de Miguel Ángel Blanco fue uno de esos terribles sucesos de los cuales la gente de bien conserva siempre en la memoria lo que hacía cuando se enteró. Yo recuerdo cómo rompí a llorar aquel día. Son hechos, pocos por cierto, que dejan huella en las conciencias y que jamás logran devorar los tiempos políticos y ni siquiera la brutal ansiedad mediática. Gracias a Dios.

Pues bien, dieciséis años después de aquel mazazo tremendo, ya simplemente me conformaría con que este Gobierno y el PP tuviesen claro que a las familias Blanco españolas, con Marimar como su mejor representante, como símbolo de quienes han sido mortificados por los asesinos, no se les puede pedir ninguna contribución más al drama de España.

Termino este artículo. Mariano Rajoy, por fin, tres días después, ha dicho que la sentencia que anula la doctrina Parot no le gusta nada. En Madrid ha parado de llover, pero el cielo sigue encapotado, señal de más lluvia.

Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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