Ceuta arde.
Un mes después de la mayor avalancha migratoria de su historia, con más de 70.000 personas cruzando desde Marruecos en cuestión de horas a finales de julio, la ciudad autónoma española se encuentra al límite del colapso social. Calles saturadas, centros de acogida desbordados, enfrentamientos entre vecinos y migrantes, y una tensión que crece cada día. Mientras tanto, en Madrid, Pedro Sánchez sigue defendiendo a ultranza la “cooperación ejemplar” de Rabat y descartando cualquier responsabilidad marroquí.
Los datos son contundentes. De la oleada inicial, alrededor de 5.000 personas permanecen aún en Ceuta, según cifras oficiales, incluyendo más de 1.200 menores. Muchos duermen en la calle o en campamentos improvisados. Los vecinos denuncian inseguridad, robos y una sensación de abandono. La ciudad, con poco más de 80.000 habitantes, vive bajo una presión insostenible.
Y aquí entra el elefante en la habitación: Marruecos. La frontera está en territorio controlado por Rabat. La entrada masiva se produjo en un contexto de reivindicaciones marroquíes sobre Ceuta y Melilla, y con un historial conocido de uso de la migración como herramienta de presión.
Ceuta no es solo una crisis migratoria. Es un termómetro de la debilidad española frente a un vecino que sabe ejercer presión. Mientras el Gobierno insiste en la cooperación y culpa a actores externos, la ciudad sigue al borde del estallido. La pregunta que flota en el aire es clara: ¿hasta cuándo seguirá España aceptando que su frontera sur dependa de la voluntad de Rabat?
Para analizar lo último de la actualidad política del momento, Josué Cárdenas pasa revista a la agenda del día en una nueva edición de ‘La Burbuja’ este martes 1 de septiembre.