Es divertido ver a ‘Público’ ensalzando a un empresario que, con su modelo, no hubiera llegado a nada

Los muertos siempre salen a hombros

IU da testimonio del poder del mercado al vender a 5 euros camisetas anti-Esperanza que le cuestan 3

Los muertos siempre salen a hombros
Las camisetas verdes de la huelga de profesores. EFE

En lo informativo, los muertos son una gozada. Cualquiera puede reivindicarlos sin miedo a que les contradiga el interesado, nadie habla mal de ellos y son los únicos, como decía Jardiel Poncela, que por mal que lo hagan siempre salen a hombros.

Eso permite a la izquierda mediática exaltar al difunto fundador de Apple, Steve Jobs, aunque cualquiera que dedique dos minutos a pensar se dará cuenta de que, en el modelo social al que aspira la progresía, Jobs no iría a ninguna parte.

‘Bad job, Roures’

El más gracioso en este sentido es el trotskista ‘Público’ con su apertura «Good job, Jobs. Muere el genio que cambió nuestras vidas’.

En alguno de los paraísos socialistas con los que sueñan los chicos de Roures, un inconformista emprendedor como Jobs sería, en el mejor de los casos, un funcionario frustrado y, en el peor, un ‘represaliado’ por desviacionismo burgués.

Si no, que se lo cuenten a los internautas cubanos, lo que es innovar en la patria de los trabajadores.

‘Público’ puede exultar ante las posibilidades que nos ofrecen los aparatitos de Mac; otra cosa es que pasen por encima del sistema que ha permitido que los 47.000 empleados de Apple generen más valor que los 1,2 millones que ocupan todas las compañías del Ibex (una pista: los mercados).

Lo decía Von Mises y se lo copio a Juan Ramón Rallo:

«Todas las personas, por muy fanáticas que puedan ser en sus diatribas contra el capitalismo, implícitamente le rinden homenaje al clamar apasionadamente por los productos que crea».

Del triunfo del mercado dan testimonio los adolescentes más izquierdosos cuando convierten la cara del Che en producto de consumo masivo o mi amigo Joan Tubau cuando se sacó sus buenos euros vendiéndole cervezas a los ‘indignados’ de Barcelona.

O, más recientemente, Izquierda Unida vendiendo a cinco euros una camiseta anti-Esperanza que les cuesta tres.

En negro, naturalmente, que somos rojos pero no imbéciles.

Es curioso que haya sido tras la muerte de Steve Jobs, epítome de lo que puede conseguir un genio en un mercado libre, cuando ha aprovechado el reverendo Gabilondo para preguntarse en su prédica diaria si es «sostenible el actual modelo económico».

Confieso que al leer el titular dubitativo he estado por lanzar las campanas al vuelo, que hay más alegría en el reino por un pecador que se convierte que por 100 juntos que continúan siéndolo.

¿Al fin se ha dado cuenta don Iñaki de que no tiene sentido que cada vez más vivan de gorra a costa de cada vez menos; que la bicoca del ‘gratis total’ estatista tiene las horas contadas, que el intervencionismo ahoga la creación de riqueza?

Modelos piramidales

No parece. Y eso que Gabilondo llega a preguntarse si no estaremos «viviendo un juego piramidal a lo Madoff, pero a escala internacional», que es la imagen perfecta del Estado de bienestar al uso. Pero no. Se trata del «modelo de crecimiento ilimitado».

Lo que tendríamos que hacer, insinúa Gabilondo, es decrecer. Aunque podemos imaginarnos dónde pondría el grito si un Gobierno pepero anunciara una reducción del PIB.

Gabilondo olvida al hombre del momento y lo que representa; Gabilondo olvida, teniendo el cadáver de Jobs todavía caliente, que el principal recurso en la creación de riqueza es el ingenio humano, y que para que este florezca sólo necesita libertad.

No es ‘comme il faut’ hacerlo notar, pero en medio siglo la izquierda ha dado un giro radical. Ha pasado de ser el adalid del pueblo, lo popular, a convertirse en los peores elitistas.

Basta que algo guste al común, no digamos si es especialmente popular entre la clase baja, para que la izquierda abomine de ello, calificándolo, naturalmente, de «comercial». No hay una sola muestra de «arte» alabado por la izquierda ‘divine’ que no provoque la carcajada o el disgusto del obrero.

La cosa, me reconocerán, tiene su gracia. Javier Vizcaíno en su ‘blog‘ de Deia, bajo el titular «Más que palabras», me proporciona el ejemplo perfecto, a cuenta de la boda de la Duquesa de Alba, evento especialmente comentado en peluquerías y locales asimilados.

«Qué tremenda declaración de principios, qué autorretrato más certero, el del diario de mayor difusión de este trozo del país, ese al que le filtran los informes trileros de duplicidades, al dedicar ocho décimas partes de su primera de ayer al bailoteo de una señora que si fuera nuestra abuela no sabríamos dónde meternos.

‘Tal vez es porque, aunque nos duela, es lo que le interesa a la gente’, me contestó alguien en Twitter, donde corrí a llorar mis penas tras el retortijón provocado por la visión de esa portada».

Agh, qué asco de chusma, ¿verdad, Javi?

 

 

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