OPINIÓN / Afilando columnas

Manuel Jabois: «El primer erasmus es Wert, aterrizado en el Gobierno con ganas de aprender el idioma, amoríos incluidos»

El director de La Vanguardia arrima el escándalo a la sardina de la reforma educativa: "Confiemos en que Wert, tras la reprimenda de su partido, haya aprendido la lección"

Aunque ya era un rostro relativamente habitual en algunas tertulias televisiva, la realidad es que cuando un triunfante Mariano Rajoy nombró a Ministro de Educación y Cultura a José Ignacio Wert, muy pocos españoles ponían cara a ese señor de extraño apellidos que algunos se empeñaban en pronunciar como «güer». Era tan difícil conseguir imágenes de recurso de él que Intereconomía no tuvo mejor idea que utilizar partes de la entrevista que le habíamos hecho, en calidad de sociólogo y experto en demoscopia, en Periodista Digital —Entre los votantes del PP hay un millón o millón doscientas mil personas que no le habían votado en 2008″–. Tuvieron, eso sí, mucho cuidado en tapar de la imagen la marca de esta casa e incluir la suya propia. No es que fuera un ejemplo de suma cortesía profesional, la verdad. Eso ya no ocurriría, puesto que Wert ha logrado convertirse en uno de los ministros que ha acaparado más horas de imágenes televisivas y más conocido por los ciudadanos, y no para bien.

Wert prácticamente ha monopolizado los espacios de opinión de la prensa en papel española el 6 de noviembre de 2013. Puede usted, estimado lector, imaginar el motivo: las polémica por las becas Erasmus. Tras hacer sonar nuestra armónica de afilador, empezamos a contarles lo que se dice del ministro Eras-menus.

Arrancamos con un joven clásico entre aquellos que gustan de atacar todo lo que venga del Ejecutivo del registrador de la propiedad que creíamos metido a gobernante, el crítico televisivo que suele escribir de prácticamente cualquier cosa menos sobre televisión. David Trueba titula ‘Interruptus’ su columna en El País.

La peor de las trampas es aquella que se practica sobre las reglas de juego. A mitad de una mano de póquer tu rival decide que los sietes tendrán el valor de los ases.

Algo así les ha estado a punto de pasar a los ‘erasmus’ españoles. Sabemos que los recortes están asumidos por el conjunto de la sociedad sin la menor crítica. Basta con enseñar los agujeros contables como quien enseña media teta en los carteles de un teatro.

Concluye:

Lo interesante es detenerse a observar las estrategias. La rectificación es posible cuando en otras ocasiones nos imponen la fatalidad. El escándalo era insostenible, parece. Y eso que ya había funcionado la otra estrategia habitual, la del desprestigio. En ella los medios se dejaron utilizar de manera soez. Se dibujó a los becados como vagos, vividores, aprovechados del sistema, privilegiados a los que se puso el mote de ‘orgasmus’. Hasta los padres aceptaron que sus hijos eran unos caraduras. Por suerte ahora todo queda interruptus. Vuelve, quizá por Navidad, el sentido común. O no. Veremos.

Permítanme ser políticamente incorrecto y llevar la contraria a esa opinión dominante en férrea defensa de las becas Erasmus. Quede claro que a este humilde lector de columnas le parece fatal que se pretendieran anular en mitad del curso académico, cuando los estudiantes y sus familias ya contaban con ellas. Pero, al margen de eso, a nosotros sí nos parece que en gran parte de los casos estamos ante un dinero público utilizado para que miles de jóvenes se lo pasen en grande durante un año. No es creíble que las legiones de universitarios españoles, somos el país que envía fuera de sus fronteras a una mayor cantidad de estos becarios, vayan a sacar un aprovechamiento académico de un curso lectivo en universidades de Praga, Varsovia, Bratislava o o Copenhague. Por las sencilla razón de que no hablan checo, polaco, eslovaco o danés. Lo mínimo que se les habría que exigir es un conocimiento básico del idioma en el que se supone que van a estudiar y un buen expediente académico. Demasiados erasmus no cumplen ni uno sólo de esos requisitos. Y los impuestos de parados y padres de familia mileurista se dedican a sufragar sus año sabático en alguna ciudad europea.

