Revista de prensa / Columnas del templo

Patxi López acabará devorado por los batasunos

Hermann Tertsch dedica su columna de ABC —El aurresku de Von Papen— a Franz von Papen, un aristócrata y político alemán al que los historiadores acusan de haberle dado  el paso al poder a Adolf Hitler. ¿Y por qué?

Me preguntarán que a qué viene la historia de este señor. Me acordé de él mientras hablaba una paupérrima caricatura suya en el Parlamento de Vitoria. Dignidad y miseria no los determina la cuna. Y me imaginé a Von Papen gozando de un aurresku con el lendakari, tan preocupado y devorado por sus nazis como aquel por los suyos.

Santiago González, en El Mundo, le da otro capón a Von López —Batasuna se adelanta–:

El lehendakari citó a Mario Onaindía en apoyo de sus tesis. «[Mario] decía con profundo dolor: ‘Vivo en un país donde se reivindica el asesinato’». Lo citó con buena intención, para expresar su deseo de que en la sociedad vasca del futuro «nunca más pueda afirmarse algo tan terrible».

No está mal, pero la cita es falsa (sic). Mario presentaba en una librería de Bilbao una novela de mi amigo Jorge Martínez Reverte, Gálvez en Euskadi, y comentó con sorna la inverosimilitud de una novela policíaca vasca: «Es que aquí, el crimen se reivindica».

Ese vicio lo padece la izquierda desde los años 70. ¿Recuerdan las exaltaciones del Vaquilla y del Lute, como víctimas de la sociedad?

A la gente enchufada en el Presupuesto y que no lee más que los resúmenes de presa quizás les parezca que González y Tertsch abusan de las citas y de las referencias históricas, pero qué le vamos a hacer. ¿No estamos todavía con que si Franco era malo o peor?

Juan José Millás da en El País un ejemplo del pensamiento progresista —¡Era tan normal!–: «Los sabios proclaman con énfasis que la lengua es un ser vivo y luego le niegan el principal atributo de los seres vivos: el sexo». Así que los seres humanos, que son seres vivos, tienen como principal atributo no el alma (hablamos de un progre), no la razón, no el habla, no la memoria, sino el sexo (hablamos de un progre). Y añade:

En tal caso, deberíamos deducir que la lengua, además de un ser vivo sin sexo, sería una psicópata, al modo de los asesinos en serie capaces de disimular su condición hasta el punto de pasar por gente encantadora.

¿Se dan cuenta de cómo Millás introduce ideas en el progre, que está ocupado con el sexo para que empiece a ver a los académicos de la Lengua como a Jack el Destripador? Qué sutileza. Y eso que fue su periódico el que comenzó la polémica.

En La Voz de Galicia, Inma López Silva mantiene el sexo como elemento definidor del pensamiento progresista —De muller a ministro–. Seguimos con la discriminación que sufren las mujeres y recurre a los tópicos de la Transición, en los que une aborto, libertad individual y mujer.

Por iso, e como se dixo nos 80: se nós parimos, nós decidimos. E farémolo digan o que digan, porque o fixemos desde que a muller é muller.

Entonces, si ellas deciden, ¿por qué les piden pensiones a los padres, a los que ella niega toda capacidad de decisión en el parto? Porque nadie se embaraza sola o solo.

María José Navarro es una de esas mujeres para las que se inventó el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Si no fuese mujer, ¿creen que le publicarían sus columnas en La Razón? En la de este 9 de marzo de 2012 habla del tráfico en Madrid —La fama–, tema habitual en la prensa de la villa y corte desde hace unos sesenta o setenta años. Originalidad ante todo. Y escribe:

Los propios taxistas también saben (porque te lo dicen ellos) que los peores enemigos de ellos mismos son ellos también.

María José, tú, que escribes billetes, no te costará tanto releer las columnas para evitar al menos las redundancias. Ya que no tenemos ideas originales, tengamos un estilo correcto.

En el mismo periódico, José María Marco trata un asunto, la decadencia de Europa, que en países por civilizar, como Alemania y Francia, algo interesan, mientras que en España estamos en el encaje del «compañeros y compañeras»:

Parece que nos habíamos acostumbrado a la idea de que el progreso estaba garantizado, que podíamos confiar en el «sistema» y que no necesitábamos trabajar demasiado. Había cundido la tentación de hacer del ocio y de la seguridad el ideal de nuestras vidas. Ortega solía hablar de esto como de una forma de suicidio.

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Autor

Antonio Chinchetru

Licenciado en Periodismo y tiene la acreditación de suficiencia investigadora (actual DEA) en Sociología y Opinión Pública

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