OPINIÓN / Afilando columnas

Fernando de Felipe (La Vanguardia): «Marhuenda es un payasete llorón en cuanto el resto le lleva la contraria»

El 'hermano culto' de Botín acusa a El Mundo y el El Confidencial de practicar el "y tú más" por criticar su artículo anticatólico en El País

¿Existen las casualidades o son causalidades? A algunos nos da la impresión de que en determinados casos la opción correcta –tecleamos mal esta palabra y el autocorrector transformço el resultado en «corrupta», como si de estuviéramos hablando de formaciones políticas– es la segunda. Eso ocurre, ejemplo, el 7 de octubre de 2013. No nos digan ustedes, estimados lectores, que no resulta al menos un poco sospechoso que un crítico televisivo de un determinado diario se lance a ridiculizar a un director de otro periódico días después de que desde este último se atacara con dureza al editor del otro rotativo. Ya lo hemos dicho en otras ocasiones. Eso de que ‘perro no come a perro’ no parece funcionar en el periodismo español.

Fernando de Felipe, uno de los críticos televisivos del periódico del Conde de Godó y Grande de España metido a independentista catalán, publica El incomodín del público. Dicho artículo de La Vanguardia está dedicado al director del periódico de la ‘disciPPlina’:

«Marianista» tan convencido como poco convincente, a Francisco Marhuenda, el imaginativo director de La Razón (esa que se pierde a fuerza de portaditas pretendidamente ocurrentes), la mala educación parece incomodarle más que ninguna otra cosa en El Mundo. Y muy especialmente si quienes hacen gala de ella son incorregibles «izquierdosos» sin nada mejor que hacer que interrumpir sus siempre sonadas intervenciones en la tertulia política de turno.

El articulista dedica a Marhuenda franses como «eternamente indignado y quejoso cual incomprendido Calimero» o «equilibrista del argumentario sin red, contorsionista ideológico a fondo perdido, o payasete llorón en cuanto el resto de la troupe le lleva la contraria». Añade:

Echarse unas risas a costa de Marhuenda ha terminado convirtiéndose en un insalvable ritual televisivo similar, en el fondo, al que en su día obligaba a gritarle «guapa» a Belén Esteban en cuanto ponía el pie en un plató. Por no aguantarse la risa, no se la aguantan ya ni sus propios compañeros de tertulia, especialmente cuando él, tan cargado siempre de atrincheradas razones, se empeña en exhibir músculo curricular mientras reivindica contra viento y marea la enorme talla política de su idolatrado Rajoy, denuncia como buen conspiranoico delirantes contubernios judeo-masónico-comunistas que tan sólo él parece ser capaz de detectar, o se lanza a redefinir unilateralmente, y al más puro estilo de la «neolengua» de Orwell, ese sacrosanto concepto que es la objetividad periodística.

Este artículo, y por eso nos planteábamos lo de si estamos ante una casualidad o frente a la causalidad, ha visto la luz sólo cinco días después de que La Razón publicara un duro artículo de Alfonso Ussia contra el conde de Godó titulado Sugerencia, en el que el columnista estrella del diario de Marhuenda recomendaba a Godó renunciar a sus títulos y dignidades nobiliarias. La pregunta ahora es, ¿la crítica de Fernando de Felipe es una iniciativa propia o responde a una ‘sugerencia’ de sus superiores? Este humilde lector de columnas no puede responder a dicha cuestión.

Viajamos a Madrid, donde arrancamos en El País. En el diario de PRISA encontramos de nuevo a Jaime Botín. Como sospechábamos, es el hermano de Emilio Botín que ejerce de ‘culto oficial’ de la familia de banqueros. En esta ocasión firma La moral católica y sus practicantes, donde replica a dos medios que respondieron a su anterior y anticatólico artículo.

Debo agradecer a ‘El Confidencial’ y al diario ‘El Mundo’ la pronta confirmación de alguna de las tesis que expuse en el artículo que se publicó en EL PAÍS (19/09/2013) con el título La moral católica. En el referido artículo yo opinaba que esa moral caduca tiene, entre otros efectos, el de haber hecho común en nuestra sociedad la costumbre del «y tú más», que consiste en defenderse de las denuncias denunciando los pecados del otro, en lugar de dedicar el esfuerzo a desmentir las acusaciones o a justificar debidamente la propia conducta.