Sin salir de El País nos encontramos con Elvira Lindo, que titula Chapucismos.

No se sabe si es que Wert funciona a base de ocurrencias o si las ocurrencias son del PP y cuando la cosa se pone fea le echan la culpa al ministro de Educación y Cultura. No sería nuevo. Es ya tradicional en España que habiendo como hay tan poco acuerdo en el terreno educativo se eche al ministro por delante a ver cómo cae un recorte, y si se incendia la red, como suele decirse, se deje al ministro a solas, para que se vea las caras con el pueblo.

Plantea Lindo, de forma prudente:

¿Hay que replantearse a quién se concede la beca, cuánta es la cantidad y de qué manera se puede gestionar para que la experiencia sea provechosa académicamente? Es posible, pero con sensatez. Mientras para unos padres la cantidad que se concede podría salir de su propio bolsillo, para otros, ese dinero y más que se le pudiera añadir, sería fundamental. De hecho, hay alumnos que no se han podido permitir una beca Erasmus. De cualquier manera, es alarmante el grado de improvisación, la fea costumbre de tomar decisiones sin fuste ni respaldo que al cabo de unas horas se quedan en nada. Y en esas manos estamos.

El director del periódico del conde de Godó y Grande de España metido a independentista catalán también escribe sobre el ministro cuyo apellido se tarda menos en teclear. El artículo de José Antich en La Vanguardia se titula Wert rectifica.

Cuando un partido tiene mayoría absoluta en el Parlamento y desautoriza públicamente a uno de sus ministros, como es el caso de José Ignacio Wert, este puede hacer dos cosas: no darse por enterado o bien, discretamente, recoger sus cosas e irse a casa. El titular de Educación, que vive con tanto apasionamiento como torpeza el cargo que ocupa, ha hecho lo que mejor sabe hacer: provocar un incendio político.

Concluye:

Que Wert es un político erudito nadie lo duda. Que es un polemista, tampoco. También se le puede considerar imaginativo, chisposo y poco dúctil. Calificativos todos ellos que sirven para muchas cosas en la vida, pero que no necesariamente encuentran su mejor acomodo en la gestión de la cosa pública. Ahí está la ley de Educación, sacada adelante contra todos los grupos parlamentarios y cuya vigencia será corta si los que la rechazaron cumplen en un futuro su compromiso de retirarla en cuanto tengan mayoría en el Congreso. Confiemos en que Wert, tras la reprimenda de su partido, haya aprendido la lección.

Pasamos ahora a El Mundo, donde Manuel Jabois titula directamente Wert:

Político democristiano después de alumno brillantísimo, de notas sobresalientes suponemos que por su inteligencia, tan preclara al mismo tiempo que tan poco sutil para entender que no todos podemos estar a su altura (hay que ayudar a los pobres y también a los menos listos, que el CI, como la cartera, a veces determina) Wert hizo carrera en el mundo de las encuestas.

Recuerda los errores en materia de encuestas del ahora ministro Eras-menus . Por ejemplo:

En 1996, en la amarga victoria que los sondeos daban como aplastamiento del PP, Wert reconoció que su Demoscopia, la firma de sondeos de Prisa, llevaba un año equivocándose «por un problema de identificación del votante socialista», error insólito en una empresa de Polanco, cuyo éxito no sólo fue identificar a esos votantes sino formarlos.

Añade:

En un país en el que enfadar a unos cuesta por inercia la admiración de otros, Wert acaba de levantar en armas a su propio partido y quién sabe si a él mismo.

Sobre la rectificación a la que le ha obligado el Gobierno, dice:

Era tal el rostro de desconcierto de Wert ayer, reconvenido por el apparatchik, que parecía a punto de concederse un lujo de polemista: «Miren, rectifico porque la marca España no puede permitirse dejar a todos esos italianos a medio follar».

