Las vilezas de Eduardo Haro Tecglen podrían figurar en la enciclopedia de la infamia

Cuando en 1980 murió Steve Mc-Queen, aquel actor con hermosos ojos de hiena, todo Hollywood se deshizo en recordatorios elogiosos. Se lo acababa de llevar para siempre un maldito cáncer y apenas si había cumplido los cincuenta.

En aquel coro de ensalzadores de uno de los tipos más despreciables, como persona y como actor, que diera un lugar tan poco propenso a la solidaridad y el encomio como la Meca del cine, hubo un individuo que afrontó las cámaras de los informativos en una de las más sublimes improvisaciones interpretativas.

Era Jack Nicholson, el canalla tierno, que no se cortó un pelo para decir de su colega fallecido: «Era un hijo de perra. Pero a mí no me gusta que se tenga que morir nadie, ni siquiera un hijo de perra».

Me he acordado de esto el otro día ante el fallecimiento de Eduardo Haro Tecglen y no he resistido la tentación de escribir sobre ello, impresionado hasta el pasmo por los homenajes varios y sobre todo por las coronas verbales que se engancharon al féretro, vacío por expresa voluntad del finado, que decidió ceder a la ciencia (sic) su espigado cuerpo de ochenta y un años cumplidos.

He leído con emoción no exenta de cierta perplejidad irónica que, según su segunda esposa, albacea de todo en vida y no digamos a partir de ahora, que las córneas de Eduardo Haro han ido a instalarse en un receptor que las necesitaba.

Me dicen los profesionales del ramo oftalmológico que tal hecho es difícil, tratándose de persona tan longeva y de vista tan deteriorada, pero no me extraña, porque sería la penúltima mentira del impostor consensuado, o lo que es lo mismo, todos los que saben quién era Eduardo Haro Tecglen me los imagino desternillándose de risa de sus propias palabras a la hora del homenaje, del artículo, de la remembranza.

Nunca pensé que iba a escribir una línea sobre Eduardo Haro Tecglen. Me lo había prohibido hace muchos años, exactamente en 1985, cuando me mandó una carta en la que, haciendo gala de su cinismo blindado, me señalaba que no recordaba nada del pasado y menos aún de los sucesos españoles hacia 1959 y 1960 sobre los que él siempre se había jactado y yo quería ratificar. No era un mentiroso, era algo peor; era un cínico.

Un cínico de la escuela de Madrid, para diferenciarlos de los de la escuela de Atenas. Y después de haberme prometido no escribir una línea, resulta que el otro día me encuentro abocado a un dilema metafísico. De metafísica española posfranquista. El de… ¿lo escribo o lo metabolizo?

Pertenezco a una generación que llega a la literatura, a la historia o al periodismo, o a lo que sea, apenas terminada la era del cólera, con Franco muerto pero oliendo mucho y unas colas de espanto que despedían a la momia. Y si esperamos tanto, no fue porque éramos más tontos ni menos inteligentes ni menos cultos ni menos nada, salvo menos cínicos, menos cobardes y, sobre todo, muy ingenuos. España es el único país de Occidente donde la ingenuidad está considerada un delito social.

La transición democrática, de cuyo éxito ahora se hacen cruces los que la boicotearon, elevó a la categoría de bien público la doblez y el cinismo. El periodismo de la era franquista sólo se diferencia del periodismo de Mussolini en que terminó bien y hubo tiempo para todo. El dilema metafísico generacional de los cincuentones como yo se reduce a una pregunta: ¿lo escribo o lo metabolizo?

Como en general tendemos a metabolizarlo, porque salen como hongos los chicos de la Congregación para recriminarnos algo así como el resentimiento o la ira o la indignación, uno no puede menos que echarse a reír. ¡Estúpidos, si mi generación es privilegiada!

Cómo habríamos de quejarnos, si el que quiso se montó al carro y se instaló, sin que nadie le preguntara nada, e incluso con un halo de heroísmo que le sirvió para sacar pecho.

Hace años, cuando mis hijos estaban aún en edad de enterarse de algo, cada vez que aparecían en la televisión el presidente y el vicepresidente de la compañía Iberia, me estoy refiriendo a la pareja Irala-Mullor, yo les convocaba para una reflexión histórica y les decía: «Pensad, hijos, que estos dos caballeros que capitanean la Empresa Emblemática de la Españolidad en el Mundo, el primero es hijo de un importante agente de la CIA, el mítico Antón de Irala, nacionalista vasco y ciudadano de Estados Unidos; y el otro, Ángel Mullor, fue miembro del aparato del Partido Comunista de España, a las órdenes entonces de un coronel de tanquistas del Ejército Soviético, Francisco Romero Marín, entre nosotros El Tanque.

