OPINIÓN / Afilando columnas

Monegal da consejos al Nobel antinacionalista: «Vargas Llosa debería poner Intereconomía y 13 TV para ver la distorsión pavorosa con la que abordan el ‘problema catalán'»

Edurne Uriarte responde al PSOE: "Repitamos la obviedad, nuestro sistema político ya es federal"

Hace poco más de una década, este humilde lector de columnas acudía a una importante gran superficie de libros y discos de origen francés para para comprar Camino de servidumbre (.pdf), de Friedich A. Hayek. Para ganar tiempo, le preguntó a un dependiente de la sección de Economía sobre dónde se encontraba la obra en cuestión. La primera reacción del empleado fue preguntar: «¿Cómo se escribe Hayek? ¿Como la actriz Salma Hayek?».

Hemos recordado esta anécdota, referida a uno de los economistas más destacados del siglo XX, al leer un artículo de Arcadi Espada en el que opina sobre kynesianos frente a seguidores de Hayek (evita utilizar la palabra liberal). Otros asuntos tratados en los espacios de opinión de la prensa de papel el 24 de septiembre de 2013 son la política en Cataluña, algo inevitable en estos momentos, la monarquía o la situación del periodismo en España.

En el auto proclamado ‘diario de la Catalunya real’, el crítico televisivo Ferran Monegal firma El periodismo y la distorsión. En su columna de El Periódico, el colaborador de Julia Otero comenta una entrevista de Óscar López en Página 2 (La 2 de TVE) a un casi seguro lector de Hayek, Mario Vargas Llosa, con motivo de la publicación de la última obra del Nobel peruano-español, ‘El héroe secreto’.

Y mientras charlaban sosegadamente en el piso madrileño del escritor, en un momento dado Òscar le preguntó, de improviso, cambiando de tercio: «¿Cómo ve usted los medios de comunicación, el periodismo, de hoy en día?». Y él contestó: «Tiene que ver más con la distorsión de la realidad que con la realidad». O sea, que el premio nobel advierte en nuestro oficio grandes dosis de deformación, de desfiguración. ¡Ah! Tiene buena parte de razón. Ahora que don Mario está en Madrid puede hacer el luminoso y a la vez tremendo ejercicio de ir poniendo Intereconomía TV, y 13 TV -por poner los dos ejemplos más bestias-, y que vea como abordan el ‘problema catalán’. La distorsión que practican es pavorosa.

 

Página 2 – Mario Vargas Llosa

Ver vídeoPágina 2 - Mario Vargas Llosa

 

No hay lugar a dudas, desde la prensa subvencionada catalana hay que denunciar que los medios que no asumen el discurso oficialista de Mas (o, como poco, la ambigüedad del PSC) distorsionan la realidad. Se ve que esta última es, para Monegal y otros como él, lo que dicta el nacionalismo la que ha de ser. Cualquier otro punto de vista tan sólo merece, para ellos, ser calificado como «distorsión», «bestia» o cosas aún peores. Por cierto, el comentario releva especial mala uva si se tiene en cuenta que Vargas Llosa ha criticado de forma muy clara al independentismo catalán.

En el extremo opuesto, el del antinacionalismo catalán, se sitúa la mujer que mantuvo la calma cuando un guapo camarero volcó una copa de vino blanco sobre su último bolso Gucci —¡Mi bolso!–. Edurne Uriarte publica en ABC una columna titulada Entre dos mentiras:

Hace unos meses lo llamé «el gran cuento del federalismo». Me refería a esa solución mágica de los socialistas para las reivindicaciones del nacionalismo catalán, «el federalismo, como el de Alemania», que repite Alfredo Pérez Rubalcaba, ahora de nuevo tras la última oleada independentista. Y con más descaro porque él sabe perfectamente que ese modelo nada tiene que pueda satisfacer a los nacionalistas catalanes, y menos a los independentistas.

Añade, desde nuestro punto de vista con bastante acierto:

El federalismo es, sencillamente, un tipo de organización política en el que el poder se divide entre el Gobierno central y los gobiernos regionales. Por lo que, repitamos la obviedad, nuestro sistema político ya es federal. Lo que ocurre es hay muchos tipos de modelos federales, tanto en relación con el origen de la Federación como en sus normas de funcionamiento. Y el modelo alemán es precisamente lo que en ningún caso quieren los nacionalistas catalanes. Porque se basa en la lealtad a la Federación, al Estado, en la inexistencia de movimientos secesionistas, en la igualdad entre los federaciones.

Concluye:

Esta mentira tan eficaz, la mentira federalista, se complementa en el otro lado con otra no menos exitosa políticamente, la del derecho a decidir. Esta segunda, no por compleja, sino por manipuladora en grado sumo. Pues no hay quien pueda oponerse a tan bello deseo porque nadie se molesta en explicar que la cuestión fundamental de tal derecho es el sujeto de la soberanía. Lo que significa que si se otorga ese derecho a los habitantes de Cataluña, ¿por qué no a los de Tarragona, o a los de Lérida, o a los de Reus, para que decidan si optan por un nuevo país llamado Cataluña o siguen en España?