Concluye:

Algo se le escapa al ministro en el último jaleo: su error en la identificación del votante lo ha extendido al del votado, en este caso popular. El primer erasmus es él, aterrizado en el Gobierno con ganas de aprender el idioma, amoríos incluidos, y tomándose la legislatura como laboratorio de experiencias. La muestra está realizada sobre un 100% de Wert y su presencia, como en los 90, asegura a Rajoy un resultado parecido: ganan los socialistas.

Hay vida, y columnas, más allá de Wert. Sin salir del periódico de Unidad Editorial podemos leer a Federico Jiménez Losantos poniendo una vez más a caldo al registrador de la propiedad que creíamos metido a gobernante. Su artículo se titula Odio a los afines:

Es normal que un votante le coja manía al político que traiciona su programa electoral y, con él, su confianza. Si lo votó para una cosa y hace la contraria, su animadversión está más que justificada. Lo raro es que sea el político el que le coja tirria al votante cuya confianza traiciona. Y, sin embargo, es lo que suele pasarle a la derecha española en general y a Rajoy en particular.

Concluye:

Rajoy, en cambio, parece empeñado en reeditar el desastre ucedeo. Y extiende esa animadversión a su base sociológica a los partidos con los que podría gobernar, que, por lo indecente, son los socialistas y los comunistas; pero, por lo decente, sólo pueden ser dos: UPyD y Ciudadanos. Ya hemos comentado aquí alguna vez el estilo machista y perdonavidas que el presidente del Gobierno reserva a Rosa Díez en las Cortes. Pero lo que ha hecho ahora con Albert Rivera es todavía peor. A la carta del líder de Ciudadanos pidiendo un encuentro y un acuerdo de fondo contra el separatismo catalán, Rajoy le ha contestado remitiéndole a Sánchez Camacho, que, por lo visto, es la que está a su nivel. Pero Rivera triplica ya en las encuestas el voto al PP catalán. ¿No sería más razonable dedicar a los aliados posibles la mitad del tiempo que pierde con Durán i Lleida? No sería Rajoy, pero el PP no recordaría tanto a la UCD.

Terminamos nuestro resumen diario a los espacios de opinión en las páginas de ABC. Estamos en una semana cargada de celebraciones por parte de la prensa de papel española. El 4 de noviembre La Razón celebraba por todo lo grande su 15 aniversario, al mismo tiempo que El Mundo organizaba, con poco lustre en cuanto a invitados, la presentación de su gran apuesta digital. Al día siguiente, el diario madrileño de Vocento hacía entrega de sus premiso Mariano de Cavia. Y sobre esto escribe Jaime González, con el título de Un abono a la esperanza.

Los premios Mariano de Cavia son el manifiesto de la verdadera democracia: esa que no se levanta sobre los muros derribados del sistema, sino abriendo los muros del sistema para que el partidismo ideológico no cercene la virtud y la excelencia. Un simple repaso a la lista de los Cavia sirve para comprobar que ABC no entiende de diques ni barreras: están todos los que han contribuido a hacer habitable el mundo de las letras y levantado puentes con el poder de la palabra.

Concluye:

Los atajos en el periodismo son pequeños cortes en la piel de la verdad: aunque arrugada, la nuestra sigue estando intacta. Y cada cena de los Cavia nos permite comprobar que no hemos cambiado nada. Y no porque la fuente de la que seguimos bebiendo haya obrado el prodigio de volvernos eternos, sino porque la libertad de pensamiento y la cultura moral nos han servido de refugio en tantas crisis que suscribirse a ABC es como comprar un abono a la esperanza.

Esto es todo un auto elogio, podrán decir los estimados lectores. Pero seamos claros, nadie espera que el responsable de opinión de un periódico escriba contra su propio diario.

 

 

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Autor

Antonio Chinchetru

Licenciado en Periodismo y tiene la acreditación de suficiencia investigadora (actual DEA) en Sociología y Opinión Pública

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