¿Acaso, hijos míos, hay cosa más emblemática de lo que fue la transición española que ésta?».

Ni niño republicano, ni rojo fetén, ni periodista incorruptible, Eduardo Haro Tecglen, como muy bien sabían sus hijos y no se cansaban de repetir a quien quisiera escucharlos – nuestros hijos son el espejo cóncavo de nuestras vidas-, era un periodista típico del franquismo, lo que entonces se denominaba periodista de empresa.

Hacía lo que le mandaban y un poco más, para ganarse el plus de confianza. El que a los veinte años, en noviembre de 1944, escribiera aquel Dies irae en el que baboseaba a Franco y a José Antonio, estaba en la dinámica de la situación y si hubiera sido un hombre cabal lo hubiera admitido sin más, pero lo justificó como los delatores de las novelas alegando que lo había hecho para salvar a su padre, condenado a muerte.

Aún recuerdo la indignación de un condenado a muerte de verdad, como el dramaturgo Antonio Buero Vallejo, ante la impostura y el desparpajo de Eduardo Haro; incluso le hizo despreciable personaje de una de sus obras en la figura de un crítico de arte, daltónico inconfeso. Las vilezas de Eduardo Haro contra Buero Vallejo podrían figurar en la enciclopedia de la infamia.

Lo que nadie quiere contar, porque buena parte de la profesión hoy académica y circunstancial empezó ahí, creció ahí y trepó ahí, es que Eduardo Haro Tecglen fue uno de los muchachos creciditos de la cantera de Víctor de la Serna y Espina, hijo de doña Concha Espina – qué cruel es el destino de los novelistas gozosos, acaba de pasar su centenario y nadie se ha acordado de ella, la única escritora española que fue capaz de exigir a Franco que se cambiara el nombre de un pueblo, en Cantabria, para que se llamara como su novela, Luzmela, y lo consiguió-. Don Víctor, cuyos nietos a lo que creo aún ejercen y bien, era un erudito de la gran cantera cántabra. Escribió mucho y en ocasiones bien, pero pasaría a la historia por hechos tan sencillos como dirigir el diario pronazi Informaciones ,por un consomé del restaurante Horcher, en Madrid – que no sé si seguirá en la carta y que se decía consomé Don Víctor – y por varios chistes que circularon en los años cuarenta. «Mein Fhürer, ¿cómo marcha la guerra?», le preguntaban a Hitler. Yel dictador respondía: «No tan bien como dice Víctor de la Serna, pero…». En ese caldo fructificó Eduardo Haro y luego fue corresponsal en París, y representante internacional de la prensa franquista (con el padre del ex presidente Aznar viajó a Gran Bretaña para mostrar lo libres que eran los periodistas españoles en la España franquista de 1952).

Luego vino Tánger, el diario España ,que acabó como el rosario de la aurora, en su caso no tanto por el ahogo periodístico sino por la famosa trampa del número de la lotería premiado. Una historia digna de Balzac o de Dumas que obligó a salir corriendo de Tánger a Eduardo, que era un implicado de menor cuantía, y a otros de mucho mayor fuste como don Antonio Pedrol Rius, futuro presidente de los abogados de toda España, y Andreu Abelló, político socialista con notables intereses financieros. En la revista Triunfo se acogió a la buena voluntad de dos levantinos, Ezcurra y Pepe Monleón, y allí hizo de todo. Lo leíamos en sus innumerables heterónimos, porque escribía a destajo para cubrir a familia tan numerosa, pero es radicalmente falso que él descubriera y publicara a Manolo Vázquez Montalbán y sus emblemáticas Crónicas sentimentales de España .Retuvo el texto durante meses con una frase suya característica, que algunos supervivientes recordarán mejor que yo, «¡Estos jóvenes, qué van a saber de la España de posguerra!», en referencia implícita a que desconocían las paellas con puta en Riscal, las farras en Pasapoga y las fiestas de Perico Chicote.

