Y bromea: "Si es negro, ya se aclarará"

Almudena Grandes vaticina que «ya harán conservador al Papa»

La Iglesia lleva dos milenios bregando con estos listitos

Son ustedes muy dueños de aplicar el método dialéctico del materialismo histórico a sus problemas con Maripili, pero ya les pronostico que el experimento va a acabar como el rosario de la aurora -LEA EL TRASGO EN LA GACETA-.

Si he de serles sincero, no creo que valga un comino ni para estudiar la historia o las relaciones sociales, pero por lo menos ese es su ámbito. Esto viene a cuento de lo de siempre: la manía de la prensa de reducir la realidad, toda la realidad, a esta inane, mezquina y efímera división de izquierda y derecha que tanto absorbe a los periódicos y tan prescindible les está haciendo.

Hablo del Cónclave, que les vuelve locos. Nuestros comecuras se nos vuelven infalibles –nunca, en realidad, han dejado de serlo– para explicarnos pacientemente a los católicos, como quien habla con un crío con pocas luces, lo que nos conviene; lo que, en definitiva, es realmente católico, que es que ni nos enteramos.

Sería para partirse de risa, pero uno les ve tan solemnes que ni se atreve. “La Iglesia se ha achicado”, asegura un teólogo brasileño. Y añade: “Aquí, en Latinoamérica y en todo el mundo”. Se refería al hecho ya denunciado por el experto Bernardo Barranco de que los cardenales de hoy prácticamente son todos “conservadores y opacos”.

Así empieza su crónica en El País, “Una elección papal marcada por la ausencia de grandes figuras”, el inefable e incombustible Juan Arias. Por su parte, en el mismo rotativo, Paolo Flores d’Arcais (“El cónclave de las paradojas”) nos regala un arranque no muy distinto: “El cónclave que debe elegir al sucesor de Benedicto XVI se abre bajo el signo de una doble paradoja. La primera es que la Iglesia (jerárquica) nunca ha estado tan unida y, al mismo tiempo, tan dividida.

Unida, porque por primera vez, desde la época de Pío XII, no podemos decir que haya cardenales conservadores y cardenales progresistas. El último progresista ha sido el cardenal Martini, y hoy en día la Iglesia (jerárquica) al completo se presenta normalizada, homologada y compacta en torno a unas posiciones conservadoras –desde un punto de vista teológico, ético y acaso político también– que Wojtyla primero y Ratzinger después consiguieron imponer integralmente, diluyendo la herencia del Concilio o incluso dándole la vuelta”.

ESTO ME SUENA

A ver cómo se lo explico. La Iglesia lleva dos milenios viéndoselas con estos listillos. Ha visto elevarse y caer el Imperio Romano, la Europa feudal, las monarquías de derecho divino, el absolutismo, las Luces, la Revolución liberal, el Marxismo como “filosofía insuperable y definitiva”, el Estado del Bienestar… En cada ocasión, indefectiblemente, lo efímero ha tratado de juzgar lo eterno según sus fugaces criterios.

Lo que el hombre de nuestro tiempo no sospecha es que no se encuentra en una cumbre que le permite juzgar todas las vidas de los hombres, sino en un punto más en un continuo que seguirá, si Dios lo permite, muchos siglos más, y que a nuestros remotos descendientes toda esta vaina de derechas e izquierdas les sonará tan críptica y coyuntural como al ciudadano de hoy pueda parecerla la lucha entre güelfos y gibelinos.

Ayer en el programa Dando Caña de Intereconomía, el periodista Carmelo Encinas esperaba/desesperaba que la Iglesia “al fin’ eligiera un pontífice que la acercase al mundo”. Pero voy a decirles exactamente qué ha pasado cada vez que la Iglesia se ha amoldado a los tiempos y transigido con los modos y maneras de la época en la que vive: la Inquisición, las Cruzadas y el juicio a Galileo.

Todo lo que al moderno le resulta más criticable de la historia del catolicismo es lo que hizo más en consonancia con los mores de su tiempo. Pero me estoy distrayendo… Uno no está por el cesaropapismo que a veces se olisquea en la Conferencia Episcopal y me he hecho a la idea –¡alerta, ironía!– de no ver a Rajoy bajo palio.

Me conformaría con que los medios olvidaran su paternalismo eclesial y nos miraran con la extrañeza curiosa con que se observa al lamaísmo o a los Falun Gong. Que hablaran del Papa como del Dalai Lama y de la Cuaresma como del Ramadán. Por favor, por favor. No caerá esa breva, al menos a corto.

Ahí está, en El País, Almudena Grandes, la que encontraba muy divertida la violación de monjas por parte de milicianos, quien nos cuenta en su columna “Sede vacante”: “Mientras proliferan las encuestas, el único detalle relevante es el extraordinario poder de convocatoria del Vaticano, la mansedumbre de unos periodistas que nunca se atreverán a dejar plantada a la curia que los convoca para decir que no tiene nada que decir”.

Amén, digo. Ojalá los periodistas den de lado esa mansedumbre y nos dejen un poquito en paz. Pero nada. Sigue Grandes pontificando que “con independencia de su lengua materna, el continente donde haya nacido, sus simpatías ideológicas y hasta la talla de su sotana, el próximo Papa no será ni más ni menos que eso, un Papa. Si es negro, ya se aclarará, si es latinoamericano, ya se romanizará, si es progresista, ya se hará conservador. Vivimos tiempos de incertidumbre en los que todo puede cambiar, todo, menos el Papa. Para este viaje, la verdad, no necesitábamos tantas alforjas”.

A Grandes no parece pasársele por la cabeza que el viaje es para los católicos, que no se elige un Papa que Prisa encuentre fotogénico, y que lo que más nos alivia a los fieles –a los únicos a los que nos debería importar su elección, por cierto– es lo que irrita a la escritora, a saber: que sea lo que sea, será Papa. Uno desespera de que el catolicismo sea nunca una religión juzgada con un mínimo de objetividad.

Leo en El País (‘Los obispos piden a los colegios que garanticen la enseñanza religiosa’): “El porcentaje medio de alumnos que elige cursar este tipo de estudios (la asignatura de Religión) es mayor en los cursos de educación infantil (72,4%) y primaria (75,1%) que en los siguientes años del proceso educativo, cuando se reduce a un 55,6%, en el caso de los estudiantes de ESO”. No sé si de alguna otra asignatura por la que optará un 55% se atrevería a hablar el rotativo de Prisa de que “se reduce”. Pero es que la voluntad democrática, para estos, solo cuenta en las urnas y cada cuatro años, parece.

Autor

Marian García Álvarez

Redactora experta en televisión de Periodista Digital entre 2013 y 2016.

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