OPINIÓN / Mariano Guindal

El retorno de tecnócratas o el triunfo de la razón

El primer presidente de la CEOE, Carlos Ferrer Salat, me comentó hace ya muchos años que la clave de un buen gobierno no está en que lo dirijan tecnócratas o políticos, lo importante es que tenga a su favor el viento de la Historia.

«Si el gobernante tiene claro el rumbo que tiene que seguir superará los contratiempos y dificultades con que sin duda se encontrará en el ejercicio de sus responsabilidades, pero si va a favor de la corriente, ésta terminará por llevarle a su destino».

En una situación como la actual el debate no está tanto en elegir entre la despolitización o la tecnocracia, sino en encontrar el rumbo. Durante estos 36 años de democracia, España ha sufrido cinco recesiones y ha salido de todas ellas. La razón es que teníamos un objetivo definido: ser una democracia, formar parte de Europa, estar en el euro, y lo conseguimos.

Ahora el nuevo proyecto colectivo es formar parte del núcleo de cabeza que impulsará la creación de los Estados Unidos de Europa. Una meta difícil que nos obliga a superar la Gran Recesión. Para conseguirlo el presidente del Gobierno ha nombrado unos ministros con reconocida solvencia técnica, como el ministro de Economía, Luis de Guindos, o el de Hacienda, Cristóbal Montoro.

Éstos a su vez se han rodeado de personas muy bien preparadas que podrían ser calificados como «técnicos». ¿Significa esto que regresa el gobierno de tecnócratas nombrado por el General Franco para que gestionase el Plan de Estabilización de 1959?

Creo que no. Nadie puede cuestionar al nuevo equipo gubernamental su legitimidad y representatividad, aunque alguno de sus miembros no se hayan presentado a las elecciones ni militen en un partido político. Todos ellos han sido designados por un Presidente que representa la voluntad popular.

Por el contrario, el llamado gobierno de los «lopeces» -López Bravo, López de Letona, López Rodó- no tenían esa legitimidad democrática porque habían sido elegidos por un dictador, cuyo poder se asentaba en haber ganado la Guerra Civil.

Pero es cierto que existe un cierto paralelismo. Ahora igual que entonces España se encuentra en una situación crítica, al borde de ser intervenida por el FMI para evitar una suspensión de pagos. Esto nos hace depender de la financiación exterior para salir adelante. Para obtener los créditos que necesitamos los prestamistas nos exigen garantías que les aseguren que vamos a devolverles el dinero, con los correspondientes intereses.

Por esta razón imponen una devaluación interna, consistente en una drástica contención de costes que nos permita ganar competitividad para vender al exterior nuestros productos y servicios. Solo así podremos obtener el dinero que necesitamos para pagar nuestras cuantiosas deudas. Esto implica enormes sacrificios para los ciudadanos y los políticos se resisten a tomar esas decisiones porque temen que la furia de sus votantes acabe políticamente con ellos.

Franco cuando tuvo el agua al cuello encargó a un grupo de «tecnócratas» (literalmente «gobierno de los técnicos») que articulasen un Plan de Estabilización Económica que nos sacase de la crisis. Entre ellos se encontraban Alberto Ullastres (Comercio), Mariano Navarro Rubio (Hacienda), y Laureano López Rodó como jefe de la Secretaría General Técnica de la Presidencia.

Éstos a su vez encargaron a una serie de economistas de talante liberal y democrático que elaborasen las medidas. Formaban parte de aquel grupo Joan Sardá i Dexeus, Enrique Fuentes Quintana o Fabián Estapé. Todos ellos amparados por el Almirante Luis Carrero Blanco que era absolutamente consciente de que a España no le quedaba otro camino que formar parte de Europa. Por esta razón convenció a Franco que pidiese formalmente al presidente de la CEE iniciar las negociaciones para vincular España al mercado común.

Aquel Plan suponía terminar con la autarquía. No es cierto que los mercados trajeran la democracia y el libre mercado a España, ni que Franco quisiera poner fin a lo que consideraba una parte consustancial a su Régimen, es que no le quedó más remedio. La caja estaba vacía. De hecho, él mismo y los falangistas se opusieron con uñas y dientes a que se aplicase, y consiguieron retrasarlo un tiempo, pero al final el sentido común se impuso.

El viento de la historia no soplaba hacia el aislamiento. Los mercados financieros sabían que la única manera de recuperar sus préstamos era que España se acercara a Europa.

Esa fue la razón, y no otra, por la que el Generalísimo acabó nombrando un gobierno de «tecnócratas», no porque estuviesen ligados al Opus Dei, sino porque técnicamente eran los mejores y los que más confianza darían a los mercados para que siguiesen prestándonos dinero. Lo mismo sucede ahora. Para ganar de nuevo la confianza de los inversores se necesitan gestores más que ideólogos.

¿Significa eso que los «técnicos» no son políticos? En absoluto, son políticos que saben qué rumbo hay que seguir.

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Mariano Guindal: Como periodista económico, uno de los más prestigiosos de España, colabora en los programas «Kilómetro 0» de Telemadrid y «Capital» de Radio Intereconomía, además de ser columnista de El Economista. La mayor parte de su larga trayectoria profesional ha discurrido en La Vanguardia, donde ha sido Redactor Jefe y editorialista. Es autor del libro «El declive de los dioses», que se está convirtiendo en una obra de referencia.

UNO es la publicación enseña de LLORENTE & CUENCA dirigida a clientes, profesionales del sector, periodistas y líderes de opinión, en la que invitados de España, Portugal y América Latina, junto a nuestros socios y directores, analizan temas de actualidad política, económica y social y su relación con el mundo de la comunicación. Su nacimiento responde al objetivo de generar contenidos profesionales y desarrollar nuevas ideas que nos referencien como líderes intelectuales en nuestras áreas de conocimiento dentro de los mercados de habla hispano-portuguesa.

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Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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