¿Publicaría Torres una columna contra la religión que exhorta lapidar a los sodomitas?

Maruja Torres se une al linchamiento mediático contre el obispo de Alcalá por «osar» opinar

Para Manuel Cruz (El País) los únicos filósofos buenos son los de izquierda

El 6 de noviembre de 1917 en San Petersburgo, el 14 de julio de 1789 en Madrid, el 18 de julio de 1936 en Madrid, la gente salía a cenar, compraba y vendía y hacía negocios y veía a sus amigos y estaba a sus asuntos. No pasaba nada. Nunca pasa nada. Sesgo de normalidad (Normalcy bias) es como lo llaman los historiadores.

La gente se niega a creer que vaya a suceder algo sustancialmente distinto a lo que está acostumbrada a vivir. Ya ha habido crisis antes, ya lo hemos pasado mal otras veces, dicen, igual que los franceses podían pensar que el asalto de la Bastilla era obra de unos alborotadores, que las ideas revolucionarias llevaban décadas circulando por los salones de la gente bien y, al final, nunca pasaba nada. Nunca pasa nada.

REBELDES SIN COSA

Hasta que pasa. «La rebelión contra la austeridad fiscal de Merkel crece en Europa» es el titular con el que abre El País. Nadie quiere ver que se han terminado los días de vino y rosas; nadie está dispuesto a creerlo. El sistema ha funcionado para nuestros abuelos, para nuestros padres; hasta ahora, para nosotros: ¿por qué va a dejar de funcionar? ¿Por qué no va a seguir para nuestro hijos, indefinidamente? «La alternativa Hollande estimula a los países más dañados», subtitula.

Lo leí en Twitter, aunque lamento no recordar a quién: no puede recortarse lo que no se tiene. Y en esa idea, en esencia, reside el drama de nuestra actualidad y todo lo que los medios de la izquierda -y, seamos justos, casi todos los de derechas- no están dispuestos a aceptar.

La izquierda, que nació como vanguardia de la modernidad, se ha visto reducida a eso, a reacción numantina contra lo que, inevitablemente, nos llega. Nada hay ya más conservador que los progresistas.

Ayer me dejé en el tintero una tribuna de El País que lo explica mucho mejor de lo que podría hacerlo yo, «Cómo se reconoce a un filósofo de derechas«, de Manuel Cruz. Lo maravilloso del texto es que el argumento no discurre por los cauces esperados de verdad y falacia, de lo que funciona o lo que no, sino de buenos y malos.

Al final, el autor viene a darle la razón a este humilde Trasgo cuando insiste en que la izquierda no es una ideología, sino, para la élite, una coartada, y para los seguidores, una etiqueta de superioridad moral. «Desconfíen ustedes -concluye Cruz- de quienes jamás tienen presente en sus escritos a la creciente multitud de los que padecen en sus propias carnes el sufrimiento, el dolor o la explotación generados por una estructura social y económica injusta. Una ausencia tan clamorosa no puede ser olvido ni descuido: es opción firme y decidida».

Es, como habrá adivinado el lector, absolutamente irrelevante que la ideología que «tiene presente en sus escritos» a los sufrientes haya multiplicado históricamente su sufrimiento y que, cuando lo ha reducido, haya sido por el expeditivo método de suprimir al sujeto que sufre. Lo importante, se sabe, es la intención.

Toda esta compasión de corazón sangrante tiene sus obvias excepciones en forma de guillotinas, gulags y exhortaciones a ahorcar al último capitalista con las tripas del último cura. Tener presente a los que sufren es lo que tiene, que lleva a hacer sufrir al que se ponga por delante.

Así, la izquierda exquisita pierde el oremus -nunca mejor dicho- cuando topa con sus verdaderos enemigos, y emplea un lenguaje que, en sus rivales, no dudaría en calificar de «feroz». Lean «Obscenos«, de Maruja Torres en El País, y traten de aplicar toda esa bilis a cualquier otro estamento, grupo o ideología.

Hablamos, claro, de la Iglesia: «Me introduzco en la web del atareado obispo Reig, de Alcalá, hombre de la Iglesia tan ensimismado en salvar gays que no se ha dado ni cuenta de que su forma de vestir constituye una incitación grandísima para entregarse a manifestaciones homo eróticas a lo Cecil B. De Mille. La página es sencilla pero intensa. Lo primero que descubro es la pestilente modestia. Su diócesis se anuncia como el servicio de Dios permanente, y a la derecha, las manos unidas en plan piadoso de la hostia, la propia efigie del mismo señor Reig clama en latín, ajeno a lo tentador que resulta, y dentro de una especie de bocadillo: Múestrate como Madre. Si yo fuera homo, que no me importaría, saldría corriendo en busca de una adopción o de un vientre de alquiler».

OBJETIVO LEGÍTIMO

Es lógico que la Torres no sea ni mínimamente consciente de lo fascista, lo irracional, lo despreciable e intolerante que resulta lo que escribe, porque la intelligentsia occidental da por hecho desde hace décadas que la Iglesia es el único colectivo al que se puede golpear impunemente. A la Torres le indigna que el obispo Reig no aplauda las relaciones homosexuales, algo que ha hecho siempre la Iglesia, aunque anime a amar y respetar al homosexual. Pero no la veo yo escribiendo muchas columnas sobre la religión que exhorta a lapidar al sodomita. Oh, qué cosas.

Lea La Gaceta

Autor

Juan F. Lamata Molina

Apasionado por la historia en general y la de los partidos políticos y los medios de comunicación en particular.

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