Explica:

Aunque me refería ante todo a nuestros gobernantes y a la jerarquía católica, es obvio que también los órganos de prensa se pueden dar por aludidos, como ha ocurrido en este caso. En efecto, en El Confidencial del 29 de septiembre [La moral de Jaime Botín] se me niega capacidad para criticar aduciendo como razones mi patrimonio en el extranjero, recientemente declarado; y, consecuencia de lo anterior, el no haber comunicado a la CNMV una parte de mi participación en el capital de Bankinter. En la misma línea argumental, El Mundo del 3 de octubre, en un artículo en primera página firmado por Carlos Segovia [La CNMV pide que se multe a Jaime Botín con 500.000 por engañar a sus accionistas] y en su página de editoriales [Cuando el defraudador habla de moralidad], considera que los defraudadores no deben dar lecciones de moralidad y me tacha de defraudador por partida doble: fraude al mercado con engaño a los accionistas, y en especial al Crédit Agricole, y fraude fiscal.

Si el niño de ‘El sexto sentido’ decía aquello de «en ocasiones veo muertos», Jaime Botín debería declarar «en ocasiones veo católicos». No creemos que El Confidencial o El Mundo puedan ser retratados precisamente como medios de adscripción católica. Ni que fueran ABC, La Razón o La Gaceta.

Por otra parte, ¿qué espera que ocurra un señor que se dedica a dar lecciones de ética y moral cuando él mismo está bajo sospecha de conductas irregulares y sobre él pesan peticiones de sanción.

Añade:

Tal vez en algún otro medio de opinión, afín o no a la derecha, se hayan expuesto razones en contra de las que yo argumentaba y no ataques a la moral de Jaime Botín, pero no las he visto.

Por si se molestara el señor Botín en leer este ‘Afilando columnas’ recuperamos un par de párrafos en los que respondíamos a su anterior artículo:

Parece que el señor Botín no se ha enterado demasiado de una cosa llamada separación Iglesia-Estado. En una democracia el sacerdote puede administrar el perdón mediante la confesión. Lo que no puede hacer, y no hace, es sustituir eso por la acción de los Tribunales de Justicia.

No señor mío. El problema no es cómo administra el perdón la Iglesia católica, sino lo mal que administran la Justicia unos tribunales altamente politizados. Y sobre eso no tiene muchos que decir el Papa. Cuando a alguien lo que le mueve es el puro anticatolicismo irracional se arriesga a escribir cosas como esta, por mucho que sea estudiante de Filosofía. Y lo dice alguien que las últimas veces que ha pisado una iglesia ha sido para una boda y como turista.

Como puede ver no valoramos su actividad como banquero, nos limitamos a responder y analizar sus argumentos.

También en El País encontramos el ‘ladrillo’ político del día, en esta ocasión a cargo de Rosa Díez. El artículo de la líder de UPyD se titula ¿Quién defiende a España? Les dejamos el último párrafo:

En los seis años de vida de nuestro partido hemos explicado muchas veces que nacimos para defender el Estado, aportando a la vertebración del país el discurso y el compromiso de un partido inequívocamente nacional y laico, nada dogmático ni fundamentalista, que defiende el protagonismo de la ciudadanía en la tarea de regenerar la democracia. También he explicado más de una vez nuestra vocación de reconstruir esa tercera España que tan bien representaron un liberal como Marañón y un socialista como Besteiro, hombres cabales ambos, españoles sin complejos. Hoy, resquebrajados y golpeados por la pulsión secesionista los vínculos entre conciudadanos, debilitado el Estado por el silencio cobarde o cómplice de quienes debieran defender lo que nos une, creemos que construir esa tercera España resulta más necesario que nunca. Defender esa tercera España, que es la de la mayoría, es nuestro compromiso.

Ignacio Camacho.

Pasamos a ABC, donde encontramos dos artículos dedicados a comentar la sentencia –da la impresión de que lo de ‘fallo judicial’ pocas veces es tan adecuado como en esta ocasión– sobre el caso Malaya. Ignacio Camacho firma Gatillazos judiciales:

Una foto contra cinco mil folios. La sentencia del caso Malaya, redactada inicialmente a mano, tiene hasta un índice para navegar por su piélago de considerandos, antecedentes y hechos probados, pero todo el esfuerzo de matices contenido en ese enorme cuerpo de escritura jurídica se estrella contra la evidencia de una imagen: la de los imputados celebrando sus leves condenas. Si se le añade la banda sonora de los telediarios -«es la hora de brindar»- queda compuesto un clamoroso veredicto alternativo en la conciencia de la opinión pública. Derecho contra justicia.

Añade:

Un juicio en el que la mitad de los casi noventa acusados sale absuelta y el resto recibe penas inferiores en dos tercios a las peticiones del fiscal revela una instrucción mal gobernada y una investigación deficiente. La creación de expectativas no sólo corresponde a los medios de comunicación; es el propio desarrollo procesal, y las filtraciones interesadas del mismo, lo que configura un estado de opinión descompensado con la realidad de los argumentos jurídicos.