No existen soluciones mágicas fuera de la Constitución y del Estado de las Autonomías. A no ser que uno juegue a las mentiras, sea con la federalista o con el «derecho a decidir».


Juan Carlos Girauta.

También en el diario madrileño de ABC, Juan Carlos Girauta escribe Ciudadanos de primera, dedicado al partido al que apoyó ante las elecciones catalanas de noviembre de 2012. Comienza recordando las distintas reacciones del PP catalán ante la formación liderada por Albert Rivera:

Siendo líder del PPC, Josep Piqué acogió la aparición de Ciudadanos tildándolo de partido de extrema derecha. Hoy el entorno de Alicia Sánchez-Camacho se empeña en demostrar lo izquierdista que es Albert Rivera.

Cuenta:

Ciudadanos nació porque un grupo de intelectuales catalanes, muy especialmente Arcadi Espada, decidió acabar con una anomalía: que el nacionalismo careciera de oposición en Cataluña, que nadie en la vida política osara negar ya sus premisas. Articulada esa oferta y alcanzadas las instituciones, a Ciudadanos y sólo a Ciudadanos se debe que el debate político catalán cuente siempre y en todo momento con una voz que defiende la idea de España sin complejos y que denuncia en sus justos términos las artimañas, la infinita demagogia y la estomagante deslealtad del nacionalismo.

Pasa a comentar la nueva estrategia del PP ante Ciudadanos:

Los movimientos de aproximación de Cospedal vienen condicionados por la ventaja que Ciudadanos está tomando en los sondeos. El más reciente lo sitúa, con diferencia, como tercer partido catalán, tras ERC y Convergència. Primer partido, por tanto, del constitucionalismo. Está muy bien que se organicen plataformas contra la secesión. Ya era hora. Pero el PPC va a seguir diluyéndose como un azucarillo -igual que el PSC- si toma mal la talla a Ciudadanos.

Concluye:

No debe verse como un peligro para el PPC o el PSC, sino como la emergencia de una realidad que PPC y PSC ya no manejan. Ni siquiera sintonizan con ella. Lo importante no es la decadencia de esos dos partidos por errores estratégicos continuados; lo importante es lo emergente: la felicidad de que los constitucionalistas catalanes hayamos dicho basta para siempre. Basta de cesiones y silencios. Basta de regalar todo el espacio púbico. Basta de manipulación sentimental. Basta de incumplimiento impune de leyes y sentencias. Esta resolución, socialmente creciente, es la verdadera plataforma contra el nacionalismo-secesionismo catalán. Nadie se la va a apropiar para rebajarla, nadie la va a desnaturalizar mezclándola con Unió.

Pasamos ahora al artículo que nos ha recordado la anécdota con la que arrancábamos este ‘Afilando columnas’. Arcadi Espada firma en El Mundo El del 39, una reflexión sobre el keynesianismos y sus excesos a partir de la última pelicula de Ken Loach, un documental titulado El espíritu del 54.

No sabía, y ya se ocupa Loach de subrayarlo, que Churchill mandó imprimir miles de ejemplares de ‘Camino de servidumbre’, el antikeynes de Hayek, que se había publicado un año antes. Qué gran noticia. El que un político imprima ejemplares de una obra maestra de la economía, la moral y la política como argumento electoral extiende sobre nosotros una rara melancolía. A pesar de Hayek, Churchill perdió y Attlee ejecutó una política económica basada en la preponderancia del sector público, incluidas las nacionalizaciones estratégicas. Loach argumenta que ésa fue la razón de que la desigualdad se redujera amigablemente en Gran Bretaña.

Nuestra sorpresa ha sido mayúscula al leer los elogios de Espada a Hayek, puesto que nos suele mostrarse muy amigo de posiciones liberales.

El columnista recuerda que los críticos señalan que ese keynesianismo de Attlee fue también a la postre el origen de una decadencia económica que «obligó a la cirugía de hierro del thatcherismo». Tras señalar que después de una guerra la reconstrucción siempre es keynesiana, cuenta lo que pensaba al ver la película:

El franquismo hizo más o menos lo mismo que el laborismo: nacionalizaciones, subsidios y seguridad social. Y también hubo que desmontar luego sus excesos keynesianos. A quien yo admiraría es al que se atreviera en España con algo más complejo y peligroso, pero no menos cierto, que El espíritu del 45. El espíritu del 39 me gustaría ver a mí. Cómo un idéntico instinto de supervivencia trajo la fuerza y la alegría abriéndose paso entre los hermanos muertos.

Tremenda y políticamente incorrecta conclusión. Muy acertada, por cierto.

