Tienen la cara de piedra. Juan Carlos Rodríguez Ibarra, presidente de Extremadura entre 1983 y 2007 y jubilado de oro, y hasta prejubilado de la Universidad de Extremadura, se arroga la facultad de darnos consejos a los españoles en El País sobre el fracaso del sistema educativo.
El sistema educativo vigente sigue mirando a la sociedad industrial, que se está yendo, por lo que resulta inútil seguir educando alumnos para insertarlos en una sociedad que cada día se diluye más.
Éste es el reto que tiene planteado la educación española, saber qué sociedad se está conformando para formar profesionales que se adapten a esa nueva sociedad. Y esa debe ser una tarea de la Universidad.
¡Y lo dice el que inventó la celebérrima Universidad de Extremadura!, ¡el que comenzó las subvenciones a la memoria histórica en vez de a la constitución de nuevas empresas o polígonos industriales!, ¡el que impidió la construcción de la central nuclear de Valdecaballeros!
La queja de Juan Carlos Rodríguez Ibarra recuerda a los gerifaltes franquistas que en la Transición echaban pestes del franquismo mientras seguían en el coche oficial y en el chalé construido con su sueldo público y sus comisiones privadas.
Ahora comparemos las melonadas de un mandarín de nuestra clase política, que dispone de las páginas nobles de El País, con otras opiniones, más acertadas, pero, desde luego, minoritarias.
La primera, en ABC, de Hermann Tertsch, que salta del pasado, de 1812, al presente:
Era y es Cádiz una gran bandera para la necesaria batalla de las ideas en nuestro país, para la liberación definitiva del permanente acoso por parte de los enemigos de la libertad y del derecho, los igualitaristas del resentimiento y del miedo, los nacionalismos tenebrosos y reaccionarios y el deterioro de la convivencia y el encanallamiento en esta sociedad mediática.
La segunda, en La Voz de Galicia, donde Jorge del Corral constata el nacimiento de una nueva clase social, que no está representada por los partidos tradicionales, sino por los nuevos, considerados populistas:
Para el catedrático Guy Standing, una nueva clase ha estado creciendo como una realidad escondida en la globalización hasta emerger con la crisis. Es un precariado de varios millones de personas que carece de todo anclaje de estabilidad, está excluido económica y culturalmente, entra y sale del desempleo y se mueve en la economía sumergida y las redes sociales.
Standing define a sus miembros como nómadas urbanos, con cuatro características comunes: la ira, la anomía, la ansiedad y la alineación. No son solo jóvenes, también mayores que ingresan en sus filas ante la crisis del sistema de pensiones.
(Como de costumbre, esta idea original no la he enunciado un español, sino un extrajero.)