Continúa:

Existen muchas probabilidades de que el caso Gürtel/Bárcenas, el de los ERE trucados y tal vez el de Urdangarín/Nóos arrojen parecidas decepciones cuando toque sustanciarlos ante los tribunales. La idea de que los jueces instructores estén aplicando por su cuenta y por adelantado un criterio justiciero superior al peso real de su masa probatoria constituye una hipótesis repugnante que dibuja un fracaso endémico de la justicia. Pero no puede ser descartada en un estado general de conciencia en el que los propios agentes judiciales conocen el alto grado de impunidad con que la corrupción escapa de la malla legal y normativa.

Concluye:

Estamos advertidos: es muy posible que los grandes escándalos en curso acaben en otro desencanto como el del expolio de Marbella. Que tramas manifiestas de corrupción queden fuera de encaje en el relato jurídico. El precedente malayo no es un error de evaluación casuística sino el testimonio de una avería estructural del sistema.

Isabel San Sebastián publica Sigan robando:

Si Jesús Gil y Gil hubiese vivido para conocer el desenlace del caso Malaya, la formidable trama de corrupción urbanística que él mismo puso en marcha en la Costa del Sol, habría ratificado la convicción que formulaba sin complejos, en términos tan crudos como inequívocos: «Se sale antes de la cárcel que de pobre». No cabe la menor duda. Como decía el que fuera alcalde de Marbella, en España se tarda mucho menos en cumplir condena por robar al contribuyente que en amasar una fortuna equivalente empleando medios lícitos y honestos, como por ejemplo trabajar. Lo que significa que robar desde el poder es y siempre ha sido muy rentable.

Añade:

Malaya es sólo la punta del iceberg, la llaga purulenta de una peste que en los años del boom inmobiliario corrompió hasta los cimientos de la Administración local y autonómica, extendiéndose por toda la geografía española: «Tú me pagas, yo te recalifico y miro hacia otro lado si te saltas la normativa». Es un nombre entre cientos.

Continúa:

Malaya se ha saldado con cuarenta y tres absoluciones de las noventa y cinco personas imputadas, ninguna repercusión en la Junta de Andalucía, donde el PSOE gobernante no se enteraba al parecer ni de los ERE fraudulentos, ni de las barbaridades urbanísticas, ni de nada, y unas multas multimillonarias que nadie pagará jamás. Porque nada hay más libre que el dinero en este mundo globalizado, donde una buena cantidad de billetes encuentra siempre una puerta abierta y alguien dispuesto a recibirlo sin preguntar por su procedencia.

Concluye:

No pongo en duda la probidad de los jueces que han pronunciado este fallo. No soy jurista ni lo pretendo. Sí subrayo que, una vez más, la Ley se muestra más laxa con quienes delinquen desde la política que con el resto de los mortales. Lo vimos con el caso Pepe Blanco, diluido hasta la nada al llegar al Supremo. Lo vimos en la misma instancia con Jaume Matas. Es como si la prevaricación, el tráfico de influencias, el cohecho o la malversación a gran escala fuesen más aceptables que el atraco o el hurto, cuando debería ser todo lo contrario si es que pretendemos salvar lo poco que queda de confianza ciudadana en el sistema democrático por el que nos regimos.

Terminamos en La Razón, donde Alfonso Merlos publica Los caraduras. Aunque a Merlos parece gustarle titular sus artículos con nombres que recuerdan a los de las películas de Andrés Pajares y Fernando Esteso, en este caso su inspiración cinematográfica es otra. Y nos la confiesa en el texto. Pero eso lo veremos un poco más adelante. Arranca:

Miente, que algo queda. Es la divisa primera del nacionalismo extremo. Y van a por todas. Sin parar para tomar impulso. Difundiendo masivamente propaganda, deformando la realidad hasta límites grotescos y, eso sí, vaciando el bolsillo del contribuyente iniciativa a iniciativa, disparate a disparate. Todo por ese bien moral que se busca con denodado ahínco y que no es otro que una España partida, enfrentada y encabronada.

Añade:

Ahora resulta que el desacatador Gobierno de Mas va a echar el resto presentando un informe cargado de trolas, quién sabe si mirando el horizonte del 12 de Octubre. Porque aquí el fraudulento guión del separatismo cavernario está perfectamente definido: poner toda la carne en el asador para consumar un proceso ibérico de balcanización, pero no dar un palo al agua cuando se trata de defender los derechos y los intereses y el bienestar de los ciudadanos.

Y concluye:

Como en la legendaria cinta de Burt Reynolds, «Los caraduras», asistimos a la huida hacia delante de unos jetas obstinados en saltarse la ley a la torera. Y por supuesto sin consecuencias. Da lo mismo. Hay que perseguirlos. Hay que pararlos. Y hay que sancionarlos. Si es antes mejor que después.

 

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Autor

Antonio Chinchetru

Licenciado en Periodismo y tiene la acreditación de suficiencia investigadora (actual DEA) en Sociología y Opinión Pública

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