Seguimos en el periódico de Unidad Editorial, pero cambiando de articulista y de tema. Antonio Lucas firma El reloj parado, que arranca con el hecho anecdótico de que el reloj del Café Gijón se ha estropeado. Dicho anécdota le sirve de metáfora para hablar de la situación del país:

España es un país espectral donde se ha detenido la política, la Justicia, la economía, la Sanidad, la Educación, el periodismo, los carrillones. Pero a la vez es un terruño fascinante porque aún resulta difícil prever el resultado final de este martillazo constante en la esforzada resistencia de las vidas normales.

Añade, criticando su profesión, que es la misma que la de este humilde lector de columnas:

De todas las parálisis, una de las más alarmantes es la del periodismo. No sólo por el desconcierto de la mucha tripulación que vamos dentro. Ni por el descrédito del oficio fuera de las redacciones. Sino por algo más letal: porque la prensa contribuye a mantener viva una democracia. Eso es así. Dos generaciones enteras de periodistas se han abrasado en los últimos años investigando, probando y denunciando para que todo quede como siempre, en una fatua oscuridad. Algunos periódicos (uno o dos, como mucho. Y uno es éste) llevan largos meses denunciando las siniestras alianzas de un puñado de robagallinas y degenerados que, desde el Gobierno, la judicatura, las finanzas y los distintos peldaños de la oposición, han convertido la península en un casino turbio. Conocemos los nombres. Y de muchos de ellos, sus escasas prestaciones mentales. Pero se saben blindados.

La cuota republicana del día no nos viene desde El Periódico de Catalunya o desde El País, sino desde la contraportada de La Gaceta. Kiko Méndez-Monasterio firma ‘Ni con calabazas’, donde comenta la costumbre que han adquirido los príncipes herederos europeos de no casarse con mujeres de sangre azul. El artículo concluye con los siguientes párrafos:

Casi todos los herederos a los tronos europeos han considerado una tradición absurda esa obligación de casarse con su igual, o al menos parecido. Lo curioso es que a ninguno le ha parecido arcaica la tradición -mucho más antigua- que les hace príncipes sólo por ser hijos de quien son, algo que al mismo tiempo les convierte en los únicos jóvenes europeos con contrato indefinido desde que nacen. De esta generación sólo Estefanía de Luxemburgo y Matilde de Bélgica pueden presentar credenciales nobles. Las demás son reediciones -a veces truculentas, otras románticas- de la historia del príncipe y la corista.

Puede que sea más fácil renunciar a los deberes que a los privilegios, porque nadie ha seguido esa puerta que abrió Eduardo VIII, cuando cambió el trono por la Simpson. Quizá lo más grotesco es que eso de hacer lo que les da la real gana, sin atender a ley o a costumbre, lo están vendiendo como una modernización de las monarquías. Y resulta algo absurdo, porque en realidad la monarquía hace tiempo que encontró su fórmula política moderna. Se llama república.

Si Luis María Anson o Carmen Enríquez son lectores del diario de Intereconomía, sin duda alguna habrán pegado un brinco en su asiento al leer las últimas frases.

Terminamos este ‘Afilando columnas’ en el diario generalista del Grupo PRISA. El crítico televisivo que escribe casi siempre de cualquier cosa menos sobre televisión, en esta ocasión si se centra en la pequeña pantalla. David Trueba titula Operar y arranca reconociendo la habilidad de Telecinco a la hora de enganchar a los espectadores:

Nadie le va a negar a estas alturas a Telecinco su acierto para leer en la retina televisiva de nuestro país el camino más rápido hacia su sensibilidad de espectadores. Sería injusto criticar ácidamente lo que es un ejemplo de gestión a la medida del deseo primario del consumidor. Pero tampoco basta con admirarse de su éxito y de su pervivencia en el negocio, ante el fracaso rotundo de otros, sin aspirar a entender su modo de operar.

No parece, sin embargo, que le entusiasme demasiado ‘Abre los ojos… y mira’, el programa sustituto de ‘El gran debate’. En especial, deja claro que no le gustó que dicho espacio se dedicara a comentar las operaciones de cirugía estética de la princesa Letizia:

Con ese tono estudiado de un ‘Vanity Fair’ escrito por los redactores del ‘Cuore’ y esa argucia televisiva de añadir charcutería gruesa al Corazón, corazón, se citaron expertos, aficionados y afectados de la cirugía cosmética en un debate por acumulación y a lonchas. Recientemente la actriz francesa Emmanuelle Béart arrancaba una campaña para prevenir los desmanes de la cirugía plástica, colocándose como ejemplo del desastre, en un acto de valentía y rigor. No sé si Telecinco tendría que haber buscado tan arriba en la aristocracia nacional para centrar el debate o hubiera sido de mayor justicia centrarse en el rostro de Berlusconi, también expresivo campo de batalla de un rasgo común de nuestro tiempo: el miedo.

 

 

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Autor

Antonio Chinchetru

Licenciado en Periodismo y tiene la acreditación de suficiencia investigadora (actual DEA) en Sociología y Opinión Pública

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