En memoria de un gran reportero español

Hace 10 años que asesinaron a Julio Fuentes y le echamos en falta

Le encantaba el periodismo y fue de los que se abrió paso, sorteando todo tipo de obstáculos, rechazos e incomprensiones

Hace 10 años que asesinaron a Julio Fuentes y le echamos en falta
Julio Fuentes. EP

A Julio, que intentó defenderse, le rompieron la mandíbula de un culatazo; luego le cortaron varios dedos para robarle el anillo

Me acuerdo muchas veces de Julio Fuentes. Han transcurrido ya diez años, desde el día aciago en que unos facinerosos lo asesinaron en un recodo del tortuoso cañón que lleva de Jalalabad a Kabul y a menudo, cuando me hundo en esas soledades en las que los hombres hablan consigo mismos o con Dios, me viene a la memoria su rostro.

Era un chaval a quien yo quería. Le encantaba el periodismo y fue de los que se abrió paso como reportero, sorteando todo tipo de obstáculos, rechazos e incomprensiones.

Todavía, cuando voy por esas universidades donde la gente no tiene ni memoria ni cultura, como ejemplo de buen hacer, cito una crónica suya escrita en Sarajevo.

Es una pieza memorable, sobre la muerte por frío de dos recién nacidas en la ciudad sitiada y debería estar clavada en la entrada de las redacciones y en los tablones de anuncios de las facultades.

Julio perdió la vida por salir en defensa de una periodista italiana, que iba con él en el vehículo y a la que los fanáticos asaltantes golpearon. Cayó en la guerra, en plena acción y apenas se le rememora. Su nombre no se cita, su imagen -un poco triste porque él lo era- parece haberse evaporado.

A diferencia de otros, que no tuvieron para esta profesión ni una centésima del peso que tuvo Julito, no se montan cada año premios u homenajes en su honor. Y me duele.

Es el nuestro un país desmemoriado y desagradecido.

NOTA.- El diario ‘El Mundo’, para quien trabajaba Julio cuando segaron su vida, publica este 19 de noviembre de 2011 dos piezas en memoria del compañero caído en acción -una firmada por Fernando Múgica y otra por Gervasio Sánchez- y un pequeño suelto editorial, donde explica que todo empezó la tarde anterior de aquel 19 de noviembre de 2011.

Julio había enviado una crónica brillante. Se trataba, una vez más, de una exclusiva. Había encontrado en una base abandonada de Al Qaeda unos estuches de cartón que contenían ampollas. En los envoltorios podía leerse en ruso, con caracteres cirílicos: gas sarín.

Llamó muchas veces a la redacción para asegurarse de que entendíamos la importancia del hallazgo. Comentó, casi de pasada, que había organizada una caravana de periodistas para ir desde donde estaban hasta Kabul. Advirtió de que no las tenía todas consigo y de que el cuerpo le pedía quedarse en Jalalabad, donde aún quedaban buenos temas por cubrir. Su jefe le ordenó que se metiera en la expedición. Siempre fue rebelde pero guardaba una lealtad sin límites hacia el periódico.

Al amanecer hizo su equipaje a toda prisa y se reunió con una treintena de colegas que habían formado ya la caravana. No pudo ir en el coche de TV3 porque estaba al completo. Consiguió meterse en un Toyota gris junto a su colega del Corriere della Sera, María Grazia Cutuli. El destino quiso que su conductor adelantara a todos y su vehículo se pusiera el primero.

Estaban a 90 kilómetros al este de Kabul cuando entraron en una carretera serpenteante. A un lado, el precipicio del valle de Sarobi y al otro, unas rocas abruptas sin vegetación. Era el lugar perfecto para una emboscada.

Junto al puente de Tangi Abishum, unos afganos armados los detuvieron. Pararon al segundo coche, en el que viajaban dos reporteros de Reuters, el cámara australiano Harry Burton y el fotógrafo afgano Azizullah Haidari. Les hicieron bajar del vehículo.

Los apartaron de la carretera. Sonaron unos disparos de kalashnikov. Los cuatro periodistas estaban muertos. A Julio, que intentó defenderse, le rompieron la mandíbula de un culatazo. Luego le cortaron varios dedos para robarle el anillo.

Sus cuerpos permanecieron durante todo el día en la cuneta mientras llegaban fragmentos de información a nuestra redacción. Nadie quería creérselo en aquella interminable jornada.

 

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