El periodista aprovecha el lanzamiento de su nuevo libro para cargar tintas y airear viejas heridas

El doloroso aguijón de Peñafiel a doña Sofía por la muerte de su hija

El doloroso aguijón de Peñafiel a doña Sofía por la muerte de su hija
Reina Sofía RS

El libro «Los 80 años de Sofía, esposa, madre y abuela», escrito por el rencoroso Jaime Peñafiel -donde le echa a la emérita parte de la culpa del fracaso de su matirmonio con don Juan Carlos-, da para mucho. Al menos para él, que saca ahora a colación en su blog ‘Reino de Corazones’ una triste historia que tiene por protagonista a su hija, quien falleció a causa de su adicción a la heroína. (Peñafiel incendia Casa Real aireando los «errores» matrimoniales que ha cometido doña Sofía).

El mentado nunca le ha perdonado a la madre de Felipe VI el haber hecho mutis por el foro cuando aconteció el terrible suceso, y ahora vuelve a cargar tintas aprovechando la narración de marras en su artículo, donde le atiza por su actitud.

Asi, se refiere a «tristes sucesos en la vida del autor, en los que la reina Sofía no supo, no quiso o no pudo atender, lastimaron para siempre mis sentimientos hacia su persona que, el paso del tiempo va mitigando aunque no borrando».

Peñafiel se explaya así:

«Difícil pueda hacerlo. Porque, cuando acudí a ella, no para pedir, sino buscando la terapia de un consuelo, no la encontré. Posiblemente y, en el mejor de los casos, digamos que por un «malentendido». Dejemos no el beneficio sino el perjuicio de la duda que tanto lesionó mi afecto hacia ella. Que siempre lo tuve.

Todo sucedió cuando mi vida se vio truncada brutalmente al saber que Isabel, mi hija única, tan inteligente y bonita ella, y periodista como su padre, se encontraba, a pesar de su cultura, enganchada a la heroína.

Sabiendo que la Reina presidía una Fundación contra la droga, solicité una audiencia privada. No para pedirle nada, que nada podía darme en esas dramáticas circunstancias y momentos, sino buscando una respuesta creíble sobre los efectos de la droga que estaba matando a mi hija.

Pero no obtuve la menor respuesta. Solo una llamada del rey don Juan Carlos, a quien doña Sofía le había pasado mi carta. Y como ser humano con los sentimientos que le faltan a ella, me telefoneó entristecido por el drama que estaba viviendo.

El día que Isabel murió no solo conté con el muy sentido pésame personal del Rey, sino con la presencia del Jefe de Su Casa, mi paisano Fernando Almansa, en el misa de réquiem, de carácter privadísimo, oficiada por el padre Juan Ricardo Salazar Simpson, hermano de mi querida Felicidad Rato, en la cripta de la Iglesia de los jesuitas de la calle Serrano.

De la Reina, una carta de su secretario José Cabrera. Pienso que el terrible drama que yo estaba viviendo, y que acabó con la muerte de mi hija, se merecía algo más que una simple misiva de compromiso».

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