Me conmueve el silencio de tantos de los afectados por la malevolencia y el miedo de Eduardo Haro, que deben estar pasmados ante el rebomborio de su libertad, de su valor y de su audacia antifranquista. Fue un cobarde toda su vida. Echó, por rojos, a Nicolás Sartorius de Triunfo – no una, sino dos veces- y aprovechó un accidente del entonces militante Eduardo García Rico para despedirle. En 1978, tres años después de la muerte de Franco, prohibió que yo mismo escribiera en Triunfo ,después de la primera colaboración, porque consideraba que mi vieja militancia comprometía a la revista. Convertido en un juguete roto, lo recogió Juan Luis Cebrián, procedente como él de la cantera de Informaciones ,para las críticas de teatro en El País ,donde su desvergüenza alcanzó lo inenarrable porque parecía una condición inevitable el hecho de que contrataran a su segunda esposa, Concha Barral, en lo que en el gremio teatral era conocido como «el impuesto revolucionario de Haro», y de cuya eficacia se puede comprobar juzgando las críticas con impuesto y las críticas sin impuesto .

Nunca me interesó demasiado la impostura de su posición de rojo, republicano, de perdedor. A quienes estábamos en el secreto nos parecía la última careta del cínico que siempre fue, y si algo había de patético era escuchar las loas de tanto desinformado elogiando el valor y la audacia y la independencia genuina de este dechado de malignidad. De sus seis hijos, cuatro murieron en esas atroces circunstancias – drogas o suicidios- que le echan a cualquier padre una dosis de responsabilidad amilanadora. No fue el caso. Quizá con el suicidio último de su hija pasó a la faceta de herido por la vida que no se creía ni él.

Se construyó en los últimos años un personaje que tenía su gracia, porque era tan representativo de la gran impostura de las biografías posfranquistas que, casi casi, se podía decir que modélica. Tanto, que un buen puñado de almas cándidas se lo creyeron. De los que escribieron las necrológicas y lo conocieron de verdad, puedo asegurar que ni uno.

La respuesta indignada de la mujer del fallecido

Por Concha Barral

Aseguro que me duele leer este artículo. Mucho. Intento buscar las razones que han llevado a esta persona a decir tantas mentiras. Porque lo que dice no es verdad. El debe creerlo y, sobre todo, debe justificarle para tantas cosas como asegura que a él mismo le han sucedido en la vida.

Algunas de sus afirmaciones puedes ser desmontadas simplemente con datos que se encuentran en documentos públicos. Otras pertenecen a la suposición malediciente. Otras forman parte de la intimidad de Eduardo, como sus sentimientos ante la muerte de sus hijos. Pero no entiendo como puede escribir: «Quizá con el suicidio último de su hija pasó a la faceta de herido por la vida que no se creía ni él». No lo entiendo. No puedo comprender como hace esta afirmación aunque solo haya tenido el tiempo de reflexión de la propia escritura de la frase.

Quedan vivas y con voz muchas personas que vivieron los años de Triunfo, que estaban presentes los días que se leyeron los textos de aquel joven Vázquez Montalbán, y él propio Manolo ha escrito muchas veces su agradecimiento a Eduardo por publicar su primer trabajo. Pero ¡qué mas da!

Lo que escribe sobre mi no tiene la más mínima importancia: no he podido ser impuesto revolucionario de ningún teatro porque no he cobrado de ningun teatro. Una vez, por ayudar al productor que no tenía dinero, hice gratis la grabación musical de una obra de Buero Vallejo (¡que paradoja!). La crítica de Eduardo fue mala. No creo que Buero esperara que por contar con mi ayuda la crítica de Haro fuera a ser buena si a Eduardo no le interesaba la obra; Antonio Buero Vallejo sabía perfectamente como era Haro.

José Luis Gómez a quién intenté ayudar con la versificación de «La vida es sueño» debe recordar aún con terror el vapuleo que nos dio Eduardo por aquella representación. Tampoco Gómez es un ingenuo, me parece, que buscara una coartada conmigo. Nunca más he entrado a un teatro por la puerta de artistas. Y les he echado mucho de menos. Pero Eduardo decía: no solo hay que ser honesto sino parecerlo. Tenía, evidentemente, razón.

Eduardo no ha sido jamás un juguete roto. Pero si Juan Luis Cebrián lo hubiera «recogido» en pedazos no dejaría de haber hecho algo excelente para El País. Y para los que hemos tenido la oportunidad de leerle. A los que nos ha servido.

Lo siento por usted que no ha hecho más que reafirmarle en sus premisas y que sólo le ha dejado la confirmación de que era un farsante mientras usted, tan real, no ha conseguido nada.

Me gustaría que todo eso lo hubiera dicho cuando Eduardo podía contestarle, pero ha esperado a que esta orgullosa albacea, despues de respirar hondo y sacudirse el rencor, rebusque en el equipaje de su compañero muerto.

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